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En el año de 1919, la conferencia “La política como vocación” fue dictada por el sociólogo alemán Max Weber. Ante una audiencia muy poco dócil, según nuestros esquemas y los de aquel tiempo, se propuso explicar qué es y qué significa la política como vocación. No concibo una conferencia que haya tenido tanta influencia posterior en medios académicos.

En esta ocasión, me interesa en mayor medida hablar de esta importante conferencia como una crónica política de su tiempo que como un texto canónico de las ciencias sociales.

Uno de sus aspectos menos comentados versa sobre el auge de los populistas en Europa. Es inútil negarlo; los procesos de industrialización quebraron el viejo orden político de los notables rurales. Ya no se podía hacer política como en los viejos tiempos. La migración de las nuevas masas urbanas, indisciplinadas, desarraigadas y en espeluznantes condiciones de vida, quebró los viejos lazos de dominación social que habían predominado por siglos en Inglaterra, Alemania, Italia y Rusia. Esta cascada colosal de gentes, agravada por la depresión internacional (1870-1890), fue la válvula de escape para escapar al hambre y a la muerte.

En estas inusitadas condiciones, los partidos políticos tuvieron que reinventarse. Y es en este punto que Weber ofreció un análisis lúcido, aunque no exento de crítica, sobre el gran populista. En su tipología clásica, existe un fundamento esencial para la dominación política. Weber lo llamó: legitimidad carismática, y lo describió como “la autoridad de la gracia (carisma) personal y extraordinario, la entrega puramente personal y la confianza, igualmente personal, en la capacidad para las revelaciones, el heroísmo u otras cualidades de caudillo que un individuo poseo”. Weber reconoció que esta cualidad ha sido palpable en profetas, demagogos antiguos y predicadores evangélicos. En general, las masas imaginaban a estos hombres como personas destinadas a regir los destinos de las naciones.

La legitimidad carismática cobró un cariz singular en medio de las abruptas transformaciones sociales de fines del siglo XIX. Tomemos el caso de W. E. Gladstone. “The People’s William” (el William del Pueblo), también conocido como “The Grand Old Man” (El viejo y grande hombre), tuvo un éxito arrollador en las elecciones parlamentarias británicas de 1868 y 1880. No sin razón, Weber lo destacó como uno de los grandes populistas de su tiempo

Pero este hombre extraordinario, a diferencia del demagogo griego clásico, se irguió sobre un partido más organizado, institucionalizado, con un personal político cada vez más profesional y dedicado a trabajar de agentes electorales en los condados y ciudades para reclutar las masas anónimas. El demagogo necesitaba de otros hombres a sueldo dedicados exclusivamente al trabajo político. Necesitaba, asimismo, la exposición en la prensa, esa tribuna política que alcanzó en aquellas décadas unos tirajes estratosféricos comparados con los de hoy en día.

En 1880, Gladstone cometió la hazaña de ser el líder del Partido Liberal, el primer ministro y el tesorero de la Corona. Su campaña de austeridad fiscal, su defensa del Home Rule irlandés, su campaña de desamortización de la Iglesia Anglicana, le granjearon no pocos aliados entre las iglesias evangélicas, los campesinos irlandeses y las clases obreras. Pero esto no es suficiente para explicar su magnetismo personal, pues en la constelación de liberales-whigs, hombres como el duque de Granville eran estrellas fugaces y menores mientras que Gladstone, suspendido entre sus amigos, brillaba con el fuego furioso de un astro fijo.

Toda la evidencia de adictos y detractores conduce a que pensar que su oratoria era embriagadora. Su estilo se fundó en el de los predicadores evangélicos, un tono religioso adaptado de los Estados Unidos. Su lucha fue menos clasista que moral. Y así, el “Gran Old Man” llegó a congregar en sus campañas de Midlothian, en Escocia, cerca de 15,000 espectadores titiritando de frío en el Waverley Market Hall. Como dan cuenta algunas autobiografías de obreros, estos meetings políticos eran tenidos por reuniones religiosas. En las veladas colgaban banderas y retratos de Gladstone. Todo estaba orquestado de forma teatral, algo en absoluto inusual para estos políticos formados en la cultura clásica griega. La entrada del líder era precedida por bandas de música. Años más tarde, veremos estas escenas en Baviera, con un Hitler coreado desfilando hacia el atril.

En las estaciones de tren se agolpaban las filas para pedirle un autógrafo al “William del Pueblo”, los periodistas cubrían sus giras y los miles de tarjetas de visita eran coleccionadas por mujeres y niños. Cuarenta años más tarde, el poema de G. K. Chesterton sobre Gladstone cayó como una hoja más en la pila de los miles dedicados a su memoria.

Impresionado con la rara combinación de política democrática y fervor religioso, Weber convirtió a Gladstone en el prototipo del “líder carismático” del mundo moderno y se atrevió a profetizar, sin duda amparado en los populistas de su tiempo, que este tipo de político dominaría en el siglo XX. Por ello, el texto de Weber sigue siendo uno de los mejores análisis sobre el populismo.

Sin embargo, el culto al “político demagogo” es incomprensible sin establecer las viejas relaciones e inspiraciones que tuvo con las iglesias. El populismo surgió de discursos que pretendían moralizar no solo la política sino la sociedad, y de estilos inspirados en sermones pastorales. Las iglesias fueron un apoyo institucional importante en Irlanda, Italia, Alemania e Inglaterra. Por más intentos de secularizar la política, estas antiguas raíces sobreviven profundamente incrustadas en nuestra cultura política y en nuestra psiquis.

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PERFIL
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Candidato a DPhil en Historia de la Universidad de Oxford. He trabajado de investigador del Centro de Estudios en Historia (CEHIS) de la Universidad Externado de Colombia y de asistente de investigación del Centro de Estudios Latinoamericanos, St. Antony’s College, Universidad de Oxford.

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