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Para comenzar, quiero unirme a la indignación que producen voces discriminatorias como las del padre Llano y los 40 principales, es una lástima que todavía existan visiones así de sesgadas y de intolerantes, es una lástima, que el matoneo y la falta de argumentos todavía encuentren oídos atentos. Y para seguir, el título no tiene nada que ver con mis quejas de hoy, ¿no aprendieron nada del artículo pasado? -léalo aquí-.
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En una casa de cambio, una cajera que se juraba la reencarnación de Adam Smith, me preguntó mi profesión. «Música», respondí yo. Cuando me entregó mis antes dólares ahora pesos y la factura de cambio, leí lo siguiente: «Ocupación: Bailarines, teatreros, músicos y artistas callejeros». Ante semejante cosa, no pude  más que reírme hasta quedar sin aire.
Confusiones como las de la de Smithy la cajera -he decidido llamarla así. Es de cariño-, se han vuelto absolutamente normales para mi.  Como pianista profesional y con un cuarto de maestría, he escuchado de todo un poco. Mis primos boyacenses me siguen comparando con un tipo que toca maracas, caja, guitarra y además, canta en todas las ferias y fiestas del Valle de Tenza porque ese sí es famoso. A mi manicurista le parece curioso que música sea una carrera y aún más curioso, que cueste y dure lo mismo que ingeniería civil, ¡por eso es que los puentes se caen! Y Nelci, -o Nelsi, o hasta de pronto Nelcy… sabe Dios como se escribe semejante nombre- mi empleada en Medellín, cada que me ve estudiando piano se acerca y me dice: «aprovechando que no está ocupada, quería preguntarle…»
Yo entiendo a Nelsy -suponiendo que así se escriba-, a mis primos y mi manicurista. Así que para ellos y para quienes venían pidiendo que escribiera al respecto, -yo se que ustedes no me creen, pero juro que tengo lectores que sagradamente leen mis bobadas- seleccioné cuidadosamente las frases más gloriosas que he escuchado y hasta protagonizado con orgullo. La primera, surge de manera inevitable cuando paso frente a cualquier objeto con teclas, no importa si es un piano, una acordeón o  la aplicación de Perfect Piano de un celular. Infaliblemente escucho «Ay, toca algo». A menos que sea sobre un escenario o en un momento épico de amor por la música, uno nunca quiere tocar para ustedes y menos, en esos intentos de instrumentos que los antojan de conciertos privados. Créanme, a mi nunca se me ocurre decirle a mis amigos médicos «Ay, sácame la vesícula» cuando veo el cuchillo de la mantequilla.
La segunda, siempre surge en momentos poco acertados en los que respondo a personas que de manera poco acertada, fingen interés por mi profesión: «Entonces vas a ser la próxima Shakira o el próximo Juanes». Está bien si no saben de música, pero tampoco se pongan en ridículo. Nadie, pero nadie en el mundo quiere ser el próximo Juanes, ni siquiera, el mismísimo Juanes. Y por último, la más célebre de todas: «¿Cuántos instrumentos tocas?». Eso, señores, es como preguntarle a Mariana Pajón en qué otros deportes tiene medallas olímpicas o a Cristina Fernández de Kirchner, de qué otros países ha sido presidenta.
Como les quedé debiendo un artículo de taxis y taxistas, aprovecho para contarles que para ahorrar energías, decidí no ser pianista cuando me subo a un taxi, las terapias de «no desperdicie su vida mona» me resultaban realmente agotadoras. Es así como llegué a ser ingeniera civil, abogada, sicóloga, arquitecta y mi favorita de todas, pedagoga infantil porque me encantan los niños y trabajar por ellos es la mejor forma de arreglar el mundo. Indiscutiblemente inspirador.
Una vez decidí que estudiaba periodismo. «Complicado vivir de eso» -me dijo el taxista-, herida en mi orgullo de gremio postizo, inventé mil maravillas y satisfacciones de haber estudiado periodismo, logrando únicamente, que este señor comenzara a despotricar en contra de todas las profesiones que existen. En un intento por zanjar la discusión, le pregunté qué le hubiera gustado estudiar. «Música -me respondió-, yo toco bongoes, pero no se me dio la oportunidad de estudiar con juicio, esa sí que es una buena carrera». Cursi y todo, pero como dice mi abuela, «tome pa’ que lleve».
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Pianista con maestría y títulos inútiles. Amante de los gatos, los tacones y el color morado. Bogotana, medio paisa, con anhelos de mar, pasiones de salsa y nostalgias de sabana. Ha hecho colaboraciones para el El Espectador y las revistas Diners, Cronopio y Cerosetenta.

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