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El hombre común, por ser quizás común, opina que habitamos un mundo rodeado de gentes extrañas. Lo cree hoy y lo creía hace cien años. Por eso me gusta el hombre común. A pesar de su indiferente existencia siempre cuenta con un refugio de buen juicio. El ocaso de la Gran Bretaña victoriana estaba lleno de estos hombres excéntricos. En tiempos de las máquinas que torreaban el humo del progreso, del telégrafo y de las inservibles pócimas para la calvicie, se levantó entre magos, socialistas que añoraban la Edad Media y espiritistas que invocaban espíritus en los cementerios, un hombre que acariciaba con sus versos las estrellas. Hablo del singular W. B. Yeats, el poeta irlandés.

Yeats combinó un corriente nacionalismo irlandés con la peculiar ambición de crearle un pasado mítico. Antes que R. Graves, J. R. Tolkien o C. S. Lewis, Yeats había labrado un país vasto y verde, de extraños placeres, de delicias divinas y de paganas fantasmagorías del tamaño de su ensoñadora mente. Su crítica no recaía sobre la hipocresía victoriana, o las miserias grises de la industrialización ni tampoco tomó la forma de una vindicación del cristianismo. Honró un fervor patriótico irlandés en conjunción con la exploración de su mente y la búsqueda espiritual.

La Irlanda de Yeats no era aquella colonia vilipendiada del Imperio Británico, y diríase que tampoco era la Irlanda revolucionaria de los campesinos católicos que incendiaron las casas de campo de los aristócratas protestantes. Yeats era neoplatónico, una especie casi en extinción por aquellos años, y hallaba en el acervo del extinto folclore gaélico un mar lleno de ruinas y naufragios maravillosos. Goteando, rescató del fondo el viejo simbolismo celta con una originalidad, belleza y poesía mágica, que le hicieron capaz de dotar de una antigüedad heroica hasta el más mínimo nombre. ¿Quién sino él pudo dar vida a Hanrahan el Rojo?

Yeats sopló excentricidad a su vida. Fatigó sus días en una torre de estampa medieval en un condado de Irlanda, se suscribió a sociedades ocultistas, estudió una gran variedad de corrientes místicas y practicó la magia. Algunos de los clubes que frecuentó tuvieron nombres hermosos que parecen extraídos de alguna enciclopedia fantástica: Liga Gaélica, Orden de la Aurora Dorada. Dicen sus biógrafos que su rutina diaria comprendía prácticas y meditaciones basadas en las disciplinas secretas, aunque no fuera un crédulo bobalicón.

Algunos de sus temas recurrentes son el reino de la inmortalidad y del espíritu, sus predestinadas reencarnaciones, las relaciones entre el mundo de los vivos y el de los muertos, los pasajes entre aquellos ámbitos y la posibilidad de adquirir el conocimiento por medio de los símbolos y los libros sagrados.

Abundan los hombres excéntricos en estos tiempos de tecnologías digitales, casi siempre de gustos vulgares. Ojalá, este año, celebremos en especial la magia, la belleza, la poesía, todas esas cualidades que Yeats combinaba tan bellamente en sus versos. Y que en medio de nuestras preocupaciones fugaces hallemos un instante para nuestras especulaciones eternas. Para esos pasatiempos, Yeats siempre será un buen compañero.

Uno de mis poemas favoritos “The Indian Upon God” (El Indio acerca de dios), fantasea con reminiscencias brahmánicas sobre la existencia de un dios panteísta, un gigantesco pavo real que por las noches nos cubre con su cola moteada de luces.

 

The Indian Upon God (no hallé traducción en castellano)

I passed along the water’s edge below the humid trees,
My spirit rocked in evening light, the rushes round my knees,
My spirit rocked in sleep and sighs; and saw the moorfowl pace
All dripping on a grassy slope, and saw them cease to chase
Each other round in circles, and heard the eldest speak:
Who holds the world between His bill and made us strong or weak 
Is an undying moorfowl, and He lives beyond the sky.
The rains are from His dripping wing, the moonbeams from His eye.
I passed a little further on and heard a lotus talk:
Who made the world and ruleth it, He hangeth on a stalk, 
For I am in His image made, and all this tinkling tide
Is but a sliding drop of rain between His petals wide.
A little way within the gloom a roebuck raised his eyes
Brimful of starlight, and he said: The Stamper of the Skies, 
He is a gentle roebuck; for how else, I pray, could He
Conceive a thing so sad and soft, a gentle thing like me?
I passed a little further on and heard a peacock say:
Who made the grass and made the worms and made my feathers gay, 
He is a monstrous peacock, and He waveth all the night
His languid tail above us, lit with myriad spots of light.

 

 

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PERFIL
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Candidato a DPhil en Historia de la Universidad de Oxford. He trabajado de investigador del Centro de Estudios en Historia (CEHIS) de la Universidad Externado de Colombia y de asistente de investigación del Centro de Estudios Latinoamericanos, St. Antony’s College, Universidad de Oxford.

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