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Eran las tres de la tarde, el verano en Suiza no era otra cosa que ese clima riquísimo de las montañas colombianas. Caminar por las calles de Berna era como visitar un museo. Nuestros ojos absorbían la arquitectura mientras Norina nos guiaba hacia un parque para descansar. La emoción de estar en Europa por primera y tal vez única vez, me impidió percatarme que había perdido la chaqueta que amarraba mi cintura.

– “Espérenme aquí”, dijo Norina y rápidamente desapareció entre la gente que caminaba de prisa a la estación del tren.

Diez minutos después, Norina apareció con mi chaqueta en su mano. Un ciudadano la había encontrado y puesto en un lugar de rescate. Esto me sorprendió en gran manera.

Del milagro de estar en Suiza, lo que más me gusto no fueron las clases, los castillos, los lagos o los distintos sabores del queso, sino el cruzar la calle sin sentir que moriría en el intento. Entender para qué sirve una cebra peatonal, montarme en el tren y en el tranvía sin ayudante, entrar a los jardines y cultivos de los vecinos sin temer que un Pastor Alemán nos intimidara; comprar flores sin tendero y sacar las vueltas sin vigilante; andar en bicicleta al compás de una naturaleza idílica, extrañarme al encontrar basura en el suelo.

¿Cómo era posible? No soy de las personas que cree en una mística superioridad humana. ¿Era esta una virtud del Estado suizo que garantizaba todo tipo de derechos y libertades? Bueno, eso no fue lo que experimenté. Lo que viví fue una sociedad cuyos individuos cumplen con sus deberes.

Eran las 12 de la medianoche, estaba sentada afuera de la pequeña sede de la Universidad de las Naciones en Wiler, una pequeña villa a media hora de Berna. La noche ostentaba una luna llena impecable. Mis audífonos en los oídos, mi vista puesta en el horizonte, ningún policía cerca. Del milagro de estar en Suiza, lo que más me gusto no fueron las clases, el raclette o los Alpes. En general, mi Colombia no tiene mucho que envidiarle. Pero de  todo, lo que más me marcó fue experimentar por primera vez la abundante paz de la libertad.

Una libertad basada no en la capacidad de hacer lo que me viniera en gana, en la capacidad de usar la voluntad para el deber. Una libertad con ley.

Yo cumplía mi deber de cruzar por la cebra, el conductor cumplía su deber de frenar, yo pagaba mis tiquetes de tren, pagaba las flores y el Estado no tenía que usar el dinero de mis impuestos para contratar un vigilante. Yo cumplía con mi deber de respetar los cultivos y el granjero me permitía disfrutar de sus senderos. Nadie tiraba basura al suelo y todos podíamos gozar de un medio ambiente sano. Pude recuperar mi chaqueta porque un ciudadano se acató a la norma y me permitió recuperarla, sin cobrar ningún tipo de rescate.

Es interesante que la base de la constitución política entregada por Dios a los hebreos en el desierto no son 10 derechos fundamentales, en realidad son diez deberes, diez mandamientos; esencia moral de la civilización occidental.

Ciertamente Suiza no es una nación perfecta, pero tiene una realidad muy alejada de un país cuyo lema es “el vivo vive del bobo”. Los latinos deseamos ardientemente encontrar el progreso, pero estamos encerrados en un ciclo de pobreza y violencia por causa de la tiranía y la ausencia de libertad. ¿Tiranía? sí, y no solo de los gobernantes o del “imperialismo yanqui”. Según el diccionario de Noah Webster, una persona es tirana cuando ejecuta su poder de forma arbitraria o despótica y cuando se ejerce poder sobre otros sin el rigor y la autorización de la justicia o la ley. O sea, cuando se cruza un semáforo en rojo, el padre que se gasta la plata del mercado en ron, el vecino que manipula el contador de energía, el que bota la basura en la calle, el político que usa los impuestos para comprarse una finca, el policía que abusa de una joven en la estación del Transmilenio, los que no salen a votar,  la gente que sale a la calle sin tapabocas, etcétera, etcétera, etcétera.

Imagínese todo el dinero que el Estado se ahorraría si cada colombiano cumpliera su deber. ¿Cuántas cámaras, vigilantes, subsidios, armas, supervisores, guardaespaldas o rejas tienen que financiar con nuestros impuestos?; es más, ¿cuántos servidores públicos debemos contratar a consecuencia de nuestra falta de carácter? Entre más gobierno interno, menos gobierno externo.

Pensemos en Estados Unidos, tan americanos como nosotros, un país que con todos sus defectos  es conocido como la tierra de la libertad.

Y es que a diferencia de nosotros, la Constitución de los Estados Unidos no es otra cosa que el reflejo del liberalismo clásico heredado por los ingleses, ideas que permearon la cultura de los estadounidenses. Los americanos fundaron su nación bajo la creencia de que la libertad concedida por el creador era un derecho absoluto, presente y evidente en cada persona. Sin embargo, el ser humano era malvado por naturaleza, por lo cual la única manera en que la sociedad podría no solo ser posible, sino también próspera, era a través del cumplimiento de la ley. El tiempo les daría la razón.

John Locke, padre del liberalismo clásico afirmó que “donde quiera que la ley termine, la tiranía comienza”. La libertad de los norteamericanos no dependería del reclamo de sus derechos sino del cumplimiento de sus deberes, del sometimiento a la ley.

Y a todas estas ¿qué es una persona libre? Es un individuo que no necesita un policía para hacer lo correcto y que vive en una sociedad  en la que la mayoría de sus ciudadanos actúan de la misma manera. Sin duda, este individuo podrá llevar a cabo su proyecto de vida.

El ilustre militar y político Francisco de Miranda, conocido como el precursor de la Emancipación Americana,  tras huir de la inquisición Española a la recién nacida república de los Estados Unidos citó en su diario el caso de un alto oficial francés que habiendo ocupado el territorio de un campesino, se negaba a pagar el costo del alquiler:

“(El campesino) se quitó de ruidos, y fue en busca del Sheriff para que arrestase al deudor; y vea vuestra merced venir a estos dos pobres labradores sin una simple arma en la mano, pero sí con el Paladio y autoridad de las Leyes, resueltos con firmeza heroica a arrestar al General francés, M. de Rochambeau, al frente de todo su ejército… (Y) el General fue efectivamente retenido por el Sheriff y pagó al punto lo que se debía al pobre labrador (unos 10 ó 15 pesos era toda la suma) con lo cual terminó el procedimiento… ¿Cómo es posible que bajo semejantes auspicios no florezcan los países más áridos y desiertos, y que los hombres más pusilánimes e ínfimos sean dentro de poco tiempo honestos, justos, industriosos, sabios y valientes?”[1]

Como latina y colombiana sueño con la encarnación de mis derechos, lo cual es justo y legítimo, pero ¿será suficiente? ¿No es acaso el cumplimiento de mi deber lo que garantiza el derecho de mi prójimo (y viceversa)? Hoy tenemos una constitución rica en derechos pero sin las acciones no solo del Estado sino también de un pueblo virtuoso, el derecho a la vida, a la propiedad privada, al libre desarrollo de la personalidad, no son más que tinta en el papel.

Al regresar a Colombia intenté ir a “los pailones”, una poceta de agua natural espectacular escondida en la cordillera central, al norte del Cauca. Pero me encontré con alambres de púas que me privaban de la libertad de un buen chapuzón y una tarde entre amigos. La habían cerrado. Parece que sus visitantes no cumplieron su deber de cuidarla.

Me pregunto si no es este nuestro problema. Intelectuales y activistas, incendiamos la conciencia del pueblo para que se “emancipe” y reclame los derechos que garantizarán su bienestar, ¿pero es esto cierto? ¿No será que en el ejercicio de sus deberes está el camino de su libertad, de su autonomía y poder para, incluso, destituir servidores públicos que no cumplan con los suyos? ¿Es tal vez esta la razón por la que los colombianos no nos rasgamos las vestiduras cuando oímos de un nuevo caso de corrupción? Como lo diría Jaime Garzón: “¿Estamos esperando que vengan a solucionar el problema que somos nosotros mismos?”.

PD: Me acaba de llegar el pantallazo de una foto publicada por un ciudadano. En ella se evidencia a algunas decenas de cartageneros festejando en la calle de un barrio popular, en plena ley seca y toque de queda, en medio de una pandemia que ha cobrado la vida de 445 colombianos y contando.

Por: Perla Murillo

[1] Rangel,C,1976, Del buen salvaje al buen revolucionario, Caracas Venezuela, Monte Avila Editores C.A.

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2 Comentarios
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  1. alejandra568909

    Así es, libertad con Ley, porque la libertad total es igual a muerte. Si hiciéramos todo lo que se nos diera la gana en efecto moriríamos, si una nación no tiene leyes sería la anarquía total, nadie sobreviviría.

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