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Entre los muchos papeles acumulados en el archivo del presidente Eduardo Santos, una carta de un político liberal cubano siempre me llamó la atención. No contento con divagar por cinco páginas acerca de la historia del municipio, el escritor sentenció para nuestro placer: “El destino de América es el municipio”.  

El cubano pretendía ser de tradición liberal, pero al contrario de los radicales italianos del siglo antepasado que procuraron implantar el modelo administrativo napoleónico o de los laboristas ingleses que pretendieron resarcir la condición de las masas urbanas, el simpático escritor reivindicó una vieja tradición hispánica, y digámoslo sin menoscabar su liberalismo, una vieja tradición medieval.

Existe una diferencia importante entre las sociedades europeas e hispanoamericanas sobre este tema poco discutido. A veces la literatura no miente. En el caso italiano, el siglo veinte nos dejó “El Gatopardo” de G. Lampedusa, una obra maestra de nostalgia aristocrática, que lamentó la intrusiva implantación del modelo centralista francés. Fue la extinción de los Gatopardos, los Leones de Sicilia. En la misma época me cuesta trabajo pensar en una obra de literatura inglesa que girara alrededor del viejo condado aristocrático. Ese mundo fantasmal se esfumó en 1914 liquidándose casi por completo el capítulo rural de los lords y los squires de los tiempos de Austen y Trollope. Con todo, el mundo rural no era el del municipio hispano sino aquel de las tierras y casonas de los aristócratas.

Nuestra América se rebela a esta imaginación literaria. Nuestros escritores aman los pequeños pueblos; su obra gravita alrededor de ellos. Los actores son los jueces, alcaldes y vecinos principales. Piensen, por ejemplo, en Juan Rulfo. La soledad de Comala también es la soledad de Macondo. Nuestro Nobel de literatura dedicó todas sus facultades creativas a un tema que ya parecía superado en muchas partes de Europa: “Macondo”, un pequeño pueblo arquetípico perdido en la vastedad de América. El caso argentino no es muy distinto, a pesar de que Borges no pudo sino enumerar la dilatada pampa, como gustaba llamarla, o los cuchilleros de los arrabales de Buenos Aires.

El destino de América no ha sido el centralismo administrativo sino el municipalismo. El municipio predominó hasta hace muy poco no sólo por cuestiones demográficas y literarias. Europa ofrece distintos tipos e historias de la administración pública: Francia, Italia (aún con sus innovaciones afrancesadas, el Sur permaneció atrapado en las viejas redes familiares), Inglaterra, Alemania o Rusia. Lo cierto es que ninguno de estos países, hasta donde me ha sido posible estudiar, concedió tanta importancia administrativa y política al municipio como sucedió en nuestra América. Este punto de partida me parece fundamental para la comprensión de nuestra historia, punto que ha sido principalmente observado por el historiador Antonio Annino.

Tomemos Colombia. Cuando hablamos de la fuerza del poder local, solemos pensar de modo simple en el hacendado, en los paramilitares o en la guerrilla. No quiero menoscabar esta idea, pero nuestra historia no se agota en los últimos 50 años. Más aún, cuando se le compara con las viejas aristocracias europeas que gobernaron durante siglos contando con fueros, jurisdicciones y poderes discrecionales, el hacendado colombiano parece un pobre diablo. Los documentos históricos y una mirada comparativa en muchos casos corroboran esta impresión.

Los archivos de cartas de Carlos Lleras Restrepo y Eduardo Santos revelan otra historia. Miles y miles de cartas versan sobre la violencia política de mediados del siglo pasado. Los actores principales: los alcaldes, jueces, policías locales y vecinos. El hacendado aparece de vez en cuando pero no tiene el poder reconocido ni la influencia social que retrospectivamente le otorgamos. Mucha gente atribuye la violencia rural a la apropiación de baldíos por parte de estos hombres. ¿Y qué decir de las peleas entre los distintos municipios por tierras, jurisdicciones fiscales, baldíos y elecciones? El libro de Adolfo León Atehortúa sobre Trujillo es revelador, pero vayamos más allá de Colombia. En México, las disputas legales entre los pueblos indios de Oaxaca por tierras, comercio, jerarquías territoriales y rentas fiscales en el mundo colonial fueron frecuentes. Y no olvidemos que en la Revolución Mexicana se movilizaron insurreccionados una gran cantidad de pueblos indios alegando sus viejos derechos inmemoriales y comunales indispuestos por las intromisiones administrativas de don Porfirio, que había suprimido a los caciques locales facultades fiscales y electorales.

El municipio colombiano tuvo durante casi un siglo y medio la facultad de imponer impuestos, reclutar policías locales, elegir sus propios jueces electorales, alcaldes y consejos municipales. El aparato administrativo no tenía siquiera inspectores, como en el caso inglés, ni mucho menos las prerrogativas de un prefecto francés para entrometerse en la vida de los funcionarios pueblerinos (salvo en algunos periodos durante las constituciones federales 1863-1886). Los municipios hicieron difícil la extensión de lo que llamamos hoy la administración central, no fue necesariamente o únicamente a causa del manido abandono de las élites de Bogotá.

Esta concentración del poder electoral, judicial y administrativo en manos de los municipios debería ser tema de estudio. En 1913, el código municipal les reservaba la facultad de elegir jueces y jurados electorales. La conclusión preliminar no es menor: el poder judicial y electoral en Colombia estuvo concentrado en manos pueblerinas, no centralistas, por un tiempo que aún nos es difícil estimar. Gente como Rafael Uribe Uribe o Carlos Lleras Restrepo, presidentes del Partido Liberal, poco control tuvieron sobre los hombres en los comités pueblerinos, como demuestra su correspondencia en momentos críticos. Trato de revisar documentos europeos, especialmente ingleses, y en ningún lugar encuentro que algún liberal llegara a decir seriamente que “el destino fuese el municipio”.

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PERFIL
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Candidato a DPhil en Historia de la Universidad de Oxford. He trabajado de investigador del Centro de Estudios en Historia (CEHIS) de la Universidad Externado de Colombia y de asistente de investigación del Centro de Estudios Latinoamericanos, St. Antony’s College, Universidad de Oxford.

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