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Polvos y trabas

Por: sofia.acalantide

Varias veces me han sugerido escribir algo sobre la relación sexo – drogas. ¿Se incrementa el placer sexual cuando lo acompañamos de algún alucinógeno? ¿qué efectos secundarios puede producir la combinación? ¿potencia nuestra capacidad erótica o la disminuye?

 

Es cierto que quienes de vez en cuando nos metemos un pase, nos fumamos un porro, nos comemos una pastilla, o ingerimos de alguna otra manera alguna droga, hemos sentido que el sexo en tales condiciones se transforma. No siempre para bien. Eso depende mucho de los efectos que tales sustancias produzcan en nuestros cuerpos -que no reaccionan todos igual-, de manera que si alguien siente siempre una inmensa pesadez y mucho sueño con un poco de marihuana, probablemente no sea distinto aunque tenga enfrente al protagonista de sus más intensos sueños húmedos. Ahora bien, la experiencia confirma que puede ser un juego doblemente estimulante probar la coca de una verga erecta o de un ombligo; que ciertas pastillas brindan una resistencia física que puede ser estimulante; que con marihuana todo huele más, sabe más, se siente mejor…

 

El tema no me había parecido antes especialmente prometedor, porque no me permitía decir nada más que “si, a veces el sexo con drogas es muy bueno, y a veces no”.

 

Sin embargo, la coyuntura colombiana actual me sugiere una discusión mucho más interesante. Como sabrán, de nuevo las “fuerzas del bien” intentan una cruzada purificadora: el presidente colombiano llama a los congresistas de su bancada a defender un proyecto de ley que prohíba la dosis personal en el país.

 

¿Por qué prohibir la dosis personal? Porque en Colombia hay un desequilibrio: se lucha contra los cultivos ilícitos pero se es permisivo contra el consumo -dice el presidente-.

 

Bien, si el asunto es ser coherentes, de hallar el equilibrio, la otra alternativa se abre como plenamente legítima. El presidente dice: prohibamos ambas (producción y consumo), pero bien podría ser: legalicemos las dos. La cuestión es similar a aquella que existe en torno al tema de la prostitución: ¿reglamentamos o prohibimos? Prohibir implica atacar a quienes trabajan en ello, perseguirles, exterminarles (un costo social impagable). Reglamentar, por otro lado, implica atender a la situación, abrir los ojos en vez de cerrarlos, hacer un diagnóstico, evitar los abusos, exigir el respeto a los derechos laborales de las personas implicadas, etc. En nombre de la salud pública no se puede prohibir, se debe reglamentar.

 

El asunto es económico (el negocio de la guerra se alimenta en abundancia de la penalización de la droga) y es político (si USA dice no, es no). Pero caben otras lecturas también.

 

Pasa con el discurso sobre las drogas como pasa con la sexualidad: son estrategias de control social. Hablé de ello, referido a la sexualidad, AQUÍ.

Así como los discursos sobre la sexualidad pretenden regular nuestro deseo erótico, normalizarlo, decir qué es correcto y qué no, qué podemos hacer, con quién, cómo y cuándo, para no ser catalogad@s como enferm@s, como ninfómanas, con disfunción eréctil, disfóric@s de género, o cualquiera de sus categorías cerradas y “científicamente comprobadas”, así mismo funciona el discurso sobre las drogas. Cuando tant@s profesionales de la medicina llaman “adicción” a ciertas cantidades de consumo -sin más- añadiendo que ser adicto arruina la vida; cuando los medios de comunicación repiten aquello sobre “la mata que mata”; cuando la presión social mantiene en el closet a la mayoría de consumidores y consumidoras, el control funciona. Intentan controlarnos. Intentan limitar nuestra libertad. Se meten en nuestras vidas, en nuestra cama, en nuestro salón, en nuestra cabeza. No se trata de una figura única, de un ente controlador, del “malo” frente a nosotr@s, l@s demás, pobres ovejas indefensas. No. Se trata, más bien, de un orden de cosas, un sistema que mantenemos vivo (por acción y por omisión).

 

Bien, tampoco vamos a descargar responsabilidades: es claro que en el país se le puede poner cara a ese deseo controlador. Pero como ya sabemos que el poder no es algo que se tenga, sino algo que se ejerce, y que desde lugares no hegemónicos también podemos ejercer poder, entonces vamos a resistir. No podemos permitir que un gobierno se atribuya el derecho a decirnos qué metemos en nuestro cuerpo (¡eso vale para el sexo y para las drogas!), porque eso no le corresponde, y el derecho a la auto-determinación no se negocia. Necesitamos más caras, más manos, más personas que no quieran escuchar cómo deben vivir, sino decidirlo por sí mismas.

 

Por eso multiplico la invitación que se hace desde el grupo “Porte su dosis de personalidad“:
 
“El 26 de marzo, a las 6 pm, porte su dosis de personalidad a la Plaza de Bolívar. Una dosis de lo que sea que usted consume al disfrutar su vida: juegos, música, libros, arte, prensa, drogas, lo que usted quiera. Es su derecho elegir.

Apoye el derecho de cada quien a elegir si consume drogas sin convertirse en un criminal. Tomémonos una foto alzando nuestras dosis y mostremos que defendemos la legalidad de la dosis personal”.

 

Aún me separan miles de kilómetros de mi querida Bogotá (aunque ya falta poco para regresar), pero desde aquí, estaré levantando mis libros, mis cervezas, mis canciones y mis porros, para decir con enfadado acento, en esta coyuntura particular, “Sí al sexo y a las drogas”.

 

Sofía

sofia.acalantide@gmail.com

Grupo en Facebook:
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(El perfil de Sofía fue eliminado en días anteriores… vayan ustedes a saber por qué)

…OTROS MUNDOS SON POSIBLES…

 

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