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– Nueve- Dice ese cantadito inconfundible de locutor de radio popular. Esperamos ansiosos, expectantes, con los brazos extendidos como equilibristas de circo. – Ocho-, las rodillas flexionadas, prestas a saltar de un solo impulso. – Siete-, por un momento tomamos conciencia de nuestro propio ridículo, allí, trepados sobre las sillas, atentos a la orden de un fantoche de emisora tropical. – Seis- es un ejercicio digno de Paramahansa Yogananda, en la mano el vino que amenaza con desbocar la copa, los tobillos enterrados en el cojín de la silla luchando por no doblarse y en la boca una sonrisa que delata la propia certeza del absurdo. – Cinco, cuatro, tres dos… ¡uno!-  En una composición rítmica de pisadas de todos los talantes, los pies de mi familia tocan el suelo. ¡Feliz año nuevo!

Los agüeros son sin duda intelectualmente inoficiosos. Saltar desde una silla cuando marcan las doce para alejar las malas energías, embadurnarse las manos de vainilla y canela  para la buena suerte, llenarse los bolsillos de lentejas para la prosperidad o salir corriendo con una maleta por toda la cuadra como cualquier ladrón chalequero, resulta descabellado y sus supuestos beneficios absolutamente inverosímiles. ¿Pero no es el ser humano un animal ritual?, ¿no son su ritos y celebraciones las que definen su identidad cultural?

El 2 de noviembre los mexicanos celebran el Día de los muertos pintándose la cara, decorando altares para sus fallecidos y recitando rimas satíricas llamadas “calaveritas”.  El 17 de marzo los irlandeses se visten de verde, decoran con tréboles, hacen desfiles y beben cerveza para honrar a San Patricio, el sacerdote al que se le atribuye la conversión de Irlanda al Catolicismo. Y entre septiembre y octubre, los alemanes toman cerveza, comen comida tradicional alemana, se visten con trajes típicos y celebran el Oktoberfest con bandas que tocan en vivo música de las diferentes regiones.  Los mexicanos no serian tan mexicanos sin el Día de muertos, los irlandeses no serían tan conocidos sin sus tréboles, ni los alemanes tan famosos sin sus salchichas y su cerveza.

Los rituales se desvirtúan con el pasar de los años y la evolución de las sociedades va mermando la fe en su infalibilidad, pero siempre estarán presentes en las culturas para hacer de sus individuos parte de algo. Los agüeros cumplen la misma función, son ritos incoherentes, irracionales y ridículos que resultan totalmente inútiles en la práctica, pero que son parte ineludible de la identidad cultural de las sociedades domésticas. Las familias, los pueblos y hasta los barrios siguen sus propias cábalas de año nuevo, leen sus propias predicciones en los símbolos más disparatados y tienen sus propios augurios de buena suerte.

En el pueblo de mi abuela se rellena un muñeco de pólvora y se hace volar en pedazos sin ningún remordimiento porque es el año viejo que se va, en mi casa hacemos una lista de doce deseos para el siguiente año y los repetimos mentalmente mientras nos comemos doce uvas moradas, y en la casa de una de mis amigas se ponen la pijama y se duermen a las diez. Atragantarse con la alarmante cantidad de azúcar que tienen las uvas más que cumplir deseos causa sobre peso y vestir un muñeco para hacerlo estallar tiene más de terrorista que de festivo, pero todas son costumbres que nos atán a algún lugar y como reza la sabiduría de a peso, nadie es más desdichado que el que no es de ningún lado. Cómanse la uvas, salten de las sillas, báñense en hiervas de mil olores, prendan velas y úntense de vainilla, que si no se cumplen los agüeros, por lo menos se divierten y se mantienen despiertos hasta que den las doce.

Por: @LauraGalindoM

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PERFIL
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Pianista con maestría y títulos inútiles. Amante de los gatos, los tacones y el color morado. Bogotana, medio paisa, con anhelos de mar, pasiones de salsa y nostalgias de sabana. Ha hecho colaboraciones para el El Espectador y las revistas Diners, Cronopio y Cerosetenta.

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