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En 1994, John Zaritsky y Virginia Storring produjeron un episodio para el programa televisivo Frontline que relataba el inenarrable drama de Bosko Brkic, serbio, y Admira Ismic, musulmana, que, con apenas 25 años, fueron abatidos por un francotirador cuando intentaban escapar de la guerra en Bosnia-Herzegovina. La pareja que murió entrelazada fue conocida desde entonces como Romero y Julieta de Sarajevo. Su drama refleja el de las 150 mil vidas que se apagaron en las guerras yugoslavas. El 11 de julio se conmemoraron 25 años de la tragedia de Srebrenica, uno de los capítulos más sangrientos de la historia reciente de Europa y debe servir para reflexionar sobre los riesgos de las disputas jalonadas por las diferencias religiosas, lingüísticas y étnicas. De la misma manera, mostró el peor rostro de una comunidad internacional que desatendió los llamados angustiosos de una población exterminada en las peores condiciones. 

A comienzos de los 90 comenzaba la desintegración de Yugoslavia uno de los proyectos socialistas más moderados, en especial en el sentido económico, alejado de la línea soviética y pionero de la política del no-alineamiento. Las tensiones intercomunitarias se agudizaban e invocando razones étnicas y religiosas Eslovenia, Croacia y Bosnia-Herzegovina buscaban mayor autonomía respecto de Serbia, la nación que concentraba el poder en el seno de la federación. El mundial de Italia de 1990 será recordado como la última aparición oficial de las selecciones de la Unión Soviética y de Yugoslavia, con quien Colombia perdió 1-0. Para muchos aquella selección de Davor Jozic, Darko Pancev y Dragan Stojkovic mereció mejor suerte, pero fue eliminada en cuartos de final y por la vía de los penales por Argentina. Quedaría como legado del vistoso fútbol yugoslavo la conquista del Estrella Roja de la copa de campeones de Europa en 1991 (equivalente actual de la liga de campeones). Ese esplendor, sin embargo, contrastaba con la fragmentación interna que marcaría su fin.  

En 1991 Eslovenia, la nación más próspera de la federación declaró su independencia activando un conflicto que terminó con su salida y a la postre, sería la primera nación balcánica en ingresar a la Unión Europea. Croacia siguió ese camino y estalló un conflicto de proporciones mayores y que serviría de augurio para el peor de todos los capítulos de las guerras yugoslavas: la independencia de Bosnia-Herzegovina. Los conflictos de Croacia y de Bosnia se convirtieron en masacres prolongadas contra civiles. Las imágenes de la destrucción de Dubrovnik y de Vukovar en Croacia recorrieron el mundo ante la estupefacción e incomprensión.

Pero sin duda, Srebrenica sería el peor de los escenarios. Ubicada en Bosnia, era una zona protegida por las Naciones Unidas con tropas neerlandesas que albergaba niños, adolescentes y adultos mayores que se refugiaban de las constantes ofensivas serbias. Entre el 11 y el 18 de julio de 1995, unas 8000 personas, entre hombres y niños, fueron asesinados por paramilitares serbios al mando de Ratko Mladic y de Radovan Karadzic. Las mujeres que fueron apartadas fueron víctimas de todo tipo de agresiones. Hasta la fecha, unos 6900 cuerpos han sido hallados y reconocidos, pero quedan más de mil dispersos por el territorio, lo que solo ahonda el dolor de las víctimas. Serbia, receptora de las críticas internacionales, ha modificado su postura con el paso de los años, y a pesar del escepticismo, capturó y entregó al Tribunal Penal para la exYugoslavia a Mladic y Karadzic sobre quienes pesa la cadena perpetua.

Valga decir de todos modos, que la historia varía de un territorio a otro, y algunos serbios los perciben como héroes nacionales y no como criminales. Serbia que considera que ya ha contribuido lo suficiente con varias de las capturas se ha sentido maltratada por una comunidad internacional, que impotente o cómplice, aceptó los bombardeos de 1999 perpetrados por la OTAN con consecuencias catastróficas sobre la población y que sobrepasaron varios márgenes de la regulación de la guerra. Aunque Serbia haya avanzado en varias concesiones con el ánimo de ingresar a la UE, Belgrado no reconoce el carácter de «genocidio», pues rechaza la tesis de un intento por acabar con una parte de la población bosnia y cualquier responsabilidad de Estado. Entre tanto, las narrativas nacionalistas tan riesgosas en una zona de tantas heridas históricas avanzan con fuerza y debilitan las posibilidades de una reconciliación lejana pero necesaria.

@mauricio181212

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Profesor de Estudios de América y Latina y el Caribe e Introducción a las Relaciones Internacionales en la Universidad del Rosario. Doctor en Ciencia Política de la Universidad de Toulouse I.

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