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¿Qué busca quien visita un bar swinger?

Por: sofia.acalantide

Hace tiempo no comentamos nada sobre swingers en este espacio y me siento motivada para hacerlo hoy, porque quisiera compartir una sensación incómoda, “un no se qué, en no sé dónde” que siento hace algún tiempo, pero que sólo ahora comienza a tener el mínimo de claridad necesaria para dejarse decir.

 

Tengo que comentar los antecedentes si albergo la esperanza de que alguien comprenda mi sensación: durante algún periodo de mi matrimonio fuimos él y yo una pareja swinger bastante “activa”. Frecuentábamos los bares SW, contactábamos gente por internet, organizábamos reuniones en nuestra casa y asistíamos a fiestas en casas de otras parejas. Conservo de aquellos años muchas experiencias que guardo como tesoros en mi memoria y en mi piel.

 

Como canta Hector Lavoe: “todo tiene su final” (o si les gusta más como suena en Tango Feroz “todo concluye al fin, nada puede escapar”), así que mi matrimonio terminó, y aunque les cueste trabajo creerlo a quienes desconfían de la apertura sexual, la ruptura no tuvo que ver con nuestra amplia experiencia swinger.

 

Lo que no terminó para mí fue la cercanía con los espacios SW. Entendámonos: actualmente yo no me autoidentifico como swinger, en primer lugar, porque creo que no existen “personas swingers”, sino “parejas swingers”. Una persona sola será “de mente abierta”, que gusta de “espacios liberales”, o cualquier otro calificativo que convenga, pero no “swinger” porque ésta es una categoría que aplica a parejas, es más, a parejas estables. Entonces, como ahora estoy sola, no soy swinger, necesitaría tener una “pareja estable” para serlo. Por otra parte, no me interesa en este momento de mi vida tener una pareja estable (lo he comentado en otras anotaciones como AQUÍ: no me interesa porque creo que la idea de “pareja” está demasiado contaminada como para poder ser rescatada, así que -al menos de momento- prefiero vivir mis vínculos en forma de amistad y/o de red). Y aunque me interesara tener una “pareja estable” no optaría ahora por la opción swinger, porque está pensada para compartir sexo sin que interfieran los sentimientos, y eso al final no es exactamente lo que quiero… de ahí mi tránsito del swinging a los caminos poliamorososAQUÍ (como esto es una contextualización, he puesto varios enlaces en el párrafo, que remiten a entradas donde me explico un poco mejor).

 

Bien. Entonces, repito, no soy swinger. Sin embargo, suelo frecuentar espacios swingers porque me gustan, me siento cómoda en ellos. ¿Por qué me gustan? Podría parecer obvio, pero no lo es y he visto que realmente a mí me gusta la fiesta SW por razones distintas a las que suelen tener mis acompañantes y muchas parejas que la frecuentan. De esa disparidad de intereses-deseos-intenciones surge la sensación de incomodidad que anunciaba al inicio.

 

A mí me gustan los espacios swingers porque proponen un tipo de fiesta mucho más relajado que los bares “normales”. Con relajado me refiero a que puedo coquetear descaradamente, besarme y acariciarme con mi acompañante de maneras “indiscretas” y hasta terminar tirando en cualquier silla si se nos antoja. Me gustan estas fiestas porque son un espacio ideal para exhibirme y para deleitar mi aguda mirada de voyeur. Me gustan porque la gente que las frecuenta en general es respetuosa y no “me gano” personas intensas insistiendo toda la noche: si dices no, es no (bien distinto a lo que sucede en otros bares, donde hay que decir “no” mil veces para que el personaje entienda). Me gustan porque de entrada sé que la gente que voy a encontrar allí tiene algunas inquietudes sobre la sexualidad y el modelo tradicional de pareja (aunque a veces menos de las que yo quisiera), así que puedo entablar tranquilamente conversaciones sobre estos temas sin que nadie se sonroje, cosa que, como podrán adivinar, me encanta.

 

Entonces yo voy a una fiesta swinger a: 1. Tomarme unos tragos, conversar, bailar (aprovechar las zonas húmedas si es el caso) en un ambiente erótico. 2. Compartir una noche de juegos sexuales (que pasan o no por el coito, depende de los ánimos) con mi acompañante, una persona que me atrae. 3. Compartir juegos sexuales con otras personas asistentes. Pero pasa, que el orden de importancia que le doy a estas tres cosas es justamente el que he escrito, de manera que compartir con otr@s me parece divertido, pero ya no es lo más importante.

 

Sin embargo, he tenido ocasión de comprobar que para algunas de las personas que me acompañan, en cambio, la prioridad es relacionarse con otra gente. Relacionarse en el sentido de “juegos sexuales masturbatorios y penetrativos”. Creo que la focalización en ese interés tiene mucho que ver con la “filosofía” swinger: no se trata de “hacer amigos”, sino de intercambio sexual. Entonces todo lo demás (bailar, charlar, compartir juegos con la persona que les acompaña, etc.) se torna más bien un preámbulo para eso otro que es lo que realmente se ha ido a buscar, y más que un preámbulo, pareciera que fueran pasos que hay que dar para llegar al objetivo final: acostarse con otra gente.

 

Por el camino, entonces, lo que a mí más me gusta se hace rápido, de afán y sin mucha “pasión”, porque lo importante es otra cosa, es lo que viene después, y la atención está siempre fijada allí. Entonces: aislarse un rato en la zona de fumadores es una “pérdida de tiempo” si allí no hay gente; salir a bailar y hacer payasadas en la pista tampoco es buena idea, porque mientras tanto las otras parejas están avanzando y nos quedamos por fuera de sus juegos; besar, acariciar, penetrar a la persona que te acompaña es algo que se hace con la intención de atraer personas al juego (no sólo atraer su mirada, como l@s exhibicionistas pur@s) sino atraer sus cuerpos a la acción, porque si eso no sucede la fiesta no está completa. Así que esos besos, caricias y penetraciones con su pareja no son el objeto real de su deseo ni les producen el placer total que buscan, y por lo mismo, no se entregan tanto en ellos. Son un medio y no un fin en sí mismos.

 

Por esas cosas, que son muy sutiles (no es que se digan abiertamente, pero es algo que puedo percibir) yo misma me siento un medio y no un fin. Mientras yo voy a la fiesta swinger con una persona que me gusta, para pasarla bien con ella en un ambiente que me resulta excitante, esta persona se sirve de mi compañía (por aquello de “sólo entran parejas”) para tener pase de entrada a lo que realmente desea, que no es precisamente pasar un rato conmigo.

 

Ahora bien, yo entiendo que otro factor a considerar es que “ya no me cocino en dos aguas” -como diría la abuela-, sino que conozco el ambiente swinger relativamente bien, que he participado de muchos y variados encuentros,  así que la curiosidad inicial ha desaparecido un poco. Ya no voy a las fiestas swingers a la expectativa de qué puede pasar, como en los primeros años, porque ya sé qué tipo de cosas pasan allí. Ahora no quiero probarlas todas, porque ya probé muchas y tengo relativamente claro lo que busco. Por el contrario, algunos de los amigos que invito a acompañarme tienen todavía mucha curiosidad y como no es un plan habitual, intentan jugarse todas las cartas en la misma noche y apuestan a que suceda de todo. Yo no tengo ese afán.

 

Entonces, los deseos de quienes me acompañan y los míos, muchas veces, no coinciden. Eso no quiere decir que sus deseos sean más legítimos que los míos ni viceversa. Quiere decir, sencillamente, que son distintos, y que en esa disparidad ambas partes, ell@s y yo, terminamos con algo de frustración.

 

¿Algun@ de ustedes ha experimentado algo parecido, o soy yo?

 

Sofía (Nancy Prada Prada)
npradapr@gmail.com
@nansinverguenza

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