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La tercera parte es la mejor. Se compone de pequeñas piezas subtituladas. Cada una tiene un tono de ensayo bastante ajustable a la narración. Es normal que en la larga noche de una novela sólo unas páginas destellen. En la subtitulada “Encuentro”, en especial, el autor nos habla desde la catedral San Bartolomé de Fráncfort: “estoy aquí por una beca que me han otorgado para terminar de escribir mi novela.” (p. 264). Su novela es desde luego la que leemos, Tríptico de la infamia, publicada por Mondadori en 2014 y ganadora este año del Premio Rómulo Gallegos.

 

Aunque se vende como novela histórica, en ella se me ha hecho más literario el presente real del autor que el pasado imaginario de sus personajes. Al menos a mí me costó mucho trabajo leer las dos primeras partes del Tríptico de la infamia. Me resultó lenta y seca, pesada, la prosa de los primeros capítulos. El tema no me decepcionaba, pero tampoco me obsesionaba.

 

La primera parte se enfoca en Jacques Le Moyne, un pintor francés del siglo XVI. Un narrador omnisciente comienza por contarnos cómo se aventuró a la península de La Florida como parte de una de las primeras expediciones de colonos protestantes en Norteamérica. En aquellos siglos, más que por el lugar de nacimiento, la nacionalidad se constituía por la religión que se practicara. Se era de nación católica o protestante; judía o musulmana. Le Moyne era de Francia –un Estado católico–, pero su nacionalidad era protestante. Doble contraste.

 

El capitán René Laudonnière comandaba el barco que lo arrojó al Nuevo Mundo. En el capítulo 12 de la primera parte, de repente, el narrador inserta un discurso de este capitán al soltar anclas en algún cayo de La Florida: “Somos franceses respetables, dignos súbditos del rey Carlos IX, admiramos las virtudes del almirante Gaspard de Coligny, seguimos las enseñanzas de Calvino, y no tenemos nada que ver con la crápula española que ejerce la saña contra los nativos”. (p. 35). El narrador omnisciente se solidariza con el protestantismo del protagonista y es avaro en las descripciones. Le Moyne comulga con el puritanismo y no experimenta ninguna pasión por Caroline, una de las franceses de la colonia, ni por ninguna indígena. El erotismo brilla por su ausencia.

 

A veces se mete en la mente del pintor: “Nunca antes había visto tanta luz extendida en el cielo, en las aguas, en las copas de los árboles.” (p. 37). Con todo, no abundan las imágenes. Se diría que conteste con el protestantismo hay en esta novela cierta iconoclastia, es decir, ausencia de imágenes. La visión de los timicuas –los indígenas de La Florida– es demasiado simple porque así lo quieren los dibujos de Le Moyne: “Reproducían diversas actividades del trajinar de los timucuas. Labores de cacería y agricultura, actividades de recreación, el rito en que las madres sacrificaban cada año su primogénito al rey…” (p. 96). Nada nos dice el narrador contra esta práctica cruel del sacrificio humano. Al final de la primera parte, cuando Caroline salva los grabados del pintor Le Moyne en el asalto de los españoles, la descripción no es verosímil.

 

La segunda parte es sobre el pintor François Dubois. Algunos fragmentos están narrados en primera persona. El pintor Dubois lanza apologías al protestantismo: “para salvarse solo bastaba la fe y no esa práctica laberínticamente burocrática de la confesión y las indulgencias”. (p. 127). El narrador nos aclara que siendo protestante Dubois no abjuraba de las imágenes. Por el contrario, goza al describir el cuadro más famoso de Jan van Eyck, en el que una mujer embarazada conversa con su marido enjuto en carnes. Aquí el narrador ensaya una suerte de écfrasis:

 

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“una alcoba en la que un par de amantes se prometen ternura y fidelidad. Arnolfini y su mujer están de frente. Ella viste un traje cuya cola se desparrama contenidamente por el suelo. El verde y el azul de las prendas son vivísimos y a la vez calmos. Los senos se adivinan diminutos, sostenidos por un cinturón primoroso, y dialogan con la suavidad de las facciones de una tez blanca y ligeramente sonrosada. […] Pero ambos personajes se aman, y acaso en toda la pintura que he visto no he encontrado un pudor más sosegado…” (p. 137).

 

El pintor Dubois a veces se queja de la sed de venganza del protestantismo: “no hay peor tiranía que aquella que nos azuza, día tras día, hacia una ansia de venganza contra el otro.” (p. 169). Pero en la tercera parte, cuando quien habla ya es el narrador o el autor de la novela, el protestantismo se exalta al grado de lo apologético: “En primer lugar, está el verdadero hombre cristiano, el reformado –para mejor decirlo–, como punto de valoración de los actos que suceden. Estos se presentan entre los bárbaros indígenas y los crueles españoles”. (p. 230). La crueldad de la conquista de América se debe a que, en ella, no estuvo presente la misión protestante.

 

Esa es la conclusión que le arrojan los 300 grabados con que Théodore de Bry ilustró la edición francesa de la crónica de Bartolomé de las Casas, Tiranía y crueldades de los españoles, perpetradas en las Indias Occidentales, llamadas el Nuevo Mundo (Lieja, 1579). Lo paradójico es que en la pieza titulada “Lieja”, ya en la tercera parte de la novela, el autor deslice sin darse cuenta su preferencia por la cultura católica en contraste con la cultura protestante: “Lieja es sucia y caótica o al menos así lo siento cuando la comparo con Fráncfort.” (p. 233). No se trata, en ningún momento, de una novela teológica o religiosa. En la galería Wittert, mientras el autor consulta algunos cosas de los hugonotes, la bibliotecaria le pregunta en francés si él es protestante: “Le contesto que soy ateo y que si de todas maneras hubiese una religión que me atrajera no sería el tortuoso e intolerante cristianismo en todas sus modalidades, sino tal vez la sonriente serenidad del Buda.” (p. 236). ¿No hay más bien cierta tolerante frivolidad que un interés por una historia comparada de las religiones?

 

Pablo Montoya estudió música. Se nota por esta comparación: “Una suerte de vibrato percusivo se evapora en el aire”. Como el presente y el pasado se amelcochan en la tercera parte de su novela, al hablar de la indígena Anacoana, desde luego el autor salta de la mención de Bartolomé de las Casas a la de Cheo Feliciano.

 

En Lejos de Roma, otra de sus novelas “históricas”, Pablo Montoya también se permitió este tipo de anacronismos literarios. Aparentemente evoca el exilio de Ovidio en una isla del Danubio, en los confines del imperio romano, pero de repente el Ovidio novelado ya ha leído a Kafka, a Borges y a Roberto Bolaño.

 

Cinco años antes de escribir Tríptico de la infamia, Pablo Montoya publicó un ensayo sobre la novelística histórica en Colombia: Entre la pompa y el fracaso (Universidad de Antioquia, Medellín, 2009). El título se hace enigmático si nos preguntamos qué hay en medio de la pompa y el fracaso: ¿la sencillez y el éxito? Con cierto miedo a la pompa y al fracaso, como vemos, Pablo Montoya concibió su Tríptico de la infamia. Le salió una novela exitosa, pero sin esplendor.

 

Convendría preguntarle a Pablo Montoya si en su concepción de la “nueva novela histórica” (y en ello veo también a Enrique Serrano) no pareciera reaccionar, atacar el esplendor de aquellas “novelas históricas” verdaderamente deslumbrantes de las generaciones anteriores: El siglo de las luces (1962) de Alejo Carpentier; Bomarzo (1962) de Manuel Mujica Lainez; La tejedora de coronas (1982) de Germán Espinosa; Noticias del imperio (1987) de Fernando del Paso… Yo pensaría que no es gratuito el elogio del protestantismo en Tríptico de la infamia: ¿se trata de un velado ataque al barroco, el arte de la Contrarreforma?

Algo similar –pero ya se me ha desdibujado la trama– percibí en La sed del ojo (EAFIT, Medellín, 2004), otra novela de Pablo Montoya sobre las primeras fotografías eróticas en el París del siglo XIX.

Por último, si ha sido publicado en Bogotá por Alfaguara y Mondadori, quisiera también preguntarle a Pablo Montoya por qué se sigue considerando un escritor periférico en Colombia, según lo declaró en su discurso de recepción del Premio Rómulo Gallegos. Algo más para acabar: ¿no hay una auto-marginación latinoamericana al desdeñar de lo hispánico y manifestar a cambio cierta excesiva admiración por lo francés? Es un rasgo, por lo demás, ya señalado por el crítico uruguayo Fernando Aínsa.

Sebastián Pineda: @motivodepineda

Anexos:

Discurso del Rómulo Gallegos: http://www.elespectador.com/noticias/cultura/labor-del-artista-necesaria-articulo-576677

 

Diálogo con Fernando Aínsa sobre Lejos de Roma: http://www.journals.unam.mx/index.php/archipielago/article/viewFile/24388/22920

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Dr. Profesor-investigador universitario, autor de algunos libros sobre crítica e historia literaria y de las ideas. E-mail: sebastian.pineda@iberopuebla.mx Twitter: @motivodepineda Imagen: pintura de Yolanda Pineda

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4 Comentarios
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  1. Estimado Sebastián:
    Me dio mucho agrado leer esta crítica. Estoy en completo desacuerdo con los comentarios anteriores a este. Generalmente no suelo escribir este tipo de respuestas (dada la poca calidad de los argumentos expresados por los comentaristas más insidiosos -para utilizar el adjetivo usado por ellos-), pero siento que usted debería saber que no todos sus lectores tienen semejante opinión. En primer lugar, no he leído la novela de Montoya así que no me puedo aventurar a dar un juicio certero, pero sus novelas anteriores sí caen en las mismas fallas que usted comenta. En segundo lugar, el panorama de la crítica literaria en Colombia es terrible. Por un lado, los mismos críticos ya no se atreven a hacer una crítica negativa de algún libro, o bien sea por falta de rigor intelectual o por amistad con el escritor. Ganar el premio Rómulo Gallegos (o cualquier otro) no lo exime a uno de una crítica sincera y del escrutinio de su trabajo. Como lectores es nuestro deber pensar la literatura colombiana para descubrir una parte de nuestra identidad. Mi ámbito de estudio es la poesía, y puedo afirmar que la poesía de Montoya también incurre en ese tipo de metáforas abstractas y fallidas como la del ‘vibrato’.
    En fin. Sebastián: gracias por ser un lector sincero, que es en último término lo que justifica el oficio.

    • Don Pedro Eslava: Gracias por su comentario. Toda crítica es desde luego insidiosa. De otro modo sería mero elogio o apología. ¿Dónde vio usted, en mi reseña, teoría? Todo lo que se ha citado proviene de la novela, en la que ante todo me interesa lo que narra. Forma y fondo no se pueden separar. ¿Ha leído usted la novela de Pablo Montoya?

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