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Ojalá Pearl Jam quiera volver a Colombia. No me quedó claro si lo harían. Por lo pronto, así cerró uno de los mejores conciertos de rock del año, como lo afirma el colega Carlos Solano (video de Luis Jaramillo en You Tube)

Es la energía del rock de finales del siglo XX que cobró tanta trascendencia en la historia de la música y que nos transportó a muchos a ese momento. En mi caso, generacionalmente, me tocó mucho y removió sentimientos de una etapa que ahora sí puedo decir que cerré por completo.

Iniciar y cerrar el 2015 con una vuelta a los noventa, encarnados en Foo Fighters y Pearl Jam, es una rara conjunción astral que no tiene precedentes. Y, paradójicamente, son los extremos de dos realidades en términos de promoción y organización, pero más aún, en contextos. Aquí les comparto mi visión de esta experiencia, tanto de las cosas positivas como de lo que jamás puede repetirse ni por chiste.

1. De los mejores sonidos de un show en vivo. Cada sílaba de las canciones y hasta del maltrecho español de Eddie Vedder fueron nítidos. La entrada al concierto fue ordenada.

2. La incoherencia. Si la organización del concierto divulga unas recomendaciones y advertencias, creo que son para cumplirse. Prácticamente todo lo que estaba prohibido campeó alegremente en las inmediaciones del Parque Simón Bolívar. Hubo pancartas, banderas, comida, hebillas en cinturones, cigarrillos, olor a marihuana… no tengo problema con esas cosas, pero si dicen que no se puede hacer, pues háganlo cumplir o nada.

3. La respuesta del público. En general, los asistentes, aunque no fueran una horda de zombies recreada por computador, eran los que tenían que estar. Bastante respeto, de todas las edades, de diversos países (conocí personas de Estados Unidos y Australia que venían acompañando la gira) Gente emocionada que coreaba las canciones sin ser un inglés wachu wachu: verdaderos fans.

De paso confirmó mi principal comentario a los organizadores de conciertos de rock en el país: hay que entender quién es el público para un show de esta naturaleza. Una combinación de factores que llevan a injustas comparaciones: mientras en Chile o Argentina los estadios casi reventaban de gente, el Parque Simón Bolívar daba pena con tanto espacio vacío. Ni que fuera una jornada vespertina de Rock Al Parque. Bueno, acá los noventa fueron Maná, Carlos Vives y los Fantasmas del Caribe. De suerte vino Gun´s N Roses y se salvaron de milagro de un linchamiento. Cuando entiendan el contexto de un público creo que ganan en ventas o en moderar sus expectativas. Y ojo con las bandas nacionales que invitan. The Hall Effect hizo lo que tenía que hacer, pero no era la banda para este concierto.

4. Los mensajes de Eddie Vedder. Varios de los mensajes enviados por la banda fueron poderosos. Ayer se conmemoró el Día Internacional de la No Violencia contra la Mujer, y me pareció muy oportuno, así como destacable el compromiso de la banda completa por lucir la camiseta naranja. No obstante, no puedo con el libreto. Algunos de los mensajes leídos por Vedder parecían sacados de tarjetas Timoteo y pues la idea no es ridiculizar a los invitados, digo yo.

5. La importancia de ser buenos anfitriones. A nuestro país viene mucho, mucho, pero mucho extranjero, y es importante brindarles información de calidad, en varios idiomas. Mostrar que no solo se trata de traer espectáculos de calidad: el paquete viene completo. Que los alojamientos cercanos a los sitios de los eventos estén preparados y también se unan al tejido que implica un evento masivo. Que el transporte en la ciudad funcione y funcione bien (una total odisea a lo Indiana Jones es encontrar transporte en el Parque Simón Bolívar después de las 10 de la noche, es un desastre) En fin, que la visita a nuestro país sea una experiencia integral en donde todos ganen. Un resultado para destacar: el nuevo hogar del rock de todos los géneros, el bar The Grange, a quien agradezco toda su disposición por atendernos.

6. Los clubes y grupos de fans. Desde luego, no se trata de caer en los lugares comunes: los ‘jammiliebers’, subir fotos plagadas de corazones, perseguir rabiosamente a los artistas para enseñarles el trasero o los pechos. El espíritu de estos clubes o grupos informales es crear comunidad, vínculos de personas que comparten un gusto en común y llegan a ser espacios creativos y de buen esparcimiento.

Por fortuna conocí al grupo en Facebook Pearl Jam en Colombia y la vivencia es como para un nuevo Almost Famous: no solo eran los expertos en detalles insólitos de la banda que elaboraron extensos conteos de sus canciones favoritas. Encontré artistas (en formación y consolidados) de los cuales ya he compartido su talento, y hay que fortalecerlos y protegerlos de los personalismos, de las ganas de figurar que suele conducir a malos entendidos. Por encima de quién hace qué, hay que recordar que somos del mismo país. Y en esa medida, los organizadores deben prestarles más atención para enriquecer la experiencia. Para este caso las fricciones estuvieron a la orden del día con la organización del concierto, aspecto que debe evaluarse pues, como es obvio, también ellos pagan su boleta.

A todo el grupo les doy las gracias por aceptarme y que siga creciendo para grandes cosas. Por cierto, los invito a leer al creador del grupo en su crónica del concierto para la Revista Semana. 

7. La sinceridad. El cambio de escenario es el lunar más negro y verrugoso de este concierto. Sin entrar en detalles sobre la verdad, aunque existan contingencias que obliguen a tomar este tipo de decisiones, es importante respetar el derecho de los asistentes como consumidores. Este concierto se vendió hasta agosto con la idea de El Campín como escenario prometedor, y si bien no importaba el lugar, sino poder presenciar a la banda, resulta que sí importa. No es lo mismo: hay gente con necesidades especiales. No es igual esperar sentado en una silla a estar de pie cuatro horas.

Ahora, cada negocio que trataron de hacer con eso de Yonohagofila y demás es, además de impráctico, el peor reflejo del rebusque en este país. Ese mal de la tramitología cotidiana donde hay que hacer eternas filas para todo, llevado a un espectáculo no me cabe en la cabeza.

8. El costo de las entradas. La gente se quejó por eso, olvidando las circunstancias que influyen finalmente en el valor final. Nuestro devaluadísimo peso frente al dólar nos hace imposible una entrada a precio razonable. Eso sin contar con los sobrecostos que exigen las empresas que expiden la boletería (quien regula eso no hizo su tarea en este caso)

Lo triste del asunto es que se vendieron a último momento boletas por casi chichiguas, menos de la mitad de lo que costaban originalmente. Y esas boletas vendidas surgieron de la moda extendida por participar en cuanto concurso existió (concursos por demás absurdos), para que algunos hijos de vecino más inclinados al reguetón tuvieran en su poder hasta seis boletas de las dos localidades disponibles tras el cambio de escenario, listas para la venta.  Esto no es ilegal, pero el exceso de reventa por este motivo también me dejó un mal sabor de boca.

9. La promoción. Otro mega fail. Prácticamente a unas semanas del concierto se «activó» la promoción con concursos de bandas tributos, diseños de murales y regalos de patrocinadores (que crearon bastante descontento por los resultados) pero este concierto se anunció en ABRIL. ¿Siete meses para reunir 10.000 personas en el Parque Simón Bolívar? Ahora, vallas y eucoles en paraderos a dos días del evento con el dato errado del sitio del evento. Osazo.

Me desahogué. Para eso es este espacio. Los eventos de esta naturaleza salen bien si realmente hay un espíritu que convoca a trabajar en comunidad y mostrar una cara amable. La buena prensa también es eso. De lo contrario, estimados empresarios, sigan hundidos en su dulce quiebra.

Y para cerrar, la megapoderosa interpretación de mi canción favorita de Pearl Jam: Rearviewmirror,  el mejor cierre de este post para un gran evento, pero que en su preparación y organización ni para qué usar el retrovisor.  (Videos de Juan Carlos Ruiz en You Tube)

P.D Yo pagué mi boleta.

@juanchoparada

juanchopara@gmail.com

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PERFIL
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Periodista y filósofo. Máster en Dirección de Marketing Digital y Comunicación Web 2.0. Social Media Manager. Escritor cine, cultura, televisión, entretenimiento, sexualidad y tecnología.

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The Kindergarten Teacher (Sara Colangelo, EE.UU.) Más que una vuelta de tuerca a un probable trauma de la infancia, es un relato sutil que no es fácil de digerir. Aunque es del 2018 la vi en enero pasado y la recuerdo por su afilada tensión dramática. 3. A Rainy Day in New York (Woody Allen, EEUU) Sin ser una novedad en su ya larga lista de éxitos, Allen saca todo el jugo posible de una comedia romántica enredosa, de su natal New York y de la nostalgia que solo produce el ocaso de una larga carrera. 2. Litigante (Franco Lolli. Colombia) Como lo mencioné en su momento, es de las películas colombianas que me ha sorprendido gratamente por volver a esos relatos intimistas contados con cercanía, apoyados por actuaciones contundentes y un sinsabor que traspasa la pantalla. Una película realmente conmovedora. 1. Once Upon a Time In Hollywood (Quentin Tarantino EE.UU.) 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Mala leche y diversión a raudales. 9. You (Netflix) Adoro las historias de villanos que admiten sus fechorías en cámara. Fuera de ello, no es para nada aleccionador su tono en época del ego hiperexpuesto en las redes sociales. 8. Santos Dumont (HBO) Un buen ejemplo de lo que se debe hacer con la adaptación a la pantalla chica de la vida de un personaje real. 7. Fosse/Verdon (FX) Contar la historia del coreógrafo Bob Fosse y una de sus inspiraciones, Gwen Verdon requería moldear una puesta en escena tan vibrante como su relación. Afortunadamente se logró. 6. Sex Education (Netflix) La dosis perfecta entre drama adolescente con un sentido del humor desbordante. Altamente recomendable para ver de un tirón. 5. Euphoria (HBO) Funciona como contraparte de la anterior. Un relato más crudo y directo que habla de realidades que muchos prefieren ignorar como la salida más cómoda. 4. Years and Years (HBO) Una distopía que no parece muy alejada de la realidad. 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