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Esta mujer, en La Piscina

Por: sofia.acalantide

Eran las 10:30 p.m. cuando entramos. Primera sorpresa: no había cover. Nos instalamos en una mesa frente a la piscina y pedimos media botella de ron. Segunda sorpresa: teniendo en cuenta la ubicación del lugar, el licor es muy caro, casi más que en los bares swingers del norte.

Luego de unos tragos, recorrimos el lugar. Tuvimos miedo de no encontrar nuestra botella al regresar del paseo, así que consultamos con un mesero, quien nos sugirió llevarla con nosotr@s. Aunque era viernes el sitio no estaba totalmente lleno, había mucho espacio en el segundo piso. Mientras estábamos ahí vimos cómo los guardias de seguridad sacaban a las malas a un tipo que –según nos dijo otro mesero- quería propasarse con las “niñas”. Nos dijo también que si queríamos algo especial se lo pidiéramos, que él nos traía a alguien que hiciera tríos, o lo que quisiéramos… -No, gracias (parte del plan era hacerlo por nuestra propia cuenta). Qué feo, a todas las mujeres del lugar les dicen “niñas”; pensé en ese momento que es una pretensión de dominación: mantenerlas como las eternas “menores de edad”… comenzaba a irme por caminos teóricos cuando mi amigo me recordó que estábamos de fiesta. Volvimos a nuestra mesa.

Tercera sorpresa: este tan afamado lugar de stiptease tiene shows más bien pobres. Mujeres que se quitan la ropa, mientras bailan en el puente sobre la piscina… y ya. ¿Qué más quería? Bueno, he visto muchos shows de Sharon (la estrella de los bares swingers), por ejemplo, con coreografías de Madonna y sus acrobacias desnuda en el tubo… algo así quería. Pero no, striptease raso, solamente. El grupo que estaba a nuestra derecha contrató un show particular y estuvo mejor: una mujer con ropa interior blanca y velo de novia les bailaba en la cara, con un consolador grande y rojo que ellos y ella misma se introducía.

Así las cosas, el programa en La Piscina no es ir a ver shows de striptease. Decidimos entonces hablar con las mujeres del sitio, y las mujeres del sitio -que eran muchas, ¿60?- estaban todas trabajando. Conozco varias que han ido a La Piscina como clientas -era yo la que estaba en deuda con esta visita-, pero esta noche no logré identificar a ninguna en dicha calidad. Mi amigo invitó a una de ellas a nuestra mesa: delgada, muy joven, cabello largo y negro, con un vestidito color lila.

- ¿Te tomas un trago?
- Si, y un cigarrillo

Luego, preguntas de rigor: ¿cómo te llamas? ¿cuántos años tienes? ¿trabajas hace mucho aquí? Etc. Olvidé sus respuestas. Finalmente,

- ¿Y haces tríos?

Tendrían que haber visto su cara: si le hubiera preguntado a mi primita de 15 años, muy de su casa ella, no se hubiera descompuesto tanto. Muy pronto se paró y se fue.

No había pista de baile y la música tampoco estaba muy buena como para animarse a bailar entre las mesas. Sin embargo, tuve ganas de coquetear con mi amigo, como lo hacían las mujeres en los shows privados a nuestro alrededor. Llamado de atención: sólo las que trabajan allí pueden hacerlo. Una vez escribí sobre eso: discriminación de las mujeres en los sitios que ofrecen servicios para adultos.

Volví a sentarme. Entonces quise invitar yo misma a otra de ellas. Cuarta y principal sorpresa de la noche: no manejo los códigos, no sabía cómo hacerlo. Había cerca de diez mujeres paradas a tres metros de nosotr@s, buscando cliente, ávidas de acercarse a una mesa, y yo me sentí bloqueada, no sabía qué decirles. – Sólo llámala y ya, me decía mi amigo. Pero, ¿llamarla cómo? ¿qué le digo? ¿qué gesto le hago? Entiendo perfectamente la situación: yo cliente, ella ofrece servicios, yo se los solicito y cuadramos… pero estando allí me parecía casi irrespetuoso abordarlas sin más, en seco. Entonces mi amigo llamó a otra, cualquiera: contacto visual, además con la mano y listo, ya estaba ella tomándose un trago con nosotros. Increíble, otra de las cosas para las cuales las mujeres no hemos sido socializadas.

Las mismas preguntas con ella, respuestas un poco distintas: que sí hacía tríos, que por los dos costaban $200.000 los 20 minutos, más el valor de la habitación. –Vamos a pensarlo y ahora te buscamos. Se fue.

- Charlemos con otras, a ver qué pasa…

Me armé de valor, no el suficiente para sólo alzar la mano y llamarla como quien pide una gaseosa, pero me levanté, caminé los tres metros, me paré frente a una mujer que me había parecido especialmente linda porque era poco vistosa, y con la sangre acumulada en el rostro le pregunté ¿nos acompañas? Ella volvió a mirar nuestra mesa, vio a mi amigo y se vino conmigo. Otra vez las preguntas…

- ¿Y ustedes son esposos?
- Somos novios -mentimos-

Era muy agradable, se quedó conversando mucho más rato que sus compañeras.

- Está floja la noche
- Si, ha de ser porque ya todo el mundo se está yendo de Semana Santa…

Era como la 1:30 a.m.

- Habrá que salir de aquí para otro lado
- ¿Y tú haces tríos?
- (risa burlona) ¿para hacerlo con ustedes? No, qué pena…

Insistimos y nos evadió.

- Pero ¿podrías hacerlo con mi novio mientras yo te miro?
- No… siempre dicen eso y luego terminan metiéndose dos por el precio de uno…

(Ah, entonces sí hacía tríos…)

- Te aseguro que no pasará, sólo quiero verlos.

Y si, sólo quería verlos, porque así es el deseo: a veces quieres una cosa y a veces otra…

Dijo que ya volvía y desapareció entre la gente. Ya casi se nos terminaba el ron e iba siendo hora de salir. Al rato volvió, su noche allí también se estaba acabando y pensé que accedía porque no había encontrado otros clientes cuando se levantó de nuestra mesa. Lo dejamos en $80.000 -con todo menos besos y por detrás- nos advirtió. Subimos, piso 3. En la recepción pagamos sus honorarios, más dos habitaciones (porque iban a entrar dos mujeres, ella y yo, qué injusto…). El cuarto estaba mejor de lo que pensé, muy blanco, muy limpio, sin ningún olor en particular. Me senté en una silla que estaba en la esquina y ellos comenzaron lo suyo. Lo único que se traicionó del pacto fue la prohibición de besar en la boca, porque mi amigo lo hizo durante los 20 minutos, sin encontrar ninguna resistencia. Qué buen plan, me encanta mirar. Me cambié al piso, al lado de la cama, para ver mejor. Ella sobre él, él sobre ella, rodillas en los hombros, ella boca abajo… nada raro, pero en vivo y en directo. Yo cumplí mi parte: no intervenir. Mi presencia sólo se hizo evidente cuando golpearon en la puerta para avisar que se cumplía el tiempo. -Vente ya, hay que salir- le dije. Así fue. Les alcancé su ropa, se vistieron y salimos.

- Si fuera a domicilio sería más barato, para los dos… Dijo ella alejándose. Bien, ya tenemos su teléfono.

Sofía

sofia.acalantide@gmail.com

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…OTROS MUNDOS SON POSIBLES…

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