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Anochece temprano. Descanso un rato, tomo un baño, me visto y camino por la carretera desierta hasta llegar a la calle principal. El único restaurante abierto es uno que se llama ‘Tucano’. Hay dos mujeres asomadas en su entrada luciendo camisas coloridas. Doy un vistazo hacia adentro y me convenzo. Sentado en una mesa con su señora y otras personas me encuentro a Daniel.

– Ché, vení sentate aquí con nosotros – dice al verme. Me presenta con otra pareja y con dos mujeres que deben estar al final de sus veinte. Pido un ‘prato feito’ mientras los oigo hablar entre ellos.

– ¡Sí! Quién lo hubiera creído. Por lo menos lo sabía disimular muy bien – dice él.

– Yo jamás lo hubiera pensado – menciona una de las dos mujeres solas.

– Yo tampoco; guardaba un perfil muy bajo.

– Un tipo que conocíamos. Vivía cerca del ‘Engenho do Rosa’. La semana pasada lo capturó la policía. Está acusado de narcotráfico. Estamos todos impactados – me cuenta Daniel.

Comentan acerca de otras cosas mientras como mi plato. Daniel le habla español a su esposa y ella le habla portugués a él. De un momento a otro empiezan a recordar escenas de una novela llamada “Paraíso Tropical” y al cabo de unos minutos me encuentro comiendo solo porque todos se fueron a ver el programa. Algunas personas, en especial parejas, se han ido sentando en otras mesas. Pido la cuenta encontrándome con la sorpresa de que Daniel ya pagó por mí. Vago por la calle principal hasta que tomo otro camino de tierra y llego hasta un sitio llamado ‘Beleza Pura’ en el que estuve con Tatiana en una de nuestras últimas noches. Me aproximo y veo el espacio que en aquella ocasión se llenó de gente al sonido de un cantante de barba tupida que lo animó con una guitarra al ritmo de canciones de rock de los setentas y ochentas. Una gran lámpara roja que cuelga del techo sobresale entre la decoración hindú. Camino a la barra y pido una cerveza. A mi lado sobre una de las bancas se sienta un hombre de mediana estatura con una camisa caqui, pantalón oscuro y una gran sonrisa que deja ver su perfecta dentadura.

– Tú no eres… ¿el cantante?

– Sí.

– Qué pasó con la barba.

– ¡Bahh! Me aburrí de ella y me afeité.

– Era simpática. Tenía su estilo.

– Lo sé. Pero quise cambiar.

– Yo estuve aquí hace como un mes. Una noche en que estaba repleto y todo el mundo cantaba.

– Fue una gran noche. Lo recuerdo bien.

– Cantas muy bien. Cambias de ritmos y de idioma con gran facilidad. Del ingles al español y al portugués. Me acuerdo que dijiste que no te gustaba tocar tu música.

– Sí, no me gusta.

– ¿Cómo te vas a hacer conocido si no tocas tus canciones?

– No sé. Ya estoy cansado de la noche. Siempre es lo mismo. Sabes, ahora canto en una iglesia: es muy bonito. Todo el mundo canta y está animado.

– ¿Cómo te llamas?

– Duda Velásquez, mucho gusto. Te invito a una cerveza. Dame dos cervezas – le dice a una bonita ‘bartender’.

– Tocaste una canción tuya. Me gustó mucho.

– Si pero no me sale del alma así como las otras que no son mías. Es la noche, ya no me gusta. Hay unas que valen la pena como esa de hace un mes en donde todo el mundo estaba feliz… la mayoría son desdibujadas. Estoy cansado. En Porto Alegre es igual. La gente no sabe apreciar lo que tú les das. Sólo quieren escuchar la basura que está de moda.

– Yo también soy artista. Soy escritor. En muchos casos no escribo para agradar sino para desagradar. No creo que alguien que escriba sólo cosas bonitas sea un buen escritor.

– Bueno, pues ahí está. Tu me entiendes – dice esto sacando un CD de una maleta que carga consigo. Veo su cara rolliza mientras escribe alguna cosa en una portada que dice “Wonderful Life” by: Duda Velásquez. – Toma, te regaló mi disco – menciona estirando su brazo. Luego lo veo irse a la pequeña tarima empotrada en una de las esquinas del bar. Saca su guitarra y empieza a tocar algunos acordes que la afinan sentado con las piernas cruzadas sobre un arrume de cojines. Doy sorbos sobre la cerveza esperando que se inicie el concierto. Al cabo de un tiempo canta una canción de Bob Dylan seguida de una de Janis Joplin, Jimi Hendrix. Hay un grupo de mexicanos que se ríen a carcajadas y no me dejan escucharlo bien, una o dos personas aparte de mi le ponen atención. Canta una de Soda Stereo, intenta esforzarse, pero el resultado es una música sin mucha convicción. Deja la guitarra y habla con una mujer que se sienta a su lado. Pido otra cerveza esperando que vuelva a comenzar. Tomo algunos tragos. Al cabo de un tiempo me aproximo.

– ¿No vas a tocar más?

– No. Estoy cansado, esto ya me aburre. Tu me entiendes – le oigo decir sobre una música ‘Chill out’ que sale de los parlantes. Vuelve a hablar con la mujer. Termino la cerveza y me devuelvo en la mitad de la noche por la carretera de tierra. Voy pensando en el miedo que tiene de exponer su propia música ante los demás. Abro la cabaña. Adentro la quietud es total. Me cepillo los dientes, me cambio de ropa, subo al cuarto, apago la luz y me pierdo en la oscuridad buscando al fantasma. Mis pensamientos viciados sólo me dejan ver a Duda en medio de la decepción. Me duermo.

Despierto de una perturbadora y confusa pesadilla. La luz del día se cuela por entre los bordes de las ventanas de madera. Tatiana yacía a mi lado, pero no estábamos en aquel lugar paradisíaco en el litoral brasilero sino en un cuarto de hotel en Colón de Santa Fe, Argentina, y el mundo me daba vueltas como si el propio planeta hubiera entrado en una espiral tragado por un hoyo negro. Me incorporo y todo vuelve a mí. La manera en que la hice llorar el 29 de diciembre en la Plaza Dorrego acompañados de una amarga comida, diciéndole que era una consentida por habernos hecho ir hasta el lejano centro comercial Unicenter, en vez de ir al jardín japonés, cuando esa era nuestra última tarde en Buenos Aires. Cómo llego una venganza, no de modo alguno premeditada por una mente consciente, sino más bien accionada por una herida abierta, herida que yo mismo había infringido. De nada sirvió el apacible día que pasamos en los arenales del río Uruguay tomándonos fotos y sonriéndonos, y luego el atardecer inolvidable de venado, con el puente entre Paysandú y Colón de fondo sobre la calma y silenciosa corriente del río. Estaba todo listo para ser la mejor velada del mundo, una fiesta de San Silvestre sólo nuestra, como dos enamorados fantásticos a quienes nada ni nadie les impedía amarse hasta el cansancio. Habíamos preferido un lugar elegante, la botella de vino costosa y no la convencional. Pero en medio del festejo, antes de que el reloj marcara las 12:00 p.m. cuando los empleados del restaurante nos pidieron que saliéramos para ver los fuegos pirotécnicos, yo me divertía tomando fotos de los voladores que toteaban en el cielo, porque mi nueva cámara, de la que ambos estábamos enamorados, tenía una opción especial de fuegos pirotécnicos que hacían lucir las fotos maravillosas, como salidas de un catálogo de revista, – justo en el instante en el que me pediste la cámara y yo te dije que te esperaras un instante porque aún estaba tomado fotos – ahí, se accionó un interruptor invisible – por supuesto que ya estabas harta de mi en muchos otros sentidos que se veían enervados por el viaje, como el hecho de que cuidara de mi computador en extremo, o tomara una cantidad que tu considerabas excesiva de fotos – que la llevó a ser indiferente conmigo por el resto de la noche. Imposibles fueron mis súplicas – recuerdo bien a una pareja de argentinos ya mayores, sentados a nuestra espalda, conmovidos por lo que veían – porque ella salió del restaurante y sólo después de mucho insistirle volvió y se puso a bailar agraciadamente con un grupo de tres niñas y su mamá hasta las cuatro de la mañana, mientras yo la veía parado desde una barra tomando una champaña que me sabía agria – pero qué más hacía – pensando en que así transcurría la gran noche de año nuevo por la que había sacrificado un crucero por el Nilo en compañía de mis papás, quienes de manera gentil me habían invitado al ser ese mi último año en Colombia. A las 4:00 a.m. luego de que insistí hasta el cansancio en que fuéramos al hotel, – te vi caminando a la vera del río en donde había muchas otras personas, y contrariando la exigencia de tu papá que el 24 de diciembre me apartó de la reunión diciéndome que yo era responsable por su hija que aún estaba bajo su patria potestad – la dejé ahí y me fui, porque la situación para mi era ya imposible de aguantar. A los 20 minutos llegó y se acostó en la cama. Yo mirando para un lado, ella para el otro; luego, cuando abrí los ojos, el mundo me daba vueltas como si el propio planeta hubiera entrado en una espiral tragado por un hoyo negro.

Esta historia queda en continuará…, porque el mundo es mejor verlo con los propios ojos que por el Discovery Channel. (Las publicaciones se harán los martes aunque su periodicidad no puede garantizarse dada la naturaleza del viaje. Espere los jueves reportajes gráficos). Para ver más fotos del viaje diríjase a las páginas www.eduardobecharanavratilova.blogspot.com y www.brasilendosruedas.blogspot.com Agradecemos a los siguientes colaboradores: Embajada brasilera en Colombia, Ibraco (Instituto cultural de Brasil en Colombia), Casa editorial El Tiempo, eltiempo.com, Avianca, Jugos Blast, Gimnasio Sports Gym y la revista Go “Guía del ocio”.

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PERFIL
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Mi nombre es Eduardo Bechara Navratilova. Escribo como acto liberador que me ayuda a escapar del mundo, así termine volviendo a él. Me sirve para entender mis propios actos, aunque admito que acabo con más preguntas que respuestas. Tengo defectos despreciables, que dejaré al lector descubrir por si mismo. Detesto los trancones, las modelos y hacer fila en los bancos. Me gusta el fútbol y la rumba, me gusta la gente que persiste. Tengo los títulos de derecho (1999) y literatura (2005) en la Universidad de los Andes. La novia del torero, Editorial La Serpiente Emplumada (2002) y Unos duermen, otros no, Editorial Escarabajo (2006), son mis dos novelas publicadas. No tengo un peso en el banco, pero me he recorrido medio mundo en viajes. El ser humano y su comportamiento son mi tema de fondo.

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