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teatroTwitter: @jeronimorivera

Soy cinéfilo. Escribo sobre cine, doy clases de cine en una universidad, investigo temas de cine y, por supuesto, veo películas. Sin embargo, paradójica y tristemente, cada vez voy menos a cine. Estoy seguro de que a ninguno de ustedes le importa esto, pero creo que las razones que comentaré harán que más de uno se sienta identificado.
Es claro que para ver películas no hay que ir al cine y que muchos espectadores van al cine sin importar la película que verán.  No hay que culparlos por esto, pues la cartelera comercial está inundada de películas llenas de efectos y sin mucha historia que son perfectas para pasar el rato, divertirse, compartir en familia o en pareja y salir de la sala sin angustias existenciales. Eso no está mal, por supuesto, pero el cine es mucho más que comer crispetas.
Ir a cine tiene un ingrediente mágico que sedujo a los primeros espectadores y que, en menor medida, sigue cautivándonos. Estar en la oscuridad durante más de 60 minutos, concentrados en una pantalla, con un sonido envolvente y absortos en una historia, es una gran posibilidad de aislarse de la rutina para vivir otras vidas, ver otros mundos y conocer personajes maravillosos. 
La industria de Hollywood, sin embargo, tiende hoy a estandarizar para que cada película se parezca a la anterior y nuestra conexión emocional esté dada exclusivamente por el presente de la experiencia en sala, como si estuviéramos en un parque de diversiones.  El cine es arte, cultura y entretenimiento y en diversos espacios he sostenido que una buena película debería tener ingredientes de al menos dos de los tres. 
Volviendo al tema inicial, cada vez voy menos al cine porque las películas que se presentan están en su mayoría dirigidas a un único público: el adolescente, y conste que no hablo mal de los adolescentes sino del pobre concepto que los productores tienen de ellos (no es gratuito el comentario de un colega fan de Star Wars que me confesó que se sintió viejo con la última película de la saga). Digo público adolescente y no infantil porque, curiosamente, muchas películas animadas han logrado el justo equilibrio entre dar gusto a los niños y al público adulto que por obligación debe acompañarlos a sus películas (a veces disfruta más el adulto).
proyector
Cada vez voy menos a cine también porque las películas que quiero ver pasan muy poco tiempo en cartelera, están en muy pocas salas alejadas de mi casa o no me entero que existen.  Hay un gran desbalance en los procesos de oferta, mercadeo y publicidad entre el cine de Hollywood y el del resto del mundo y esto lleva a se estandarice la cartelera con un supuesto cine para todos (del que hablé aquí).  Cada vez tenemos más salas de cine, con menos películas y pocos títulos ocupando la inmensa mayoría de ellas. 
En el caso de Bogotá, por poner el ejemplo de la ciudad con la oferta más variada y multicultural, las salas que presentan mayor variedad de películas quedan en el norte de la ciudad, en muy pocos teatros y con funciones a veces inaccesibles (cerca a la hora del almuerzo o tarde en la noche), por lo que quienes están interesados en verlas deben hacer un gran esfuerzo logístico para dirigirse a los teatros, con la mala sorpresa de que cuando sí se puede, la película ya no está.  En las demás ciudades no pasa esto, porque lamentablemente esas películas ni siquiera llegan a la cartelera.  Muchos dirán que esas películas son de nicho, que eso no le gusta a nadie, que es puro cine arte maluco (como me pusieron en un comentario hace poco) pero basta mirar las cifras de los festivales y muestras de cine alternativo para constatar que sí hay interés y hace falta presencia de otro cine en las pantallas.
A todo esto hay que sumarle la comodidad de las plataformas digitales que cada vez tienen una oferta más interesante y para todos los gustos.  A la logística de planear un viaje de más de 10 kilómetros a una hora complicada, muchas veces accedemos a la web, sacrificando la experiencia de la sala.
El otro factor, relativamente reciente, que nos ha alejado a muchos de las salas es el aumento inusitado del doblaje para la mayoría de las películas.  Por supuesto, las películas infantiles deben ser dobladas y también las de contenido familiar, pero no hay derecho a que, por la supuesta pereza del público de leer subtítulos, tengamos ahora la obligación de ver una película que queremos sin poder escuchar a los actores originales. Dirán que sí hay funciones subtituladas, pero miren, de nuevo, los horarios y las salas en donde pueden verse.
Todo esto, sumado a algunas razones del comportamiento de los espectadores en las salas (que ya expuse aquí) han llevado, a mi pesar, a que no solo yo sino muchos colegas cinéfilos nos alejemos cada vez más de las salas.  No todo es malo, por supuesto, y hay que valorar el aumento de los festivales de cine en el país, los esfuerzos de los exhibidores por programar contenidos alternativos y de clásicos del cine, las promociones y rebajas en el costo de la boletería y otras iniciativas que compensan este panorama gris; pero nuestro clamor va hacia la variedad.  El público tiene derecho a escoger lo que le gusta, y a todos no nos gusta lo mismo.

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Aquí puede ver el listado de las mejores 25 películas de 2017.

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Jerónimo Rivera Betancur. Magister en Educación y candidato a PhD en comunicación. Autor de cuatro libros sobre cine, investigador en temas de imagen y cultura y Director de la Red Iberoamericana de Investigadores Audiovisuales pero, antes que nada, profesor y cinéfilo.

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4 Comentarios
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  1. adolfo229655

    todo tiempo pasado fue mejor las épocas donde hacer fila para ver una pelicula eran de 3 cuadras la mas pequeña esto es cosa del pasado aparte de las palomitas de maiz q tienen el descaro de pedir 15 mil pesos o sea casi el doble del valor de la boleta y unas películas remalucas que sales aburrido haber este negocio debe desaparecer y colocar in parqueadero poe favor barato y con una tarifa justa no sean tan guevones

  2. gustavoamezqu0917

    Estoy de acuerdo con el comentario de las películas dobladas y no subtituladas. Cada vez es mas difícil ver una película en el idioma original. Y si está subtitulada, la función es en un horario muy tarde.

  3. Totalmente de acuerdo, creía que mi familia y yo éramos problemáticos. Buscamos horarios super temprano para que esté la sala vacía y no dañarnos la película con gente grosera. Lo malo es que por lo general están dobladas.

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