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Y llegaron las tres primeras ficciones del 2016 a los canales privados. Caracol y RCN siguen «gemeliándose», aunque no precisamente en el mismo horario. Con trasteo y multiplicación de actores hasta en tres roles diferentes en cualquiera de las dos señales, con historias horneadas y cortadas con el mismo cuchillo y un sinfín de peros que no terminan de cuadrar, todo para pelearse por 10 puntos de rating y un insípido buzz mediático (cuando no autocomplaciente).

Si vamos a hablar un mismo idioma, telenovelas no son. Podrían cobijarse con el recién acuñado término de «Super Series» (Telemundo, please): historias que son pero tan pero tan pero tan buenas que debemos seguir a diario y que pasan ligero como rinse de cabello que ni se sienten.

Empecemos por «la más vista» (separada apenas por un punto de la siguiente producción «más vista» de la competencia): La Esclava Blanca es puro nitrato. Trata de tener el tono de una fastuosa producción (entiéndase grabar paisajes con drones como fastuoso), trata de mostrar un trasfondo histórico que nos sitúa en los albores del siglo XIX (amén de algún afán educativo, porque es lo que sacan a relucir con cualquiera de sus producciones) y trata de sostenerla con las interpretaciones de actores extranjeros en los roles protagónicos para darle verosimilitud.

Cuando era pequeño, mi primer contacto con historias ambientadas en la época de la esclavitud fueron las historietas. Les hablo de Carne de Ébano. El cómic basado en el argumento de la mexicana Yolanda Vargas Dulché. O la saga Fuego, también del país manito. Ambas publicadas por Editora Cinco. Sin discutir su rigor histórico y cierta artificialidad su gancho era creíble, tratando de no aislarse del conflicto en el que se enmarcaban.

En el caso de «La Esclava», ¿qué logró con eso? A mi juicio, la espectacularidad de los exteriores y la ambientación no me distraen del principal problema y es la intención: ¿es un drama romántico? Es pronto para decirlo. Como no es telenovela no hablamos de la nueva Corazón Salvaje o Amor Real (México). Mucho menos de su otro problema: su inequívoca comparación (nada absurda) con La Esclava Isaura (Brasil) ¡que de paso es blanca! Y ni busquemos punto de comparación con otro nuevo clásico del género como lo es la atrevida es Xica da Silva.  Hay que aclarar que la producción de Caracol no tiene que ver ni manifiesta alguna relación con la brasileña, salvo que se haya «inspirado» en ella. Veamos los primeros diez minutos del capítulo 1 de «Isaura»:

 

Si no es telenovela, ¿es un drama histórico? ¿De quién? ¿Hay algún personaje real involucrado? ¿La protagonista fue una defensora de los derechos de los esclavos? Entonces, ¿es una ficción documental? ¿Es una distopía? ¿Un homenaje vedado a Tarantino? Uy pues ahí ya me volé la barda. Básicamente no me la creo porque no es novedosa. No veo su aporte. Y ese mismo problema tendrá la versión calcada de Azúcar, que espero guarden para finales de este milenio. Tampoco es una historia de villanos, que bastante mal planteados están, ¿cómo el personaje de Miguel fragua un tráfico de esclavos, manda asesinar a un terrateniente y, de repente, se deja robar las llaves de su amante?

Ni hablar de la poca empatía con los personajes que accionan la trama. Ya me vale madres que a los padres de la protagonista se los hayan despachado a todo carbón. Ese defecto caracolero de contar seiscientos acontecimientos en 20 minutos… Sin embargo la Costa Atlántica gana nuevamente en este dúo caracolero, y por partida doble, pues a «La Esclava» la sigue el pesado lastre ese de «Sinú», a pesar de las críticas hacia la segunda.

RCN llegó con «Contra El Tiempo», y de nuevo sembró la amargura por el verdadero thriller televisivo. Los últimos que ha producido con moderada aceptación fueron remakes de historias chilenas. ¿Dónde Está Elisa? y El Laberinto de Alicia causaron sensación en su país de origen. Acá las acompañó el ulular del viento, sin importar los premios que ganaron. Nada pasó ni con el tema de feminicidios o el abuso sexual infantil. Pero ahí los tenemos insistiendo, esta vez con el tema de tráfico de órganos. Matando a Sebastián Martínez en los primeros capítulos de dos series consecutivas no van a causar la más mínima intriga, más bien lástima por él, que tomó el relevo de María Helena Döering en su casi eterno rol de madre-amiga-esposa asesinada en el debut de varias de sus telenovelas.

Las series de crimen deben provocar sufrimiento: por conocer la verdad, por solidarizarse con la víctima, por el drama moral y ético, por el falso culpable o el verdadero asesino. Aquí no pasa nada de eso. Las piezas son forzadas y hasta anticuadas: hermanos pero no de sangre y adoptados, el desastre del personaje de Diego Cadavid, quién era el que debía morir, llega a enamorarse de la novia de su hermano de mentiritas fallecido, no pues, qué conflicto moral. Cero arriesgada. Si van a retratar antihéroes que no sean tan pusilánimes e incoherentes.

Agregar a esto que les encanta matar la gallinita de los huevos de oro: moviendo horarios y quitando programas sin advertir al televidente terminaron arruinando su inicio de año tras la caída libre de Bailando por un Sueño.

Para rematar, les dejo una serie web mexicana sobre tráfico de órganos. Es de abril del 2015, hecha por un egresado de Publicidad y Medios de la UNITEC.

¿Qué opinan sobre las nuevas series que llegaron a la televisión privada?

@juanchoparada

juanchopara@gmail.com 

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Periodista y filósofo. Máster en Dirección de Marketing Digital y Comunicación Web 2.0. Social Media Manager. Escritor cine, cultura, televisión, entretenimiento, sexualidad y tecnología.

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1 Comentarios
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  1. jorge834714

    El autor está equivocado en un punto: Daniel (Sebastián Martínez) y Leonardo (Diego Cadavid) son hermanos de sangre adoptados por parejas diferentes. Digamos entonces que el conflicto moral prevalece.
    En todo lo demás, estoy de acuerdo.

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