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Son famosas las palabras de W. Churchill durante la segunda guerra mundial: “Dejaré que la historia se encargue del pasado, pero recuerden que yo seré uno de sus historiadores”. Y lo fue. Escribió seis extensos volúmenes que lo hicieron millonario, acreedor del Premio Nobel de Literatura y aseguraron su lugar entre los más grandes historiadores de la Segunda Guerra Mundial. La fascinante historia política y editorial de estas memorias fue escrita por David Reynolds, profesor de historia internacional de la Universidad de Cambridge, en In Command of History: Churchill Fighting and Writing the Second World War (2005). El autor ganó el prestigioso Wolfson Prize; ganó, también, mi admiración.

Reynolds reconstruyó con gracia y maestría la historia editorial de las memorias, su proceso de creación y sus vicisitudes políticas. Los ingleses, que cargaban a cuestas un gigantesco y lánguido imperio, conocían la importancia de la historia. Terminada la guerra, los historiadores y los políticos de Europa y de América se volcarían sobre las páginas para triunfar en los reinos de la memoria.

No era éste un oficio novedoso para Churchill, quien ya obsesionado con las gestas militares había escrito unas memorias sobre la Primera Guerra Mundial y un best-seller histórico sobre la figura del Duque de Malborough, héroe británico y eminente antepasado suyo a quien siempre procuró cubrir de polvo de oro.

Las memorias le dieron la oportunidad de redimirse de una estruendosa derrota electoral a manos del Partido Laborista en 1945, de las imprecisiones y calumnias de los norteamericanos en cuestiones de la guerra y de consolidarse fuera de Downing Street como el líder de la oposición Tory y como un líder internacional en contra del comunismo ruso.

Podría extenderme en detalle acerca del libro. Pero en esta ocasión me interesa detenerme en unos episodios importantes.

Salvo en el caso de Churchill, el gobierno resguardó celosamente toda clase de documentos que pudieran ser del interés y seguridad nacional. El asunto no acaba allí. La ley W 320 arregló que todo libro que utilizará documentos oficiales extraídos del archivo del Gabinete británico requiriera la aprobación del gobierno para su publicación.

Sir Edward Bridges, antiguo jefe del Servicio Civil británico, prohibió que cualquier servidor público escribiera historias sobre la guerra. Esta prohibición resultó espinosa y contestada en el caso de los ministros. Churchill, al final, se mostró renuente a desechar su proyecto inicial y empleó victorioso toda clase de argucias legales y amistades. No contaron con tanta fortuna Lord Londonberry ni Feiling. “No creo que Bridges sea el obstáculo -fue el plañido de Feiling a Anne Chamberlaine- pero probablemente lo sean los escrúpulos de cierta gente del Foreign Office”. El censor oficial del gobierno cubría bien sus rastros.

La actitud inquisitorial de Bridges podría parecer exagerada, incluso reprochable, y no hay dudas que así fue considerada por los norteamericanos de su tiempo que no contaban ni compartían su gusto por la censura oficial. Es fácil hacerle a Bridges cualquier reproche a posteriori; pero como eficaz servidor público, obró en defensa de la seguridad nacional, del gobierno de Churchill durante la guerra y de la posteridad.

Estos episodios, aunque lejanos en el tiempo y en geografía, deben suscitar reflexiones importantes en Colombia. ¿Alguien tiene idea de que pasará con el archivo de la paz y de la guerra de la Habana? ¿Cómo asegurar su integridad con la transición a un nuevo gobierno que se ha mostrado tan crítico del proceso de paz? ¿A dónde irán a parar los archivos incautados a las FARC en el curso de tantas décadas de guerra? ¿Cuándo serán accesibles al público?

Estas preguntas han estado ausentes del debate público. No tengo dudas sobre la necesidad de defender los acuerdos de paz y que su defensa deba movilizar a la sociedad. Sin embargo, la suerte del archivo de paz de la Habana y de otros archivos de la guerra también debería merecer la vigilancia de la ciudadanía. No querríamos que documentos tan valiosos para nuestro presente y nuestra posteridad fueran desaparecidos. Ojalá haya funcionarios que permanezcan al margen de las pequeñeces políticas y obren como servidores públicos; que haya al menos un Bridges en el islote del gobierno.

Churchill, uno de esos grandes políticos de antaño que sabían que las luchas sociales se peleaban en los campos abiertos de la política y de la historia, reconoció la importancia de estos temas cuando dijo que “las palabras son las únicas cosas que duran para siempre”.

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PERFIL
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Candidato a DPhil en Historia de la Universidad de Oxford. He trabajado de investigador del Centro de Estudios en Historia (CEHIS) de la Universidad Externado de Colombia y de asistente de investigación del Centro de Estudios Latinoamericanos, St. Antony’s College, Universidad de Oxford.

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