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Vivimos en un mundo paradójico: cada vez hay más posibilidades de expresarnos en público, pero así mismo cada día se confirma más que la gente se avergüenza de sus preferencias, las oculta.

Felipe Motoa Franco

@felipemotoa

De entrada diré que soy taurino. Voy a la plaza, escribo de toros y matadores, sigo las corridas por internet, leo artículos sobre la fiesta brava y no me da ni la más mínima vergüenza aceptarlo. Al contrario, soy taurófilo orgulloso.

Este preámbulo para señalar que en nuestro mundo nos estamos llenando de vergüenza. Estúpida y peligrosa vergüenza. Hablo con amigos tanto o más aficionados que yo a la tauromaquia y confiesan que les causa gran placer asistir a las corridas, pero que en sus redes sociales y charlas de pasillo prefieren tener su gusto bajo cuerda. En otras palabras, son taurinos vergonzantes.

Reflexiono sobre esto y llego a una conclusión: no solo los antitaurinos, de quien ya tenemos claras y contundentes muestras de su violencia e intolerancia, sino peor, los políticamente correctos, los adalides de la moral, están generando que los ciudadanos se traguen lo que en verdad piensan y les gusta. No solo hablo del gusto o no gusto por los toros, me refiero a las inclinaciones políticas de cada quien.

¿Cómo así que pasamos de la Santamaría al capitolio y de ahí a la Casa de Nariño? Quiero ejemplicar mi hipótesis con unas cuantas realidades.

La primera: ¿recuerdan que durante la campaña para votar sí o no en el plebiscito de los Acuerdos de Paz entre el Gobierno y las Farc las encuestas decían que el sí ganaría con ventaja? Pues el no ganó en la votación y esto obligó a algunas revisiones que se incluyeron en el documento definitivo. Mi explicación a ese fenómeno, prefiero no creer en las multiples teorías de conspiración que se tejen en contra de las encuestas, es que la balanza no se inclinó porque los opositores propagaran un puñado de confusiones y mentiras entre los votantes, sino que esos votantes estaban convencidos de su negativa desde mucho antes de ir a las urnas. ¿Por qué no se reflejaba esto en los sondeos? Porque a la gente le daba pena decir que no le convencían los acuerdos de paz. Con la horda de defensores del sí, que señalaban de fascista, uribista o alienado a todo cuanto dijera que su intención era el no, comprendo que al final el voto avergonzado fuera tan nutrido y decidiera el resultado. Decir que sí, pero votar no, era lo políticamente correcto, la vía fácil para quedar bien con los otros y darse gusto a sí mismo.

Segundo: ¿cómo explicarnos que el candidato presidencial Gustavo Petro, recordado por su floja administración en la Bogotá Humana, lleve ventaja en las encuestas de intención de voto? Vuelve y juega: aparte de los izquierdosos que siempre lo han apoyado hay una significativa cantidad de ciudadanos que están mamados del sistema, del establishment, de los mismos de siempre. A esa gente, que no es de izquierda pero votaría por el marxista con tal de ver caras nuevas en los pasillos de palacio, le sonroja aceptar su intención de voto, pues los derechistas que se oponen a lo que personifica el exalcalde no son tibios al señalar que todo el que se vaya con Petro es un mamerto, tira piedras o guerrillero. Muchos ocultan su simpatía por el tipo, pero se lo van a dar cuando acudan a las encuestas. Eso sí, en los círculos sociales no se van a arriesgar a una reprimenda de, adivinen quiénes, los políticamente correctos, los presuntos dueños de la verdad.

En la otra orilla la vaina es parecida. Mostrarse inclinado hacia Iván Duque o al exprocurador Alejandro Ordóñez es visto por los detractores -y políticamente correctos- como un rasgo de ultraderechismo o en el peor de los casos como un signo de debilidad intelectual, pues sostienen que todo votante que respalde a los simpatizantes del expresidente Álvaro Uribe es un borrego que sigue todo cuanto dicta este señor. Con tales señalamientos comprendo que en lo público más de uno se muestre neutral en los asuntos políticos y prefiera cubrir sus verdaderas razones; a la hora del té van y votan por quienes les da la gana, pero en silencio. Y están en todo su derecho, porque tampoco hay que ser un influenciado por Hitler o Mussolini para sentir y pensar que se quiere más seguridad en las calles y en los territorios lejanos, que tal vez los acuerdos con la guerrilla pudieron ser mejores o que en definitiva la derecha es la tendencia que mejor representa sus intereses.

Como ven, el asunto es patológico y transversal a la población colombiana. Cada vez temenos (perdón, quise escribir ‘tenemos’) más acceso a redes sociales en las cuales expresar nuestros intereses, pero muchos inhiben sus ideas con tal de no recibir los fuetazos de quienes, desde la izquierda y la derecha, con su intolerancia y obstinación ideológica, se convierten en censores y señaladores que no hacen más que entorpecer el ejercicio democrático de poder expresar lo que cada quien considera. Es que basta con revisar las redes sociales -en especial Twitter- para ver que hay hordas de censores que matonean a quienes se atreven a expresar sus ideas.

La invitación, claro está, es al disenso y al debate. Pero la grosería, la ofensa y el prejuicio deberíamos desterrarlos de nuestras sociedades, pues estas sí, más que las bombas de las Farc y las matanzas de los paramilitares (otras vez las posturas radicales que no conciben que el otro piense distinto), irán en contravía del diálogo y la discusión. Ya lo dijo Freud, que si no decimos lo que pensamos nos convertimos en reprimidos, y por ahí la democracia se va en picada.

Por mi parte, seguiré acudiendo a los toros, escribiendo sobre la fiesta brava y esperando a que algún día me toque en suerte un antitaurino que no me ofenda la madre ni me advierta de qué podré morir, sino que me planteé y a la vez escuche argumentos dialécticos suficientes para reconsiderar, o por lo menos matizar, mi afición y su aversión. Esa sí que sería una buena faena de ideas.

En Twitter: @felipemotoa

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Cronista en EL TIEMPO. Gustoso de las narraciones escritas y audiovisuales. Las palabras no se las lleva el viento.

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