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Cada sitio tiene un ambiente y una disposición que lo hacen único, así como la fisonomía de una cara, los lugares poseen sus propios rasgos y gestos. En Montevideo es particular el silencio, la calma que se respira en sus calles, la tranquilidad de los habitantes que caminan sin apurarse, un viento marino que te golpea el rostro sin descanso y un pasado esplendoroso que ha dejado de ser, pero que se recuerda en los clásicos edificios ajados.

 

Leo en un periódico que los gobiernos de Argentina y Uruguay estuvieron reunidos hablando sobre el tema de Botnia, pero que no llegaron a ninguna conclusión. En la Argentina sostienen que Uruguay pretende causar un atentado ecológico de grandes dimensiones, porque insiste en construir en compañía del gobierno Finlandés, unas papeleras gigantes que arrojarán sus residuos al Río de la Plata, causando la muerte de muchas especies animales. Hace más de un mes, cuando Tatiana y yo estuvimos en Colón, el tema estaba candente.

 

– ¡Che, son unos boludos! no se dan cuenta del daño que van a cometer contra la naturaleza. Hoy el puente está abierto pero lo han cerrado varias veces. Argentina incluso ha pensado en suspender el servicio de buquebus. Voz sabés que Uruguay vive del turismo que les mandamos desde acá – nos dijo el guía en aquel momento, mientras navegábamos en el río Uruguay por debajo del puente que conecta a Colón con Paysandú. Días después, leí un artículo en la prensa argentina, donde se exaltaba la hermandad entre ambas naciones y se indicaban las similitudes culturales, literarias y futbolísticas, en contraposición a la carencia total de nexos con Finlandia. “Uruguay no le debe nada a Finlandia” terminaba diciendo el escrito.

 

El hostal es un sitio agradable, salvo por el hacinamiento al que están expuestos sus inquilinos. En los pequeños cuartos hay hasta 8 camarotes apretujados uno después de otro. De mañana, cuando el sol entra por las ventanas y uno abre los ojos, he llegado a pensar que estoy durmiendo en la cama con la persona de al lado, que por fortuna, hasta ahora, ha sido una chilena cuyo novio duerme en el catre arriba de ella.

 

Desayunando conozco a dos jóvenes enfermeras de Porto Alegre llamadas Juliana y Flavia, quienes me recomiendan ir a pasar el carnaval a una ciudad costera llamada Torres. Tomo un taxi que me lleva a la oficina de un agente literario, con el que hablé para dejarle algunas copias de Unos duermen, otros no. El taxista es un hombre de unos cuarenta, vestido con una camisa bien planchada. Al notar mi acento extranjero me pregunta de dónde soy y qué hago en Montevideo. Le cuento.

 

– ¡Mirá vos! Yo me he leído toda la obra de García Márquez, aunque para serte franco, Memorias de mis putas tristes me pareció que no decía nada.

 

Por la tarde cambio unos dólares por pesos en el centro, compro un cuaderno, un relajante muscular en una farmacia y almuerzo en una pizzería. A donde voy, las personas me reciben con agrado como si me conocieran de tiempo atrás y se muestran siempre dispuestas a ayudarme. Cargan consigo un aroma de antaño, una aristocracia silenciosa, cierto dejo de grandeza que se fue, pero con la elegancia de un hombre honorable entrado en ruina.

 

– ¿Qué pasó con el esplendor del fútbol uruguayo? – le pregunto a un hombre canoso que me atiende en el restaurante.

 

– Eran otras épocas, ahora todo ha cambiado – responde.

 

Mientras almuerzo, veo por la ventana a un joven llorando en la calle mientras su novia lo consuela. Lo sostiene entre sus brazos acariciando su espalda hasta la base de su nuca. Le hablaba al oído. Permanecen así durante largos minutos, hasta que el hombre parece calmarse y se dan un beso. Ella le limpia los ojos con cariño y luego lo lleva a su regazo. El joven vuelve a llorar y toda la escena se repite una vez más de nuevo. Pienso en Tatiana y mis propios ojos se aguan. Recuerdo nuestra despedida y me conmuevo al pensar en la manera en que nos pudo haber visto alguien.

 

Luego del almuerzo camino hasta la plaza Matriz y me siento en una banca a ver la gente pasar. Al cabo de un tiempo se me acerca un mendigo que debe estar llegando a los treinta. Tiene unos rasgos bien delineados, unas ojeras que sobresalen dentro de unos gestos acentuados. Carga cierta vergüenza que se percibe en su mirada.

 

– Disculpá Che, ¿tendrías algún peso que me pudieras regalar? Excusáme por molestar – dice luego alejándose.

 

Al cabo de un tiempo llega un niño de unos catorce, vestido con una pijama corta de color rojo y azul, botas de plástico a mitad de unas delgadas pantorrillas desnudas y un descolorido avión de juguete en su mano. Tiene unos pómulos salidos, una piel blanca colorada por el sol y unos ojos verdes que abre por completo: – Tendrías una moneda para mi. Quiero comprarme unas fritas – dice señalando un Mc Donalds ubicado en una esquina de la plaza. Voy hasta allá y se las compro. – Gracias – dice metiendo varias de ellas en su boca. Lo veo ir a comerlas al lado de la fuente de mármol blanco.

 

Camino al hostal pensando que venir a Uruguay es devolverse algunas décadas en la historia del mundo. Me parece vivir el ambiente de mis papás cuando ellos eran chicos. Pienso en que debió ser parecido al aire que respiraron ellos en unas calles que aún no habían sido tocadas por una descomposición social marcada.

 

– En Uruguay el que no tiene un trabajo es porque no quiere – me dice Dahia de vuelta en el hostal. – Aunque no es como antes. Ahora encontrás grandes catedráticos y profesionales manejando ómnibus.

 

Abro Internet y leo un mensaje de papá en el que dice que a veces le entran unas oleadas de tristeza que lo tienen devastado. Le respondo. Trabajo un poco en el computador escribiendo un cuento llamado El padre de Debora Tayler, hasta que una de las escenas me hace llorar y paro a pensar en lo sensible que me encuentro al lagrimear por un acontecimiento de un cuento de ficción que yo mismo estoy inventando. Chateo un rato con Tatiana. Le cuento que ando deprimido. Me dice que en el fondo mi papá es quien más me apoya en mi empeño, aunque admite que tiene que ser horrible, que el amor de los padres no tiene comparación, que ella no podría ser capaz de dejar a los suyos porque ama su contacto. Le digo que ando hecho un llorón, dice que está bien, que llorar se siente bien, que todo es un proceso. Que yo por lo menos tengo un motivo para sacrificar lo que más quiero, pero que ella no pidió alejarse de mi. Le digo que me siento culpable. Me dice que no me sienta así, que lo que me quiso decir es que no tiene un motivo para alejarse de mi y que ella siempre supo que yo me iba a ir, desde antes de que me diera un beso. Le digo que me duele mucho el hecho de que lenta y paulatinamente se irá alejando de mi. “¿Por qué lo dices? ¿Quieres que me aleje?” escribe. Le digo que ella lo dijo y que me lo repite todos los días sin darse cuenta. Responde que no dijo eso. Le escribo que todo esto es muy difícil, que me ha costado mucho. Me pide que me tranquilice un poco, que si lo quiero, puedo ver las cosas de una manera distinta: “Puedes gozártela, puedes disfrutarlo” me escribe. Le digo que eso quiero pero que no estoy pudiendo, le recuerdo que un día se lo dije: – Cargo la angustia del artista -. Me pregunta qué he pensado, que si quiero regresar, le digo que no. Dice: “por eso, lo tienes todo muy claro”, insiste que estoy haciendo lo que siempre he querido. Respondo que si, pero que lo estoy haciendo con dolor. Me dice que estoy buscando mi futuro. Le digo que lo sé y que la quiero mucho. Responde que ella también, pero que le duele que yo piense ciertas cosas, dice que en el fondo tengo muy claro que nos alejaremos. – No sé qué responder – escribo. “Mejor no lo hagas” responde. Le digo que estos temas no se deben tratar en un Chat. “No te preocupes, yo sé que es así” responde. – Me duele mucho esto – le digo. “A mi igual, pero no creo que sea yo quien se aleje… pero tu sabes que lo harás” responde. Le digo que me atormenta saber que nuestros lugares no concuerdan, que ella tiene su vida en Colombia y yo no. “Si pero tampoco quieres pensar en una posibilidad de estar juntos” dice. – ¿Dónde? ¿Dímelo? – le pregunto. “No sé” responde. Le digo que no quiero sacarla de Colombia, que allá tiene un futuro importante. “Ok” responde. Le digo que no quisiera cargar con la responsabilidad de sacarla de su sitio. Ella dice que hay muchas parejas que se aman y han buscado la posibilidad de estar juntos: “Sólo mira algunos de tus amigos. Cuando uno quiere lo hace y ya, sin pensarlo”. Le digo que no es así de fácil, que ella es la primera en decir que no quiere abandonar a sus papás. Cuestiono si sabe lo que es eso, le recuerdo que mi meta final es Praga y que esa ciudad queda muy lejos. Me dice que no me mortifique más, que ella sabe todo eso. Insiste en que me quede tranquilo. – Gracias por tu comprensión – respondo. “Ok” escribe. – Adiós – le digo. // “¿Me puedes decir qué significa todo esto?”. // – ¿Qué? -. // “Tu “Adiós”. // – Me estoy despidiendo -. // “Nunca me habías dicho Adiós ¿Qué es lo que me agradeces? ¿Qué quieres? ¿Qué es lo que realmente lamentas?”. // – Quiero terminar este Chat, no me gusta discutir estos temas por aquí, sólo el tiempo lo dirá -. // “Chao” escribe. Voy a escribirle que tengo un nudo en la garganta, pero en la pantalla aparece la siguiente frase: “Tatiana se ha desconectado”.

 

Esta historia queda en continuará…, porque el mundo es mejor verlo con los propios ojos que por el Discovery Channel. (Las publicaciones se harán los martes y jueves aunque su periodicidad no puede garantizarse dada la naturaleza del viaje). Para ver más fotos del viaje diríjase a las páginas www.eduardobecharanavratilova.blogspot.com y www.brasilendosruedas.blogspot.com Agradecemos a los siguientes colaboradores: Embajada brasilera en Colombia, Ibraco (Instituto cultural de Brasil en Colombia), Casa editorial El Tiempo, eltiempo.com, Avianca, Gimnasio Sports Gym y la revista Go “Guía del ocio”.

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PERFIL
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Mi nombre es Eduardo Bechara Navratilova. Escribo como acto liberador que me ayuda a escapar del mundo, así termine volviendo a él. Me sirve para entender mis propios actos, aunque admito que acabo con más preguntas que respuestas. Tengo defectos despreciables, que dejaré al lector descubrir por si mismo. Detesto los trancones, las modelos y hacer fila en los bancos. Me gusta el fútbol y la rumba, me gusta la gente que persiste. Tengo los títulos de derecho (1999) y literatura (2005) en la Universidad de los Andes. La novia del torero, Editorial La Serpiente Emplumada (2002) y Unos duermen, otros no, Editorial Escarabajo (2006), son mis dos novelas publicadas. No tengo un peso en el banco, pero me he recorrido medio mundo en viajes. El ser humano y su comportamiento son mi tema de fondo.

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8 Comentarios
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  1. alarconandres

    Pues a mi me gustó el relato, y no estoy de acuerdo con oscaralfredo. Si de describir el lugar simplemente se tratara, pues bienvenido el Discovery Channel, pero aquí entiendo que se trata de describirlo no como una máquina sino como un ser humano con diferentes sensaciones y sentimientos, que en el caso del blogger sn enmarcados en la nueva tecnología. Me llevo la idea de que Montevideo es un poco similar a algunas zonas de BsAs. En lo que sí estoy de acuerdo es en la extensión de los párrafos.

  2. oscaralfredo26

    Finalmente, el slogan final de su texto -porque el mundo es mejor verlo con los propios ojos que por el Discovery Channel- pues, me resulta el colmo de la redundancia. Obvio que TODOS quisieramos ver el mundo con nuestros propios ojos. La idea de leer una crónica es que el autor plasme en sus líneas un retrato fidedigno del lugar que visita, y me disculpa, pero viajar tan lejos y gastar tanta plata en ello, para hablar de su relación con su novia… no sé men, pero creo que necesita hacer serios ajustes a su modo de escribir.

  3. oscaralfredo26

    Su forma de escribir es BASTANTE diferente a la de cualquier mortal. Primero, no sabría en qué categoría encuadrarlo: ¿Novela? ¿Crónica? Tal y como dijo alguien antes, parece que en la medida en que usted piensa, escribe, sin depurar nada de lo que escribe… es una verborrea que no tiene un límite claro. Lo Tercero es algo relacionado con la extensión de sus párrafos, que a veces parecen no terminar.

  4. Su forma de escribir es distinta a lo que estoy acostumbrado a leer, me da la impresión que plasma sus pensamientos en la medida que van fluyendo. Igualmente me sorprende su capacidad de reconocer sus sentimientos. No conozco Montevideo, pero le envie su artículo a alguien de alla y me comentó que la suya es una de las mejores descripciones que ha leido de esa ciudad y su gente. siga adelante que yo seguiré leyendolo.

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