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Uno de los rituales más espontáneos y cotidianos entre los católicos es realizar la señal de la cruz “en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, Amén”. La escena se repite al alba y concluye al anochecer. Menos espontáneo y más infrecuente es imaginar a numerosos obispos, enrojecidos como los tomates, tirándose de los pocos cabellos plateados mientras desentrañan la figura misteriosa de la Trinidad.

La escena puede parecer absurda pero no desproporcionada. Ninguna de estas impresiones superficiales podría refutar el hecho de que esta pelea tuvo una dignidad intelectual más gloriosa que aquellas sesiones en que se descubrió que descendíamos del mono. En el Concilio de Nicea (325 d. C.) se discutió la naturaleza de Dios mientras que en Cambridge se discutió la del hombre. Y si bien es cierto que Darwin hizo caer a más de un mono incrédulo de su silla, mal haríamos en minimizar el hecho de que en Nicea se tumbó al Hijo de Dios del cielo.

Allí se congregaron todos los patriarcas de la cristiandad para discutir, entre otros asuntos, por la naturaleza de la Trinidad. El debate tuvo lugar en un mundo filosófico de preeminencia griega y judía. Nadie tuvo serios problemas con la idea de un solo Dios. La pregunta espinosa rodeó a Cristo: ¿quién era esta figura mitad divina, mitad humana? ¿Cómo era posible tener estas dos naturalezas en un solo cuerpo?

En una primera respuesta a estos enigmas se afirmó que Cristo había sido tan buena y extraordinaria persona, que Dios lo escogió entre todos los hombres como su mesías, su mensajero, iluminado en el momento del bautismo por gracia del Espíritu Santo. Por doctrina, Jesús recibió de este modo un estatus divino.

Esta aproximación enarcó la ceja de más de un obispo. Algunos argumentaron que en realidad no había ninguna diferencia entre Dios y Cristo. Se trataba, tan sólo, de distintos aspectos de una misma naturaleza. Pero a su vez, los incipientes cristianos ortodoxos formularon una objeción aterradora a esta segunda respuesta cargada de una lógica impecable. Si se tenía por cierto que no existía ninguna diferencia entre la naturaleza de Cristo y aquella de Dios, entonces, quien murió crucificado no fue un pobre hombre sino Dios mismo. ¿Estaba el coro de obispos dispuesto a aceptar silencioso la muerte de Dios en manos de los hombres?

 

Arrio

El Sacerdote Arrio, luego obispo de Libia

Arrio (256-336 d. C.), sacerdote de Alejandría, propuso una solución cismática al problema de la Trinidad. Según él, Dios creó a Cristo de la nada antes de la creación para ser su futuro instrumento. No lo creó de Sí Mismo. Y, por tanto, el hijo de Dios en realidad era un ser subordinado, un derivado suyo, pero nunca un dios. El arrianismo fue una solución controversial para algunos, pero un paso adelante para dividir el imperio romano en un momento en que el emperador Constantino quería unificar los dominios bajo una misma fe.

En Nicea no se discutió únicamente acerca de la naturaleza de la Trinidad. Hubo espacio para empezar a definir las relaciones entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Se abrió la puerta al lenguaje de la jerarquía trinitaria, que pugnó de modo espectacular con el credo de Atanasio y el credo de los Apóstoles que habían sugerido unas relaciones no tan precisas y más bien igualitarias.

Es imposible reseñar, o siquiera resumir, en estas apretadas líneas toda la complejidad que envolvió los debates en Nicea, aunque su importancia esté fuera de toda duda. En estos días, prevalece, a mi modo de ver, la doctrina en la que Cristo se sacrificó en lo alto de la solitaria cruz por el pecado original de los hombres y alcanzó un estatus divino – pace los ortodoxos que no creen tampoco en el pecado original. Un bello ejemplo de esta curiosa y misteriosa opinión la tenemos en la “Balada de los Hacedores de Dioses” de G. K. Chesterton.

“Pusieron al joven hombre en una colina,

Lo clavaron a una barra de madera,

Y allí rodeado de oscuridad y sangre,

Hicieron un Dios para sí mismos”.

El mundo cristiano ofrece interrogantes fascinantes. Hombres que son dioses, hijos que son iguales al padre y una amorosa energía que aletea entre brumas misteriosas bajo la forma de una paloma. Pero, más allá, en los atardeceres dorados de oriente, nos encontramos no con un dios sino miles y con hombres que en la jerarquía del universo están por encima de los dioses. Estos temas, en su debida oportunidad, serán la materia de otra columna.

 

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PERFIL
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Candidato a DPhil en Historia de la Universidad de Oxford. He trabajado de investigador del Centro de Estudios en Historia (CEHIS) de la Universidad Externado de Colombia y de asistente de investigación del Centro de Estudios Latinoamericanos, St. Antony’s College, Universidad de Oxford.

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6 Comentarios
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  1. No es para nada común, ni siquiera en un espacio dedicado para un blog, encontrar que un periódico de circulación masiva y nacional como EL TIEMPO de espacio para una columna dedicada a tratar el Concilio de Nicea (CdN). El tema genera fascinación en aquellos pocos que cultivan, por razones diversas, un interés por el desarrollo histórico del cristianismo, así como en aquella minoría que entienden la importancia doctrinal que representan los credos confesionales en la tradición cristiana en particular los llamados credos ecuménicos.

    Luis Gabriel Galán ofrece una interesante lectura de lo que a su entender trasegó en el Concilio de Nicea y de cómo el debate en este conclave fraguo el estatus divino de Cristo, hoy afirmado por millones de feligreses en las diferentes tradiciones cristianas.

    Galán describe el CdN como un evento donde “se tumbó al Hijo de Dios del cielo” (¿?), un suceso dentro de la historia eclesial donde se discutió la esencia de Dios, en particular su naturaleza trinitaria. En un sentido es posible entender junto con Galán que el CdN trato un asunto concerniente, en general, a la Teología Propia (Doctrina de Dios) y, en particular, a la doctrina de la Trinidad; no obstante, es importante señalar que estrictamente hablando el debate tuvo un carácter principalmente Cristológico.

    En contraposición a lo escrito por Galán, es importante decir que desde el punto de vista Bíblico, histórico, y teológico la afirmación de que Cristo recibió su “estatus divino” en Nicea es completamente rebatible. El principal error se da al asumir que un efecto resultante del concilio fue la divinización artificial de un simple mortal iluminado. Nada más lejano de la realidad. Por ejemplo, si bien la Escritura no presentan una Cristología plenamente desarrollada exponiendo la divinidad del Hijo encarnado, es incuestionable que el texto bíblico indica que Jesús fue adorado como uno que ejercita y opera facultades exclusivas de la divinidad (Mat. 5:21-22; Mar. 2:5ff; Juan 1:1, 9, 5:18, 21, 23, 25, 29, 17:5; Col. 1:16-17, etc.) De la misma manera, es un hecho factico que la iglesia post-apostólica antes de Nicea adoraba a Cristo como Dios (cf. Ireneo, Clemente de Alejandría, obras como El Martirio de Policarpo, e incluso fuentes paganas como las de Plinio el Joven) en medio de álgidas controversias Cristológicas y aun aceptando la complejidad de definir contextualmente lo que conformaba la ortodoxia y la heterodoxia de los primeros siglos. Teológicamente hablando, el debate en Nicea se resume en una formula resultante en donde se reconoce la divinidad de Cristo. En esencia, los padres estimaron que Cristo era homoousios (consustancial) con el Padre, y con ello afirmaron una igualdad ontológica entre ambas hypostaseis (subsistencias/personas). Hablar del Hijo y hablar del Padre es hablar de Dios.

    La idea de un Cristo mitad divino mitad humano, o la imagen de los obispos asistentes cavilando perplejos ante la imposibilidad de explicar las dos naturalezas de Cristo subsistiendo en un “cuerpo” es ajena a la teología discutida en Nicea. Por consiguiente, es seguro decir que tales descripciones no representan las teologías enfrentadas en Nicea: el debate no se dio entre aquellos que creían en un Cristo hibrido divino-humano, así como tampoco el problema fue asumido como la dificultad de explicar las dos naturalezas de Cristo contenidas en un solo ente físico como el cuerpo humano. Arrius creía que el Logos (Hijo) no existía eternamente, sino que había sido generado por el Padre, creado de la nada antes de la creación. Esto significaba que, si bien el Hijo era la primicia de la creación, este no era divino en su naturaleza. Dios había escogido al Hijo con base en preconocer sus méritos y este es llamado Hijo de Dios en vista de su gloria futura. Por otro lado, Alexander, en primer lugar, y luego Atanasio, afirmaban inequívocamente la doctrina de la eterna generación del Hijo y con ello su plena divinidad. Atanasio rechazo por completo la idea Arriana de la creación pre-temporal del Hijo y al contrario mantuvo que este existía como una persona independiente por toda la eternidad.

    El credo Niceno menciona a las tres personas de la Trinidad haciendo énfasis en las personas del Padre como creador y en el Hijo como consubstancial con el Padre sin que esto implique que dicha confesión abre “la puerta al lenguaje de la jerarquía trinitaria”, no por lo menos en un sentido ontológico. Tampoco es justificado afirmar que el símbolo Niceno “pugnó de manera espectacular” con los credos de Atanasio y de los Apóstoles. Al leer el credo Niceno es evidente que aparte del orden de presentación típico de cualquier fórmula trinitaria (Padre, Hijo, Espíritu Santo) y del lenguaje de procesión en relación con el Espíritu Santo no existe mucho espacio para hablar de una jerarquización de carácter ontológico. De la misma manera, es importante señalar que una comparación entre los credos Niceno, (Pseudo) Atanasio, y el Apostólico con respecto al tema acá tratado no arroja contradicción ni pugna alguna en sus afirmaciones.

    Luis Gabriel Galán ofrece una provocadora e interesante columna donde plasma una visión particular de lo acontecido en el primer concilio ecuménico de la iglesia. Mi propósito es unirme al tema aportando otra lectura, no como historiador ni en contra de la historia, sino como teólogo atento al desarrollo histórico y doctrinal de la fe cristiana.

    Julian Gutiérrez, PhD
    University of St Andrews

    • Estimado Dr. Gutiérrez,

      Muchas gracias por su amable mensaje. Bienvenida su lectura del Concilio de Nicea, pues mi campo de investigación se reduce a ciertos procesos políticos del siglo XIX-XX en Hispanoamérica e Inglaterra. Escribí el artículo luego de algunas lecturas en las que buscaba educarme, y el estilo informal del artículo se debe al intento de divulgar ciertas discusiones académicas de un modo más amable para el lector. Su lectura es muy rica y sin duda contrasta con lecturas que he hecho. Le agradezco mucho su rigor y su paciencia.

      Saludos,

      Luis Gabriel

  2. miguel.perdomolince

    Me gustaría leer un escrito suyo sobre el proceso a garrotazos que terminó definiendo el dogma de María concebida sin pecado. Será mucho pedir?
    Felicitaciones por los temas y por la deliciosa manera de escribirlos.

  3. fernando567861

    JESUS EL MESIAS! ES EL MISMO UNO ETERNO, PERO “HUMANIZADO” ; ESTE ES EL “MISTERIO DE LA PIEDAD”; PABLO LO DESCRIBE EN UNA DE SUS CARTAS; COMO ES POSIBLE? “EL DIOS ETERNO NO TIENE “IMPOSIBLES”; COMO PUDO MORIR Y SENTIRSE “SEPARADO” DE SI MISMO? COMO ORO O A “QUIEN” LLAMABA “ABBA O PADRE?” SON DOS? ES UNO? ESE FUE EL DEBATE, Y SIGUE SIENDOLO! ENTONCES SURGIO LA TEORIA DE LA “TRINIDAD” PALABRA QUE NO EXISTE EN TODA LA BIBLIA; LA PALABRA:” PERSONA” VIENE DEL GRIEGO; E IMPLICA NECESRIAMENTE “UN SER HUMANO” UN DIOS ETERNO NO ES UNA PERSONA, TAMPOCO EL “ESPIRITU” Y LA PERSONA NECESITA TENER UN “NOMBRE” Y NO HAY OTRO “NOMBRE” DADO A LOS HOMBRES QUE EL NOMBRE DE JESUS EL MESIAS! ESCRIBIO PABLO; QUIEN DIJO QUE SE DEBIA SER BAUTIZADO EN ES NOMBRE! EL NOMBRE ES UNO! DIOS ES UNO! SI ES CIERTO ES UN MISTERIO! QUE EL MISMO REVELARA CON SU VENIDA! HABRA “UNO SENTADO EN EL TRONO DEL PODER SUPREMO”! ESCRIBIO JUAN EL APOSTOL EN EL APOCALIPSIS. ATTE: FERAYO.

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