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Los primeros rayos del día me hacen abrir los ojos. Viajar sin hacer pausas atrasa el cuaderno de viaje. Pensar que ya es veinte de febrero y apenas he visitado cuatro sitios me angustia. A este ritmo llegaré a Colombia durante el segundo semestre del año. Es evidente que la tarea es más dispendiosa de lo imaginada. La lista de libros que me gustaría escribir antes de morir está en pausa, así como lo está la intensión de irme a vivir a Praga, tener una familia, emular a mi papá en el trato que me dio con aquellas personas a las que he de llamar hijos, si es que llegan a existir. Lo pienso durante la ducha, en el desayuno, al picar las ciruelas y duraznos.

Dejo las maletas en el depósito del Camping de dos Pinos y subo a Borges & Álvarez Libros Bar. Aún está cerrado. Me ubico en una de las mesas de afuera y encuentro algo de sosiego al abrir el computador y empezar a trabajar en el cuaderno de viaje. El par de horas se van de una página a otra. A las once subo al segundo piso y me encuentro con Fernando. Toma unas fotos y me hace preguntas que va consignando en su grabador.

—¿Ya te conociste con “Pepe”, José Ángel Amarilla?

—Lo he querido hacer. ¿Tienes su número?

Lo llamamos y queda en llegar al café.

—En El Chaltén te recomiendo ir a la Chocolatería de Anabel. Ella te puede llevar a poetas. Hay un periódico llamado La Cachaña con el que te puedes contactar.

Me da otros datos y al ver llegar a José Ángel se levanta a saludarlo. Me desea buena suerte y nos despedimos. Le cuento a “Pepe” el proyecto. Comenta que está muy preocupado porque quieren construir una pista de esquí frente al glaciar Perito Moreno. Abre su libro de cuentos “@trapasueños” y ubica un poema llamado “Península de Magallanes”, donde acusa la intensión.

“Península de Magallanes: Mujer deseada…

te persiguen los lobos, en feroz manada;

por eso te escribo —en el aniversario

de tu lago profundo de azul milenario—

con versos de angustia, de bronca y de furia.

Península de Magallanes: Mujer deseada…

tentación de ángeles, envidia de Hadas,

no permitas que esos hombres ultrajen tu alma,

hiriendo tu cuerpo de piel perfumada.

Península de Magallanes: Mujer deseada…

no permitas que el cemento, ensucie tu cara

¡Si has enamorado a los Dioses, con la belleza glacíaria,

de tu cara lavada!

Península de Magallanes: Mujer Deseada…

de estepas agrestes y cumbres nevadas;

de lengas añosas, de bosque frondoso,

cascadas de ensueños… florecidas de notros,

de témpanos blancos y castillos de hielos,

de orquídeas salvajes y silvestres canelos.

Península de Magallanes: Mujer deseada…

si para protegerte aquellos pioneros,

se han ido allá… lejos, a fundar otro pueblo,

renunciando a tu cuerpo y a mamar de tus senos,

no permitas que el “progreso” —nombrando un “mañana” —

penetre tu cuerpo, con fuerza y con saña,

matando tu encanto de virgen mundana.

Y matando a ese pueblo de viejos pioneros,

que se irán contigo, en romántico idilio,

danzando la danza… de un pueblo fantasma”.

—Cualquier emprendimiento inmobiliario o comercial sin un estudio de impacto ambiental provocaría un daño irreversible a un área frágil. —Tensiona los músculos faciales al decirlo—. El glaciar es hermoso como es. Casi virginal. Y esa zona le da un marco muy particular.

—A mí me pareció hermosa la naturaleza alrededor.

—Si se talan los bosques no solo se perdería la flora sino la fauna que vive en un estado natural.

—Me parece inconcebible el solo hecho de pensarlo.

Le leo la descripción que hice ayer volviendo del glaciar y me da la mano.

—Compartimos el mismo interés. ¿Imagínate que sea remplazado por una jungla de cemento?

—Por dinero se hace cualquier cosa.

—Al poema lo escribí en 1994 y todavía estamos luchado, casi veinte años después.

—No pueden desfallecer.

—Claro, pero a veces nos sentimos impotentes con los funcionarios públicos que hacen oídos sordos y esconden oscuros intereses.

—¡Es que no te lo puedo creer!

—Lo escribí en diez minutos porque escuché en las noticias locales que se discutía la posibilidad. Eso me llevó a imaginar lo que significaría la tala de árboles, la construcción de edificios y la contaminación del lago por cuenta de los desechos cloacales. Sentí una enorme impotencia de que mis nietos no pudieran conocer esos hermosos lugares que yo conocí en un estado casi virginal.

—Da mucha rabia escuchar esto.

—Eso mismo me inspiró a escribirlo desde adentro, como un grito de desesperanza y de auxilio ante la humanidad. Por ahí me arrepiento del título “Península de Magallanes”, ya que quien no es de aquí no lo relaciona con el lugar. El título ideal hubiera sido “S.O.S. Glaciar Perito Moreno”, como un pedido de socorro a la humanidad.

Pasamos a otro tema y me comenta que es narrador.

—La poesía la escribo como una necesidad interior. La narrativa me fluye más. —Cambia de tema—. Yo no soy de este lugar, soy de Santiago del Estero.

—Lo sabía por tu acento.

Me muestra el poema “Santiago mi tierra”, incluido en su primer libro “Alhena y mucho más”.

“Para quienes no conocen Santiago del Estero

y suponen que mi pueblo solo es un roncar de siesta

yo les contesto: Santiago es esto.

…Es noche alegre, es chacarera, es vino fresco.

Pero en mi provincia, no todo es fiesta;

Santiago es también labrar la tierra a luna llena,

leñar quebrachos en madrugadas,

cosechar la siembra en plena siesta.

Santiago es sol ardiente… blanca salina,

pero también es río: Dulce o Salado;

Santiago es Don Sixto en Salavina,

cantando en quechua al Miski Mayu.

Santiago es Sachayoj, mi pueblo;

Dios del monte en los quebrachales,

Sumampa con sus Ojos de Agua

…Vilmer con sus naranjales.

Santiago es mil parajes

es carbón y leña en los obrajes

Pan casero, chivito al horno, rico chipaco.

…Y en la costanera es el Parque Aguirre

preñado en rosa por sus Lapachos.

Santiago es el recuerdo vivo, de mi padre ausente

y es mi propia madre amasando vida;

Santiago es mi hermano pobre, que va descalzo,

dejando huellas, en la misma tierra que lo calcina.

Y aunque redobla esfuerzo,

por un destino que lo margina;

nada le quita ese canto alegre, ni la sonrisa.

Santiago, es la tierra madre de mis afectos;

y lo que entonces era, el humor risueño de mis amigos;

es también ahora, la triste ausencia, de mis pequeños.

Santiago… Santiago soy yo: ¡Nunca te olvido!”

—El libro se ganó la edición en un concurso internacional de Cen editores con un cuento titulado “Caperucita roja en tiempos de default”. Una parodia a la crisis del 2001, al “Corralito” y a la frivolidad de los noventas —se queja—. Y te cuento que no ha cambiado nada. A eso se le ha agregado una corrupción extrema y autoritarismo.

—Por favor no desfallezcan en la intensión de salvar al Perito Moreno de la mano del hombre —insisto.

—Yo hice todo lo contrario a los fines comerciales por que el compromiso que tengo es con la sociedad.

Me pregunta qué planes tengo, hace una llamada y dice que me invita a almorzar a su casa. Nos montamos en su Alfa Romeo, recorremos un par de cuadras y parquea en una entrada.

—En esta casa funcionaba una posada que tuve que cerrar. De habernos conocido antes te hubieras podido quedar aquí. Estar en contra de las tretas de los gobiernos me ha generado una crisis económica, aunque eso no me importa. Voy a seguir luchando en contra de sus atropellos y su corrupción.

Cruzamos la puerta a mano izquierda y me presenta con María Elena Muller, su pareja, quien me recomienda preguntar por la “Tere” Torres en El Chaltén.

—Es la dueña de un café llamado La Lucinda. Es maestra jardinera. Fuimos colegas. Ella te puede llevar a poetas. —Comenta que a través de su hija me puede contactar en Buenos Aires con Enzo Maqueira que es amigo de Federico Andahazi—. Él le hizo el prólogo a Enzo y Enzo presentó a Andahazi.

Tomamos un par de fotos. En la segunda “Pepe” nos abraza. Sale con su camisa blanca, el rostro bien afeitado y las canas que empiezan a cubrir los bordes de sus sienes. María Elena lo hace con una sonrisa dulce, la cabeza ladeada y las gafas de sol en sus manos.

Pio, el hermano de “Pepe”, entra y mezcla unas lentejas dentro de una olla. Prueba su sabor con una cuchara de palo.

Les cuento que el año pasado estuve una temporada en Frías, Santiago del Estero, y sé cantar “Santiagueñadas” de Los Manceros Santiagueños. Les hago un breve recuento de mi historia con Eduardo Bechara Baracat al tiempo en que busco la letra de la canción en google.

—Se las voy a cantar, aunque interpretar una chacarera sin el acompañamiento de una guitarra es más difícil.

A “Pepe” le brillan los ojos.

“(Chacarera Doble)

I

Algarrobo y quebracho

Tuscas y salitrales

Arenales calientes

cuando llega el verano

cosas que tiene el pago

ay mi Santiago

Lechiguana y piquillín

Hachas en los obrajes

Y el sudor y coraje

Es un potro salvaje

El hombre de mi pago

Ay mi Santiago

Vidaleros de noche

Por los montes cantando

Salamancas y duendes

Hasta el alba bailando

Por los biscacherales

Ay mi santiago

Serpentina y trincheras

Chacarera y malambo

Carnavales de antaño

Y esa riña de gallo

Qué lindo allá en mi pago

Ay mi Santiago

II

De la siesta al misterio

el dulce y el salado

el bombo y la guitarra

Alegrando las farras

Como olvidar todo eso

ay mi Santiago

Guagüita llanto y dolor

Alabanzas y rezos

Niñas enamoradas

Y el corazón que manda

Sentimientos del alma

Ay mi Santiago

Milenario es el quichua

La luna entre los cardos

Un coro de coyuyos

De surco y el arado

Y flores perfumando

Ay mi Santiago

Serpentina y trincheras

Chacarera y malambo

Carnavales de antaño

Y esa riña de gallo

Qué lindo allá en mi pago

Ay mi Santiago”.

Hago mi mejor esfuerzo y la termino de cantar arrastrando la r, como es costumbre allá.

—Che, mirá, ¿podes creerlo? —Le dice “Pepe” a su hermano.

Pio niega. Es de pocas palabras. Aunque sus gestos de nostalgia evidencian que le llegó al corazón. Pone la olla junto a los bifes de hígado salteado con cebolla y morrón. Pasamos a la mesa. Las lentejas condimentadas saben de forma suculenta. Las quiero devorar aunque aplaco el deseo. Las cómo sin afán. Saboreo en cada bocado su gusto.

—Además de hacerle una oda al amor, los escritores debemos tener un compromiso con la sociedad y ser la voz de los que no tienen voz —comenta “Pepe”—. Bienvenidas todas las vicisitudes por las que pasaron mis hijos por aportar un granito de arena para una sociedad mejor.

Luego del almuerzo María Elena se despide y “Pepe” me da un tour por el lugar. Aparte del ambiente en el que está el computador y comedor junto a la cocina, hay un cuarto de paredes blancas con un baño.

—Es chiquito —comenta.

—Pero muy acogedor.

Salimos y entramos por la puerta principal de lo que antes era la posada. Las luces apagadas oscurecen los corredores. “Pepe” me cuenta que a partir de mediados de 2004 hubo una ola de emprendimientos en la que funcionarios públicos eligieron a El Calafate para invertir en negocios de hotelería y la sobre oferta hizo muy difícil competir.

—Esa situación sumada a mis deudas contraídas principalmente con la afip por declarar los ingresos de la actividad (como entiendo que corresponde a un ciudadano responsable con su comunidad), me generó una deuda que me llevó a una situación insostenible, sumado a tres juicios de tres exempleados azuzados por algunos personajes inescrupulosos. Lamentablemente dos de esos tres empleados son familiares a quienes había traído de mi provincia para ayudarlos.

Termina el tour frente a un par de cuadros en los que están escritos “Península de Magallanes” e “Intrépida Ranita”.

“A mi corazón no le basta con tenerte

atrapada entre recuerdos.

Y aunque te quiero – y anhelo-

con imagen de sueño

extraño el calor, el perfume y

la armonía de tu cuerpo.

Extraño acariciar levemente tus cabellos;

atrapar tu rostro entre mis manos,

acurrucarte entre mis brazos

y beber sediento de tus labios.

Extraño el brillo intenso de tus ojos,

la profundidad de mar de tu mirada

y esas dos pequeñas lunas,

que amamantan y agigantan nuestras ganas.

Extraño el candor de tus gemidos

y ese perfume que embriaga mi sentido.

Extraño el frenesí que me provoca

ese momento tan intenso…

cuando cual intrépida ranita

saltas y me atrapas con tu boca”.

—Se lo dediqué a María Elena quien ha sido la musa inspiradora, pero además me animó a publicar mis escritos.

Volvemos a su casa y al poco tiempo entra un joven en los veintes.

—Tú eres mago —le comento.

—¿Nos conocemos?

—Ayer estabas haciendo trucos en Borges & Álvarez Libros Bar. Yo estaba con unas poetas y por culpa de tu vozarrón nos tuvimos que cambiar de mesa.

Se disculpa.

“Pepe” me lo presenta como Martín Lecce.

—Che, yo también escribo. He hecho algunos intentos con la poesía aunque mi fuerte es la novela. Trae su computador, nos lee un poema y hacemos un poco de taller. Nos comienza a leer “Creimers: Origen cero” el inicio de una novela de ciencia ficción que lleva años escribiendo. Termina y levanta la mirada.

—Te voy a decir por qué muchos elementos funcionan. Tiene estructura dramática, es decir que comienza con la descripción del lugar en el que se va a realizar la acción. El mundo de ciencia ficción tiene unos códigos propios que la narración respeta, los diálogos son precisos y mueven la historia hacia adelante, las imágenes son claras y la caracterización de los personajes los hace interesantes —Martín me mira con atención—. Te recomendaría trabajar en las costuras. Esos saltos de un tema a otro que son como las costuras de un traje de vestir y deben quedar imperceptibles —paso el dedo por la costura de la manga en mi propia camiseta—. Las finas o burdas muchas veces te marcan la calidad de un traje… Te felicito, en realidad, porque esa obra tiene mucho potencial.

Martín hace cara de orgullo.

—No pensé que escribieras, che —comenta “Pepe” con sorpresa—. Deberíamos llamar a Fernando Corvalán. Un juglar que conozco. ¿A qué hora sale tu colectivo?

—A las cuatro.

—En una hora y media. Qué tristeza. ¿Y no te podés ir más tarde?

—Ya compré el boleto. Esperemos a ver qué dice.

“Pepe” le marca y Fernando queda en pasar un momento. A los cinco minutos entra por la puerta. Debe estar al final de los cincuentas. Es flaco, un poco desgarbado y de tez morena. Lo imagino con una guitarra. “Pepe” nos presenta.

—Encantado —digo y estrecho su mano.

—¿Te quedás un rato? —Le pregunta “Pepe”.

—No puedo dejar esperando a mis clientes. Me tengo que ir.

Pienso en sacarle una foto. Documentar el encuentro así sea fugaz. El juglar sale apurado, se monta en un vehículo y pone reversa. Me quedo con un vacío en el estómago.

—¿Qué pasó?

—Es remisero y tiene que ir al aeropuerto.

—¿Y si lo llamamos para ver si vuelve después?

“Pepe” habla por celular y el juglar queda en llegar hacia las tres y media. Nos quedamos esperándolo. Faltando quince para las cuatro salimos. “Pepe” enciende el Alfa Romeo y me comenta que el auto tiene más de dieciséis años, su caño de escape se dañó y no ha conseguido el dinero que necesita para comprar el repuesto.

—Muchas de mis privaciones han sido atenuadas por familiares, en especial mis hermanos, mis amigos y algunas otras personas que sin conocerme me han brindado un crédito de confianza.

Estaciona frente al Camping de los dos Pinos, monto las maletas en el baúl, tomamos algunas calles que llevan a la terminal y las bajo. Abro la grande, saco una copia de “Creaturas del Mandala” y se la regalo.

—Escríbele a Eduardo y dale tus comentarios. Se podría feliz de saber que un santiagueño lo leyó. Me voy con un vacío en el estómago.

—Podrías quedarte esta noche. Iríamos a comer y conocerías al juglar.

—Lo sé, pero debo seguir adelante.

Nos damos un abrazo, entro al bus, me acomodo en el primer asiento del segundo piso y me relajo. Al minuto abandonamos la terminal, recorremos algunas calles arboladas y salimos a la carretera. El paisaje vuelve a ser el de la estepa llena de calafates y coirones. Todo estaría perfecto de haber podido ver en acción al juglar. Desde que era chico he oído hablar de los juglares, seres míticos con trajes de arlequín, voz de tono alto y estilo picaresco al recitar y cantar las poesías de los trovadores. Algunos incluso eran portadores de la tradición oral que se transmitía de una generación a otra. Tal vez nunca vuelva a tener la oportunidad de conocer uno real, de carne y hueso, uno que tiene un trabajo, hijos, paga las cuentas, llora y ríe, y tal vez llore más de lo que ría, porque siente la vibración de la vida en su interior y ama la poesía y la música…

 

 

Reporte publicado desde Santiago de Chile.

Espere nuevas crónicas y fragmentos del cuaderno de viaje “En busca de poetas”.

Para mayor información visite la página: www.enbuscadepoetas.com

Vea fotos en: www.eduardobecharanavratilova.blogspot.com

Lea crónicas anteriores en:

http://www.eltiempo.com/blogs/el_tablero/?id_blog=3363537

Facebook: https://www.facebook.com/enbuscade.poetasdos

Escríbanos a: enbuscadepoetas2@gmail.com

Agradecemos a Pavimentos Colombia S.A.S., patrocinador del proyecto.

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PERFIL
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Mi nombre es Eduardo Bechara Navratilova. Escribo como acto liberador que me ayuda a escapar del mundo, así termine volviendo a él. Me sirve para entender mis propios actos, aunque admito que acabo con más preguntas que respuestas. Tengo defectos despreciables, que dejaré al lector descubrir por si mismo. Detesto los trancones, las modelos y hacer fila en los bancos. Me gusta el fútbol y la rumba, me gusta la gente que persiste. Tengo los títulos de derecho (1999) y literatura (2005) en la Universidad de los Andes. La novia del torero, Editorial La Serpiente Emplumada (2002) y Unos duermen, otros no, Editorial Escarabajo (2006), son mis dos novelas publicadas. No tengo un peso en el banco, pero me he recorrido medio mundo en viajes. El ser humano y su comportamiento son mi tema de fondo.

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