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Derecho a la privacidad

Por: sofia.acalantide

Mucha gente piensa que por todas las cosas que les cuento en este blog y en otros espacios reniego de mi privacidad y me dedico a hacer de mi vida, exactamente de mi vida sexual, un asunto público. La cosa no es tan así.

 

Efectivamente a lo largo de los tres años que ya suma este blog (estuvimos de aniversario en marzo, por cierto) les he contado muchos episodios concretos de mi dimensión erótica. Les he hablado de varios amores y de varios polvos, con chicos y con chicas, de la vez que mi pareja no conseguía una erección, de mi inexperiencia en los primeros y los últimos encuentros con mujeres, de la ocasión en que contratamos los servicios de una trabajadora sexual, del novio al que le gustaban los hombres, de mi experiencia swinger, del tipo que descubrí que no me gustaba estando ya desnudos en la cama, de cómo me gusta olerme el cuerpo, en fin (todo eso, para quien se lo haya perdido, sigue publicado en el historial).

 

Les he contado dichas cosas porque creo que a estos temas los ha rodeado un velo de silencio que nos hace daño. Como he mencionado en otras ocasiones, no es que de sexo no se hable. De hecho, cada vez se habla más, sólo que se habla desde posiciones “expertas” (médicas o sicológicas), morales, o con vocación claramente económica (la avalancha de pornografía, tiendas de juguetes, servicios sexuales, etc.). En cambio, los temores, sensaciones y curiosidades comunes y corrientes se siguen silenciando.

 

La abundancia de noticias, artículos, imágenes y comercios sexuales parece demandar de tod@s una experticia en las “artes amatorias” sin que en realidad enseñe lo que se necesita para llegar a alcanzarla. Dudo mucho que algo así pueda enseñarse o que alguien pueda algún día saberlo todo y convertirse en ese sobreestimado e ideal “amante perfect@”. Así que vivimos en un mundo saturado de información sexual, pero de una información artificial, fantasiosa, que poco o nada se parece a nuestras vidas reales.

 

Por eso, y porque creo que “lo personal es político”, les he contado lo que ya saben. Ahora bien, deducir de ahí que no tengo vida privada es subestimarme. Claro que la tengo. Claro que existen muchas cosas que me guardo, cosas que sólo yo y las personas con quienes decido compartir mi intimidad, conocemos. Cosas que me reservo por el placer que significa tener ese tipo de secretos.

 

A donde quiero llegar recordando esto, es a la noción de privacidad. ¿Qué consideramos nuestra “vida privada”? ¿cuál es el criterio que usamos para decidir lo que hacemos público y los que nos reservamos? ¿por qué en nuestro medio todo lo “privado” tiene que ver con la sexualidad? ¿cuáles son las implicaciones de convertir nuestra sexualidad en un “espacio privado”?

 

Lo que sucede es que he desplazado intencionalmente -y no sin esfuerzo- mi noción de “privacidad”. Lo he hecho porque pienso que detrás de esa “privacidad” social y tácitamente concertada lo que se esconde es un montón de miedos y frustraciones. Que sólo deberíamos hacer privado aquello que funciona bien, que causa bienestar. Que si existen terrenos conflictivos es más saludable exponerlos, sacarlos, hablar de ellos, hacerlos políticos.

 

Hace algunas semanas participé del “I Encuentro de mujeres lesbianas y bisexuales de Andalucía, Ceuta y Melilla” y uno de los temas centrales que discutimos fue precisamente el asunto de la visibilidad. En dicha ocasión el debate se concentró, por obvias razones, en la visibilidad de la opción sexual, respecto a la cual existen dos posiciones: quienes piensan que es necesario hacernos visibles y quienes defienden su derecho a la privacidad (adivinen de qué lado me ubico).

 

Esta discusión puede extenderse a otros ámbitos, distintos a la opción sexual, y resulta pertinente en todos los aspectos que abarca nuestra dimensión erótica. También muchas parejas swingers defienden su derecho a la privacidad, y much@s sadomasoquistas, y much@s voyeurs, y much@s exhibicionistas y un largo etcétera de gente, que no quiere que el mundo se entere de las cosas que hace en la cama. ¿Saben quiénes son las únicas personas que no defienden su “derecho a la privacidad”? Las heterosexuales, unidas en parejas estables, monógamas y con una vida erótica normalizada (ya saben, nada de “cosas raras”).

 

Entendámonos: no quiero decir que quienes viven una sexualidad simple anden hablando de ello por todas partes. No. De hecho, no hablar de ello hace parte constitutiva de una “sexualidad simple”. Lo que digo es que no defienden su derecho a que nadie se entere de lo que hacen. No esconden su heterosexualidad, ni esconden su pareja, ni esconden que tienen sexo con ella (¿de dónde si no saldrían sus hijit@s?).

 

Son l@s “demás” l@s únic@s que reclaman ese pretendido “derecho” a la privacidad. Las lesbianas, l@s voyeurs, l@s que practican spanking, l@s que hacen tríos, todo ese amplio abanico de “otr@s“. Curioso. ¿Se trata en verdad de un derecho? ¿No estarán, más bien, nombrando con un eufemismo una realidad de la que no pueden escapar? ¿ser invisible resulta para l@s “otr@s” un derecho o un deber? ¿elegimos la privacidad o la soportamos como una imposición por el hecho de ser “distint@s“?

 

Tengo una vida privada, pero mi bisexualidad, mi gusto por las experiencias grupales, mi fetichismo y todo lo que “no es correcto decir” no hace parte de ella, porque me resisto a dejar que el imaginario social (y el espacio social) sea acaparado por las personas “normales”. Yo también existo y reclamo mi lugar en el mundo, un lugar que no voy a tener plenamente desde el silencio… y si no comienzo por decirlo yo misma, ¿quién puedo esperar que lo diga?

Sofía

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(El perfil de Sofía fue eliminado en días anteriores… vayan ustedes a saber por qué)

…OTROS MUNDOS SON POSIBLES…

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