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(Esta travesía no podría hacerse sin el patrocinio de Gótica Eventos y Hanna Estetics, Bogotá)

 

Favor hacer las donaciones para los niños con cáncer en la cuenta de ahorro exclusiva para Brasil en dos ruedas, número 0483124605-2 de Bancolombia a nombre de OPNICER (Organización de padres de niños con cáncer, Nit: 830091601-7). Con estas donaciones usted está ayudando a un niño enfermo de cáncer a tener una posibilidad de vivir.

 

 

El sonido impertinente del despertador se dispara. Abro los ojos y miro con vista nublada unos números que marcan las 11:15 a.m. En la ducha paso imágenes de la noche de campeones, recordando que al regreso, ya de día, unos hombres borrachos amedrentaron al conductor y al ayudante del bus. Los pasajeros callaron. Tania me susurro: – No mires.

 

Alisto la mochila con afán y corro a la Terminal de buses. Me alcanzo a montar en uno que va para Gramado y Canela. Al poco tiempo sale de la ciudad y remonta unas coloridas montañas que la carretera bordea con esfuerzo. La sierra de Rio Grande do Sul es fértil y tiene una vegetación espesa de selva sub-tropical.

 

Hacia las 3:00 p.m. el bus se aproxima a Gramado, una pequeña ciudad con arquitectura alpina. Vistosas casas de techo triangular se enfilan al lado de la carretera, semejantes a las de un pueblo suizo o alemán. Un gran hotel de color amarillo sobresale. Da contra un abismo desde el que se ve la cadena montañosa remontar el horizonte. El bus para en una pequeña Terminal pintoresca de madera, deja unos pasajeros y sigue su camino hacia Canela a donde llega 20 minutos después. Me bajo y camino hacia un hostal cercano en el que dejo mi mochila en un cuarto. Salgo a recorrer la pequeña ciudad que gira en torno a una calle principal. Una iglesia con arquitectura gótica se apodera de la visual. Camino hacia ella tomando algunas fotos. Tiene una gran puerta en arco, sobre la que se ven imágenes de un santo. Un gran reloj de números romanos marca la hora debajo de un campanario central incorporado a una torre que termina en punta, como un cohete.

 

Visito su interior y a la salida una joven me aborda con la excusa de que me invita a degustar una copa de vino y unos quesos y salamis de la zona que se ofrecen en una tienda contigua. Los pruebo y me hace cara de que le compre uno. Lo hago. Camino de vuelta por la calle hasta una plaza en la que hay un Irish Pub. Sigo derecho hasta La casa de piedra, una construcción clásica que sirve de centro cultural, en la que ruedan películas los jueves y sábados. En la plaza de banderas ondea con fuerza la del Brasil. Hay una construcción atravesada por un viejo vagón de madera enganchado a una pequeña locomotora de vapor. Camino por algunas otras cuadras viendo la arquitectura centro europea y vuelvo al hostal. Hans, un hombre rubio que atiende la recepción, me cuenta que no lejos de ahí, hay otro poblado llamado Petrópolis en el que sólo se habla alemán.

 

– Lo mismo ocurre en Blumenau, en el estado de Santa Catarina. Allá se celebra el Octoberfest como en Alemania – dice.

 

Sobre la pared de la recepción veo un anuncio de Rafting. Hace un par de llamadas y me indica que en la mañana pasan por mí. Me voy a dormir viendo un poco de televisión brasilera. Al día siguiente me recogen y luego de 45 minutos en los que la camioneta recorre una carretera empinada que bordea unos riscos, llegamos al río Paranhana. No sé qué hago ahí. No debería hacerlo. En un arrebatado impulso lo decidí. Tal vez es esa necesidad por el movimiento que se rehúsa a morir en mí. Cuatro enfermeras de Belo horizonte me acompañan, pero sólo una se monta en la balsa. Las otras dos no saben nadar. El instructor, un brasilero de unos 25 años, nos dice que para salir del punto de partida debemos remar con fuerza para vencer unos rápidos. Lo intentamos sin lograrlo.

 

– ¡Duro! ¡Duro! ¡Más fuerte!

 

Arqueo mi cuerpo sintiendo mi hernia y remo. No lo logramos. Lo intentamos una tercera y una cuarta vez, pero no es sino hasta la quinta que logramos sobrepasar el obstáculo que forma la corriente. El bote navega por rápidos tipo 3 y 4 durante unos 40 minutos. El recorrido termina en una parte calma en la que hay una piedra que escalamos para saltar 3 metros al vacío dentro del agua. Vuelvo al hostal.

 

– Hablas bien portugués – me dice Patricia, una joven de pelo quemado y cachetes rojos que atiende la recepción.

 

– Aún no sé conjugar bien los verbos.

 

– Ni siquiera los brasileros los conjugan bien. Oye, hoy hay una buena fiesta en un bar; podría ser interesante para tus crónicas. Conocerías un aspecto de la cultura gaúcha desde adentro.

 

– ¿Hoy lunes?

 

– Sí, ¿por qué? Esto es Brasil.

 

Por la tarde tomo un bus y me bajo en el museo del vapor, en cuya fachada está reconstruido de forma impactante, un famoso accidente ferroviario ocurrido en 1895 en la estación de Montparnasse de París, donde una locomotora sin gobierno atravesó la pared y fue a caer a la calle desde un segundo piso. Lo visito recordando cómo funciona la máquina de vapor en réplicas perfectas de un barco, una fábrica de papel, un tractor agrícola y hasta un reloj de vapor. Tomo otro bus que me lleva hasta Gramado. Camino el centro viendo tiendas elegantes y chocolaterías que ofrecen todo tipo de bombones. Personas elegantes y bien vestidas se ven por ahí. Tomo algunas fotos de una pequeña iglesia sobre una loma, camino por algunos barrios y me devuelvo a Canela. Ya es de noche.

 

– Patricia te dejó una razón, dice que te espera en el bar – me dice Hans.

 

– La verdad estoy un poco cansado; aparte tengo que trabajar.

 

Me siento un rato con él afuera en la calle. Llega un amigo suyo llamado Jürgen de unos cuarenta años. Hablamos del calentamiento global y sus consecuencias.

 

– Antes nevaba en invierno, por eso los techos son triangulares. Pero el año pasado ya no nevó. Todo ha cambiado, en todo sentido. Hace poco robaron un banco, es la primera vez que pasa algo así. La gente no cerraba las puertas de sus casas pero ahora tienen miedo.

 

Me voy al cuarto a escribir un poco hasta que Hans golpea en la puerta: – Patricia llamó. Dice que te está esperando con unas amigas. Insiste en que tienes que ir.

 

– Ok. Dile que ya voy -. Me indica cómo llegar. Camino hasta allá y me encuentro que el bar queda en el local atravesado por un vagón. Entro y voy hasta el fondo del pintoresco lugar abarrotado, al lado de una tarima en la que un grupo canta una canción de rock en inglés.

 

– Por fin llegas. Él es el colombiano – le dice a sus amigas.

 

Me siento al lado de una mujer llamada Melissa que tiene el tatuaje de una tarántula en su brazo. Su nariz es recta, sus ojos son claros y su pelo largo cae cubriéndole los hombros.

 

– Lo único que se de Colombia es que es un país de narcotraficantes – me dice.

 

– ¿Cómo puedes decir eso si no sabes nada del país?

 

– Porque eso es lo único que se – me mira esperando una respuesta.

 

– No maltrates a mi amigo, él te podría decir que nosotros tenemos a Fernandinho, o que es una vergüenza que en Brasil el año sólo comience después del carnaval – le dice Patricia.

 

– Uno no debe hablar de algo si no lo conoce. Yo podría decir que tu tatuaje es amenazante.

 

– Olvídalo, me lo hice cuando tenía 17.

 

El grupo de rock termina de tocar y abren un karaoke en el que diferentes personas cantan, incluida la hermana de Patricia cuyo novio, un hombre moreno lleno de piercings, con un arete que forma un hueco en el lóbulo de su oreja, la mira con ojos de deseo. Hay mujeres lindas por doquier, en su mayoría altas, flacas y de pelo claro, disfrutando de un ambiente agradable. Todos parecen estarla pasando bien. Me presentan a otra mujer que es peluquera con quien bailo un par de canciones de música gaúcha. A las 3:00 a.m. se acaba la fiesta y caminamos Melissa, Patricia, su hermana, el novio y yo, hasta una gasolinera en la que hay un Hungry Tiger. Nos comemos un perro en la calle cuando una mujer parquea al lado en un carro.

 

– Llegó la perra ésta – dice la hermana de Patricia.

 

– Todo el mundo se la ha comido – agrega Melissa mirándome. No digo nada. La mujer se queda ahí un momento y luego se va en su carro sin bajarse. Después de unos minutos me despido.

 

– ¿Ya te vas? – pregunta Melissa.

 

– Es tarde y mañana tengo que ir temprano al Parque del Caracol, por la tarde vuelvo a Porto Alegre a ver el partido del Gremio contra el Cúcuta por la Copa Libertadores.

 

– Quédate un poco más. Yo te llevo al hostal en mi carro -. La acompaño a dejar a Patricia y a la hermana. Luego me lleva.

 

– Muchas gracias.

 

– ¿Ya te bajas?

 

– Es tarde ¿no?

 

– Bueno, supongo que tendré que cambiar mi concepto de Colombia.

 

– Yo creería.

 

Esta historia queda en continuará…, porque el mundo es mejor verlo con los propios ojos que por el Discovery Channel. (Las publicaciones se harán los martes aunque su periodicidad no puede garantizarse dada la naturaleza del viaje. Espere los jueves reportajes gráficos). Para ver más fotos del viaje diríjase a las páginas www.eduardobecharanavratilova.blogspot.com y www.brasilendosruedas.blogspot.com Agradecemos a los siguientes colaboradores: Embajada brasilera en Colombia, Ibraco (Instituto cultural de Brasil en Colombia), Casa editorial El Tiempo, eltiempo.com, Avianca, Gimnasio Sports Gym y la revista Go “Guía del ocio”

——–

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Mi nombre es Eduardo Bechara Navratilova. Escribo como acto liberador que me ayuda a escapar del mundo, así termine volviendo a él. Me sirve para entender mis propios actos, aunque admito que acabo con más preguntas que respuestas. Tengo defectos despreciables, que dejaré al lector descubrir por si mismo. Detesto los trancones, las modelos y hacer fila en los bancos. Me gusta el fútbol y la rumba, me gusta la gente que persiste. Tengo los títulos de derecho (1999) y literatura (2005) en la Universidad de los Andes. La novia del torero, Editorial La Serpiente Emplumada (2002) y Unos duermen, otros no, Editorial Escarabajo (2006), son mis dos novelas publicadas. No tengo un peso en el banco, pero me he recorrido medio mundo en viajes. El ser humano y su comportamiento son mi tema de fondo.

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