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Diego García, director de la RAPE; Edgar Oviedo, Ingeniero Forestal; Otoniel, indígena Nasa; Daniel, indígena Misak; y yo, en el Alto del Oso en la Uribe, Meta.

La Ruta de Integración para la Paz es un recorrido por el otrora camino de la guerra, deambulado por las FARC y luego por el Ejército Nacional, un territorio abandonado que, gracias a los acuerdos de paz, se puede recorrer hoy en día y que tuve el privilegio de conocer en días pasados, gracias a la invitación de la RAPE – Región Central, entidad que viene liderando la iniciativa para convertir esta zona en una zona simbólica para la reintegración del país. La mayor parte del recorrido se hace caminando y es, sin duda, una de las rutas de senderismo de más alta dificultad en el país pero de mayor valor también. Por esto y la historia de conflicto asociada al territorio, me vino a la cabeza un libro que leí hace un tiempo, “La Divina Comedia” de Dante, escrito en los primeros años del Siglo XIV y que se convirtió en un ícono literario de la historia. Reconocido, además, como uno de los mejores libros que se han escrito hasta el día de hoy. Este camino lo transporta a uno, el visitante (caminante), al infierno, al purgatorio y al paraíso, todo al tiempo, al escuchar las historias que cuenta la montaña.

La Ruta inicia en Icononzo, en Tolima, municipio del cual he podido hablar en varias oportunidades anteriores (De Héroe de Guerra a Héroe de la Paz y Oda a la Bicicleta), para luego pasar al municipio de Cabrera y posteriormente, hasta el Páramo del Sumapaz, en zona rural de la capital del país, de donde se camina hasta la Uribe, en el Meta. La Ruta se puede hacer por partes, es decir, por trazados y según el plan que cada uno quiera. Es decir, una familia puede ir a Icononzo y pasar por el Puente Natural de Pandi, el parque del municipio, conocer las historias del café, montar en bicicleta, conocer de primera mano las historias del conflicto armado, o simplemente disfrutar del agradable clima, de los espacios de naturaleza, entre otros. En Icononzo se puede pasar desde un día, hasta tres, en un plan más familiar, de reflexión, de descanso. Cabrera es ideal para los amantes de la cultura campesina y próximamente será escenario del Museo de Luchas Agrarias, donde se contarán las historias de cómo el campesinado colombiano se ha levantado en la búsqueda de sus derechos. Con el tiempo y por los escenarios que tiene este municipio será, además, un ícono de los deportes de aventura en esta zona de Cundinamarca. De hecho, un gran plan es montar en bici desde Icononzo hasta Cabrera, por carreteras terciarias y fabulosos paisajes. Incluso, desde Cabrera hasta el Sumapaz, en la ciudad de Bogotá.

La capital del país, siendo la urbe más grande del país, llena de cemento por doquier, tiene también zonas rurales maravillosas y al alcance de todos. Se habla, entonces, del Páramo más grande del mundo, una de las fábricas de agua más poderosas del planeta y un ecosistema estratégico para Colombia. Es, además, la porción de tierra que conecta a Bogotá con los departamentos de Huila, Meta y Cundinamarca, un punto estratégico que fue aprovechado por años por la otrora guerrilla de las FARC como corredor para el paso de sus milicias, de secuestrados, de mercancía, alimentos, armas, etc. Durante años, fue un camino de guerra y hoy busca convertirse en una ruta de senderismo, para el disfrute de la montaña, una de las más grandes pasiones para aventureros aguerridos y exploradores, además de una ruta de memoria, apta para todos aquellos que quieran conocer de primera mano, las historias que guarda el Cañón del Duda, desde su nacimiento, hasta el alcance de su esplendor.

La RAPE – Región Central, es la primera entidad pública regional creada en el país (2014), con el propósito de impulsar y articular planes regionales de desarrollo económico y ambiental en los territorios del centro del país. En términos generales, sirve para trabajar proyectos tales como el de la Ruta de Integración para la Paz. Son ellos quienes han salido con esta propuesta ambiciosa, de la mano de su director, Diego García y con quien tuve la posibilidad de recorrer estos caminos, analizando la viabilidad del proyecto, entendiendo cómo funciona el territorio y lo que ha tenido que soportar durante tantos años. Y es desde la montaña misma y la sensibilidad que despierta esa conexión, que escribiré las líneas siguientes en las que narraré mi experiencia caminando desde el Sumapaz, hasta la Uribe en el Meta.

La gran aventura de la Paz – Del infierno, al purgatorio y, de este, al cielo

Después de viajar desde el municipio de Cabrera, llegamos a San José de Sumapaz para pasar la noche en una casa de encuentro, en medio del frío del páramo pero con la calidez de una familia que nos recibió a mí y a varios aventureros más, con comida, aguadepanela y la amabilidad que caracteriza al campesino. Al día siguiente, nos levantamos todos para iniciar el recorrido sabiendo que sería duro y que no habría cómo devolverse. Eran las 6 y 30 de la mañana cuando empezamos a caminar, motivados por un día soleado, un desayuno generoso y un chocolate para llenarse de energía. Los frailejones, imponentes, hermosos, marcaban el camino del paraíso terrenal, el aire más puro que se pueda respirar, ¡y estábamos en Bogotá! A lo lejos, se divisaba el Batallón Las Aguilas del Ejército Nacional, en un lugar que antiguamente fue un fortín de las FARC por su ubicación estratégica entre las montañas. La sensación de paz no podía ser mejor a lo largo del camino cuando de repente, escondida entre la montaña y casi pasando desapercibida, apareció la Laguna de Mortiños, un cuerpo de agua bellísimo y majestuoso, centro de pagamento de los Muiscas y rodeado de vegetación de páramo, casi a 3.800 m.s.n.m. y límite de la ciudad capital. Perfecto punto de hidratación, de reflexión, de fotografía, meditación, etc. Además, último punto para poderse devolver, antes de ingresar a una especie de túnel sin salida.

Aún en la mañana y con sol, continuamos camino hacia la escuela de Tempranos, un pequeño caserío entre las montañas. El camino, poco a poco, se ponía pesado, difícil pero contrastaba con el entorno de naturaleza con caídas de agua, aves, más frailejones y una que otra vaca invadiendo el páramo y comiéndose estas plantas fabricantes de agua en un claro atentado contra el ecosistema. En esta parte del páramo, nacen el icónico Río Duda y con el que compartiríamos los días siguientes, además de otros de gran importancia como el Tunjuelo, Sumapaz, Blanco, Ariari, Guape, y Cabrera. Verlos nacer tan pequeños, parecía un milagro de la vida. Ya a estas alturas, iniciamos el descenso y las rodillas y los pies empezaron a sufrir con tanta piedra, la estrechez de los caminos y las elevadas pendientes. Tras varias horas de estar caminando, el páramo se fue diluyendo y la vegetación del bosque andino empezó a surgir, cambiando absolutamente el paisaje.

De repente, apareció una Palma de Cera en medio de un bosque de niebla y nuestros guías nos dijeron que, en este punto, se habían dado importantes confrontaciones en la guerra de la Época de la Violencia, donde hubo también un recordado bombardeo que dejó muchas almas en este escondido rincón del planeta. En este sentido, me empiezo a imaginar la guerra y el dolor causado, pienso en el libro de Dante y me sitúo en el infierno, tras el difícil descenso y la llegada a este lugar tan bonito pero difícil de digerir. Tantas historias guardan las montañas, tantos secretos, tanta alegría y tanto dolor. El camino aquí ya se ponía terrible, parecía interminable, infinito, tortuoso por las piedras, por el barro, por las rodillas, por los tobillos, por los pies. Hasta que al fin, desde las 5 de la tarde, empezamos a llegar a nuestro refugio, la Escuela de Tempranos, donde nos esperaba la comida caliente, reconfortante y nutritiva, tras una primera jornada de altísima dificultad.

Al despertar, pudimos ver un paisaje hermoso, en la mitad de la nada, rodeados de verde y en la escuela, pudimos ver las dificultades de las personas que habitan este territorio. ¿Cómo puede un profesor estar en este lugar?, ¿cómo pueden venir los niños a estudiar? El terreno es difícil, la escuela tiene muchas falencias a todo nivel. Definitivamente, la desigualdad en el país se hace evidente en un lugar como estos y no extraña que muchas veces los niños ni lleguen a estudiar, lo que explica por qué el promedio de años de estudio en zonas rurales del país alcanza tan solo 5 años en toda la vida de la población cuando, en las urbes, se espera que en el peor de los casos, las personas terminen los once años que implican obtener un título de bachiller. Dante pensaría que estas personas que habitan esta zona, están condenados a sufrir por las penas cometidas en vida, por algo decía, “la misma falta de conocimiento que manchó su vida, los vuelve ahora desconocidos”. Pero, cuando se trata de una comunidad campesina y niños, uno no entiende por qué suceden estas cosas en Colombia. De allí la importancia de impulsar, con mayor razón, este proyecto de la Ruta de Integración para la Paz.

Después del desayuno seguimos nuestro camino hacia el centro más poblado del trayecto, en un lugar que se llama Centro Duda. Si bien se pensaba que la primera jornada había sido difícil por las rocas y por los ascensos y descensos, esta parecía más sencilla. Pero, poco a poco y a medida que avanzábamos, fuimos cayendo en las trampas del barro en donde caíamos, nos enterrábamos, sufríamos las inclemencias de un terreno que parecía no apto para ser transitado, hasta que caíamos en cuenta que aquí se produce buena parte del fríjol y la arveja que se vende en Bogotá. Entonces, solo entonces, pudimos caer en cuenta de lo que luchan y trabajan los campesinos de nuestro país para que podamos tener la comida en la mesa, y aún así, nos quejamos porque les falta sal, porque no están bien presentados, o porque les falta sabor. Qué ignorancia la nuestra, y eso que estudiamos 11 años de colegio y muchos de nosotros, carreras profesionales, especializaciones, maestrías y hasta doctorados. Vuelven las palabras de Dante, “¡Ay!, exclamó el uno de ellos, si la miseria de esta movediza arena y nuestro denegrido y llagado aspecto no inspiran más que desprecio hacia nosotros y nuestras súplicas, sea nuestra fama la que mueva tu ánimo a decirnos quién eres, que tan sin riesgo estampas tus plantas vivas en el Infierno”. Y mientras nos quejábamos internamente, Luis Salazar, líder de la zona, nos contaba cómo murió su padre en circunstancias inexplicables en medio de la guerra (presunto falso positivo) y que por estos caminos tuvo que cargarlo dos días al hombro para llevar el cuerpo a Medicina Legal y resolver un caso que nunca fue atendido. Así, tras otra jornada tremenda, llegamos al centro poblado donde, nuevamente, nos recibieron con comida, caras sonrientes, gran amabilidad y don de gentes, en el mismo lugar donde vive el hermano no guerrillero del Mono Jojoy.

En este lugar, el grupo se partió en dos por diferentes motivos y restricciones de tiempo, además de las capacidades físicas de cada quien. Salimos de aquí un reducido grupo de 8 personas, con rumbo a la Uribe, esperando llegar lo más lejos posible esa noche para descansar en algún lugar, sabiendo que hay algunas casas en el camino pero que todas estas se encuentran deshabitadas. Llevamos lo justo de equipaje, comida y salimos nuevamente a andar, en un clima cada vez más agradable y cómodo. El camino, difícil, parecía algo más fácil que los días anteriores aunque con algunos ascensos y descensos complicados pero con imponentes paisajes. En esta parte del trayecto, uno se siente absolutamente minúsculo entre las montañas, que cada vez parecen más como la madre tierra guiando nuestro andar. Pasamos por la Caucha, lugar que fue campamento del secretariado donde era posible encontrar a Manuel Marulanda Vélez – Tirofijo, a Jacobo Arenas y otros por los años ochentas y lugar que fue centro de reclutamiento y de entrenamiento de las FARC hace ya varios años. Es un lugar donde se han encontrado, tal vez, la mayor cantidad de fosas comunes con guerrilleros ajusticiados por sus errores y fallas. La guerra deja sus huellas en todas partes y hace que uno reflexione, ante tantas muertes, curiosamente, en la vida. Cada paso se empieza a agradecer por la fortuna de estar ante tan exuberante belleza y los contrastes aparecen todo el tiempo. De hecho, uno de los lugares y momentos más bellos que he vivido en mi vida, me lo encontré cuando paramos a almorzar en la cima de una montaña, cuando apareció el arco iris más colorido, intenso y pronunciado en medio del Cañón del Duda. La mente, mientras tanto, dando mil vueltas y yo seguía recordando a Dante, esta vez en el purgatorio con sus reflexiones, “¿cómo puede ser que un bien repartido entre varios enriquezca más a sus poseedores, siendo muchos, que si son pocos los que lo disfrutan?”. Uno aquí no tiene señal de celular, la ropa se vuelve nada entre el barro, la lluvia y el sudor, ¡tantas cosas materiales nos hacen tan dependientes, cuando en algo tan simple y a la vez tan complejo como la montaña, se generan tantas sensaciones y emociones! Así, un paso tras otro, fuimos llegando, ya de noche, a descansar.

Al día siguiente retomamos el camino, ya todos cansados, hasta que llegamos a un duro descenso, pasando la famosa Casa Verde, campamento madre de las FARC, bombardeado en el gobierno de César Gaviria, tras un esfuerzo malogrado de un proceso de paz en el gobierno de Virgilio Barco. Así, seguimos hasta llegar al río Duda, el que días atrás vimos nacer y que a estas alturas del camino, era ya un cuerpo de agua hermoso, grande, caudaloso en una parte, pero tranquilo en otra y decidimos bañarnos en esa agua fría, transparente y sanadora. Qué recarga energética es este lugar. En todo el viaje, no hay un lugar donde haya descansado más, que en este punto. Pero aún faltaba mucho y decidimos seguir. Ya en este punto, quedamos solamente Diego, director de la RAPE, Edgar, un ingeniero forestal y temible escalador de la montaña, Otoniel, indígena Nasa, Daniel, indígena Misak, una mula que nos acompañó y ayudó con la carga y yo. Retomamos nuestro rumbo, siendo la meta, llegar a la casa de Daniel, donde ya habíamos estado algunos meses atrás y donde podríamos encontrar gente, comida, calor de hogar y hasta cerveza. Pero aún faltaba mucho. De hecho, faltaba la pendiente más difícil. Prácticamente 2,5 kilómetros de un ascenso inclinadísimo. Diego tomó inicialmente la punta, pero fue luego Edgar quien nos dejó atrás. Fue una lucha larga donde las piernas protestaban y temblaban del esfuerzo. Hasta que llegamos a la aparente cima, para darnos cuenta que debíamos seguir subiendo, ya no en una pendiente tan alta, pero sí faltaba mucho todavía para llegar al Alto del Oso, donde encontramos a Raúl, un campesino de la zona que nos brindó agua con azúcar y una agradable charla para tomar un descanso.

Continuamos nuestro recorrido, más unidos, más cerca, más conectados, como en otra dimensión. El cansancio, las condiciones, el último ascenso, la charla con Raúl, éramos como una unidad, cada vez más cercana, más fuerte, más solidaria. Otoniel, siendo muy reservado y callado, empezó a contar sus historias de cómo sus abuelos salieron del Cauca evadiendo la violencia y de cómo se enamoraron de estas montañas sin pensar que terminaría la misma guerra acabando con su vida y en estas mismas porciones de tierra, tras el bombardeo de Casa Verde y dejando a toda su familia en medio de las balas y las bombas en esta región. Luego, en medio del camino, Daniel recordó aquél día en que a sus escasos trece años el Ejército Nacional lo capturó y lo amarró a un árbol sin saber qué pasaba. Después de unas horas, lo soltaron y un soldado le confesó que sin bajas no les llegaban suministros, por lo que estuvo a punto de perder la vida, si no es porque se encontró con otro vecino que prácticamente que le salvó la vida. Según decía él, en la guerra hay gente buena y mala en todos los bandos y que las armas y el poder, sacan lo peor de cada quien, más en una tierra que no es de nadie y donde las historias se las come la montaña.

Luego empecé a pensar nuevamente en la viabilidad de convertir este recorrido en una ruta turística y me causó cierta gracia. Me reí para mis adentros. Por un lado, es un sendero de altísima exigencia, pero por otro, también pensé que es una manera muy útil de aprender historia de Colombia. Luego, seguí pensando y definitivamente creo que es un lugar al que todo amante de la naturaleza debe ir. Ahora, según la capacidad física, organizar un viaje de más días, quizás el doble, para ir a buen ritmo pero sin forzar tanto el cuerpo. En fin, no importa, este lugar es un museo abierto de memoria histórica del conflicto armando colombiano para el mundo entero. De repente, me sentí feliz, feliz por estar allí, rodeado que gente buena, de haber sido privilegiado con esta experiencia. Sentí que Diego García tenía en sus manos uno de los proyectos más ambiciosos y necesarios dentro del proceso de construcción de paz en Colombia y me sentí agradecido por estar allí, aportando mis ideas para este proyecto. Cada vez más cansados, ya de noche, seguíamos caminando y empezamos a escuchar ladridos y a ver la luz de la casa de Daniel en la distancia. A eso de las 9 de la noche, llegamos y su madre nos tenía una suculenta comida, acompañada de cerveza, para la gloria de haber logrado esta travesía. Al otro día, la caminata sería más corta, de unas tres horas nada más y luego de allí, saldríamos a buscar el carro que nos esperaba para regresar a Bogotá.

Esa noche pensé que la montaña era como describía el alma enamorada Dante, ya en el cielo, “Mi alma enamorada, que no puede apartarse un punto de mi Señora, ardía más que nunca en deseos de contemplarla; y si naturaleza y arte produjeron encantos que halagan la vista para seducir la mente, ya en el cuerpo humano, ya por medio de sus pinturas, todos juntos parecían nada en comparación del divino placer que embargó mis sentidos al fijar de nuevo los ojos en su apacible rostro; y el aliento que me comunicó su mirada, arrancándome del hermodo engendro de Leda, me impelió hacia el velocísimo cielo que tenía cercano”. Si bien tenía sueño y estaba cansado, la montaña seguía en mí como cuando uno va al mar y siente el oleaje y la brisa después de haber ya regresado a casa. Pensaba, solo pensaba, ¿cómo podemos todos ayudar a que no haya más conflicto? La guerra es triste, no tiene piedad, no deja nada bueno, solo crea más rencor y odio de parte de los que pierden la confrontación. Las armas solo sirven para destruir, nunca para construir, pero debemos a aprender a resolver nuestras diferencias de otra manera, como lo hizo alguna vez Gandhi con lo que llamó “Satyagraha” o no violencia activa, una forma de oposición activa, no violenta.

Y allí, en la Uribe, Meta, en un bellísimo pueblo lleno de riqueza natural, termina o inicia, según se mire, la Ruta de Integración para la Paz. En aquel lugar que fue, en su momento, parte de la zona de distensión creada por el gobierno Pastrana Arango, hoy se invita a pensar en una nueva Colombia, en paz, donde los egos y odios se dejen en la montaña, mientras se contempla la riqueza natural y paisajística de uno de los rincones más olvidados del planeta. Agradezco nuevamente a la RAPE – Región Central por su voluntad, a su director, Diego García, por medírsele a este cuento y a la gente de la región por su calidez, bondad y servicio a lo largo de este recorrido. Es, sin lugar a dudas, una de las mejores experiencias que he tenido en mi vida. Pienso que todos somos copartidarios de la paz en nuestro país y qué mejor manera de contribuir desde los viajes y el turismo, ¡la integración es el primer paso para la reconciliación!

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PERFIL
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Maestrando en Pensamiento Complejo de la Multiversidad Mundo Real Edgar Morin en México, Máster en Periodismo de Viajes de la Universidad Autónoma de Barcelona. Especialista en Evaluación y Desarrollo de Proyectos, Economista y profesional en Finanzas y Comercio Internacional de la Universidad del Rosario. Sus líneas de investigación abarcan: Felicidad, Desarrollo y Pobreza, Paz y Posconflicto, Planificación y Gestión del Turismo, Viajes y Turismo.

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