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Nota al lector: Esto no es ni una guía turística ni un manual de viajero.

 

Luis Evelio tiene una sonrisa que deja ver sus dientes alineados. Un candado bien recortado bordea su boca de labios delgados. Sus ojos pequeños lucen vivaces y su cara redonda resalta sus pómulos, cada vez que sonríe o expresa la felicidad que siente de volver a ver a sus amigas. Las toma del hombro, les hace bromas y luego se inclina hacia atrás riendo entre dientes.

 

– Lucho sigue con el mismo humor del colegio – dice Sandra.

 

– Eso pasa. Hay gente que nunca cambia – responde Mari.

 

– Pónganse serias que cualquier cosa que digan termina escrita en una crónica – comenta él mirándome.

 

El bus sale de la ‘rodoviaria’ bordeando su estructura moderna de concreto. Toma una calle principal que pasa por enfrente del gran mercado amarillo de arquitectura portuguesa, cuyos arcos de media punta pintados de blanco, marcan la entrada de locales que se abren hacia la calle. Unas torres superiores sobresalen en los extremos cubiertas por tejas de barro.

 

– Esto es distinto a Colombia – dice Sandra mirando hacia el mercado.

 

– La arquitectura colonial portuguesa es diferente a la española – responde Luis Evelio.

 

Andamos algunas cuadras hasta llegar a un retorno en el que tomamos la avenida en la dirección contraria, pasando de nuevo por el concurrido sector, donde otra edificación clásica de fachada curuba con blanco, se levanta en frente de una plaza de altos faroles y adoquines oscuros. Por una de sus puertas verdes entra un hombre con un fólder en la mano.

 

Un policía que viste un uniforme kaki delgado, eleva su brazo en dirección a una calle aledaña, dándole indicaciones a una joven bronceada de esqueleto blanco, a quien la parte superior de un bikini azul claro, amarrado sobre la nuca, le hace juego con un collar de chaquiras aguamarinas.

 

Peatones pasan caminando en una y otra dirección. Una pareja baja por una calle peatonal con una cámara en las manos, una mamá sube con su hija de trenzas, un hombre espera frente a un puesto ambulante cubierto con una gran sombrilla amarilla, en el que se ven papayas, piñas, naranjas, lulos y patillas, otro de camiseta amarilla y jeanes recortados, hala una carrito de madera con pequeñas ruedas negras de goma con botellones plásticos de agua.

 

– A éste centro histórico tienen que venir – le dice Luis Evelio a sus amigas.

 

– El lunes porque mañana vamos a la playa…playa, playa – responde Sandra.

 

Volvemos a pasar frente al mercado. Veo a un hombre sin camisa partiendo un coco con un machete. Uno de camisa blanca desapuntada, le habla a los peatones que van pasando, detrás de una mesa improvisada en la que un aviso de letras rojas dice: “Compro e vendo passe”.

 

Un olor marino invade el interior del bus, al final de una cuadra en la que el panorama se abre contra el mar.

 

Recorremos la costanera ante el color turquesa del agua que se extiende hasta el continente. Unos barcos pesqueros de madera, con líneas de colores sobre el casco, atracan en un puerto apretujados unos entre otros. El más largo aparece inclinado hacia babor. Edificios y casas bordean el litoral, frente a las montañas que se levantan en el fondo contra un cielo nublado.

 

– ¿Dónde están las playas? – le pregunta Sandra a Luis Evelio.

 

– Del otro lado, contra el Atlántico. Aquí hay más de treinta playas; mañana podemos ir a una en el norte llamada Jureré.

 

Voy reconociendo sitios por los que he pasado antes. Lugares que me traen recuerdos así huya de ellos. Esta maldita desolación parece haberme arrojado un maleficio. Un terrible dolor me rapta. No puedo pensar en otra cosa. No después de todo lo que pasó en esta isla. Mis ojos se pierden sobre el vacío, al tiempo en que una sombra de tristeza cae sobre mí. No sé por qué volví acá. Debí haber seguido de largo.

 

Anímate guevón, que estás en compañía de estas personas tan queridas. No lo puedo controlar, no es cosa mía. ¿No es cosa mía? ¿Entonces de quién? ¡Qué llorón! No haces sino criticarme. Porque tú no haces sino lamentarte.

 

– ¿Están con hambre? – pregunta Luis Evelio levantando una de sus cejas. Mari nos mira y todos asentimos moviendo la cabeza hacia adelante. – Estamos cerca; de aquí allá hay 15 minutos – nos dice.

 

El bus se desvía tomando otra avenida que bordea una montaña de curvas sinuosas, en la que se aprecia una vegetación espesa de árboles y matorrales. Se ha ido llenando aunque aún hay espacio libre en el pasillo. Corro la mochila sujetándola contra un asiento para que no estorbe el paso.

 

Yo sé que no hago sino lamentarme; es algo que se sale de mis manos. Debes dejar el pasado atrás; seguir adelante. Ese es el problema: no puedo. Todo esto me acuerda de ella, de lo que vivimos, las cosas buenas y malas llegan a mi cabeza como demonios. Todo será mejor. ¿Cuándo? Cuando sigas adelante sin mirar para atrás.

 

– Luis nos contó que eres escritor – me dice Sandra detrás de unas gafas de sol que se extienden hasta el borde de sus sienes. – ¿Qué escribes?

 

– Novelas, cuentos y crónicas de viaje.

 

– Que chévere. A mi escribir me parece muy difícil. Es admirable… ¿Vienes desde Buenos Aires por tierra? Mari y yo tenemos una semana de vacaciones. ¿Crees que podríamos ir y volver?

 

– Les llevaría dos días ir y dos días volver. Es un poco lejos para una semana.

 

– Sí, suena lejos, pero se podría. ¿Tú qué opinas?

 

– Que se quedarían sin conocer esta zona del Brasil que es tan bonita y conocerían Buenos Aires de carreras.

 

– Bueno; siendo así.

 

Seguimos bordeando la montaña, bajo la vista de algunas personas que nos miran con curiosidad al vernos hablando español. Deben pensar que somos argentinos. Aquí hay lugares en donde hay más argentinos que brasileros, aunque en estas zonas residenciales son poco comunes.

 

Es muy difícil no mirar hacia atrás; no es algo que puedas evitar. Claro, sobre todo si vuelves a los sitios en los que estuviste con ella. Lo sé; es como una tortura. Sí, o un placer. Creo que te encanta compadecerte; no pensé que tú fueras de esos. No lo era antes de dejar mi país y abandonarlo todo.

 

El bus avanza por unas calles de edificios pequeños y casas de dos y tres pisos, hasta que nos bajamos en una esquina, frente a un bar de vinos que tiene unas mesas de madera y una empalizada con unos barriles que la decoran.

 

– Aquí tenemos que venir a tomarnos unas copas – comenta Luis Evelio. Nos dirige por una calle cerrada por la que bajamos cuadra y media, hasta llegar a una de fachada blanca por la que atravesamos una reja que está a medio abrir. Busca la llave dentro de una pequeña ventana que da al interior y abre la puerta. – Bienvenidos a casa – nos dice.

 

Entramos a una amplia cocina de barra con butacas altas, al lado de un comedor en el que aparece una larga mesa de madera con sus respectivos asientos. Un hombre de camiseta negra, bermudas y chanclas se aproxima al vernos.

 

– Mucho gusto – dice en español, dándonos la mano.

 

– Shanley es nuestro vecino. Vive en un apartamentito al lado. Es de Lages, una ciudad al interior de Santa Catarina.

 

Una amplia ventana da contra el jardín interior, en el que vemos a un hombre avivando el fuego frente una parrilla de ladrillos empotrada a la pared. Al vernos deja la tapa de una olla sobre una mesa y camina hacia nosotros moviendo su tronco largo de un lado a otro.

 

– Estábamos esperándolos; un placer conocerlos – dice apretándonos las manos de forma entusiasta.

 

– Janilson también es del interior; de una ciudad llamada Lacerdópolis que no llega a dos mil habitantes. Él sabe mucho de nuestra cultura.

 

– Me gusta mucho Colombia; bailo vallenato y se me la letra de las canciones.

 

– Hablas español muy bien – le dice Sandra.

 

– Gracias, lo aprendí en el colegio.

 

Sigo a Luís Evelio por un piso de baldosas que se prolonga hasta una sala contigua que da contra unas escaleras. Descargo la mochila al lado de un sofá de tela azul, que yace sobre un tapete persa que da contra una ventana. En una repisa de madera descansan dos directorios telefónicos.

 

– Aquí puedes escribir con tranquilidad. Generalmente no hay nadie durante el día. Yo me siento a estudiar en la cabecera de la mesa y se me pasan las horas sin darme cuenta. Hay buena luz, pero si necesitas más, llevas esa lámpara y la conectas – me indica de forma calurosa. Volvemos a la cocina en donde Sandra y Mari están hablando con Shanley. A través de la ventana, veo a Janilson avivando el fuego de nuevo. – ¿Un roncito? – me pregunta.

 

– Está bien.

 

No te des tan duro; debes empezar por ahí. Ya te dije que no lo puedo controlar. A mi más que nadie me encantaría estar bien, poder vivir estos momentos a plenitud. Todo se fue a la mierda: la travesía en bicicleta, las crónicas, los niños con cáncer, mi vida. ¿Se supone que ahora debo borrar mi pasado? ¡Responde! Vas a estar bien; sólo hay que darle tiempo al tiempo.

 

 

Esta historia queda en continuará…, porque el mundo es mejor verlo con los propios ojos que por el Discovery Channel. Lea crónicas anteriores y vea otras fotos del viaje en las páginas www.eduardobecharanavratilova.blogspot.com y www.eltiempo.com/participacion/escarabajomayor (Las publicaciones se harán de forma semanal aunque su periodicidad no puede garantizarse. Espere también Reportajes Gráficos).

 

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Mi nombre es Eduardo Bechara Navratilova. Escribo como acto liberador que me ayuda a escapar del mundo, así termine volviendo a él. Me sirve para entender mis propios actos, aunque admito que acabo con más preguntas que respuestas. Tengo defectos despreciables, que dejaré al lector descubrir por si mismo. Detesto los trancones, las modelos y hacer fila en los bancos. Me gusta el fútbol y la rumba, me gusta la gente que persiste. Tengo los títulos de derecho (1999) y literatura (2005) en la Universidad de los Andes. La novia del torero, Editorial La Serpiente Emplumada (2002) y Unos duermen, otros no, Editorial Escarabajo (2006), son mis dos novelas publicadas. No tengo un peso en el banco, pero me he recorrido medio mundo en viajes. El ser humano y su comportamiento son mi tema de fondo.

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