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Quiero aclarar tan pronto como pueda que no todos somos así. Es decir, aunque somos potencialmente corruptos, no todos hacemos de la corrupción un “provecho”.  Otros, diría que muchos, no pierden ni una oportunidad para alimentar a esa insaciable bestia.  Por ello quiero resaltar los malos ejemplos que he visto y con seguridad usted también. Si a lo largo del texto se siente aludido esa es precisamente la idea.

Una sociedad complacida por sus buenas, aunque escasas obras, no merece el aplauso de nadie. En cambio, cuando el más mínimo acto de corrupción es notado, confrontado y corregido, se camina una senda aceptable de virtud; el mejor estándar que se puede tener para evaluar la sociedad en que vivimos y aspirar a una mejor. Si no se siente aludido, eso significa que usted además de evitar prácticas corruptas, enfrenta con determinación aquellas que se cometen delante de sus ojos. En cuyo caso, solo podemos decirle: continúe siendo un buen ejemplo porque ese es el verdadero cambio.

Soy bogotana y como muchos, uso el transporte público. Desde que cambiaron la forma de pago tengo mi tarjeta para recargar y pasar en el bus o Transmilenio para movilizarme. Pero siempre me molesta ver cómo las personas se “cuelan” en los buses pasando por debajo de la máquina o en las estaciones, bien sea saboteando la máquina para no pagar o arriesgando su vida; aun a sabiendas que muchos colombianos han muerto tratando de entrar por una de las puertas donde el bus se detiene en la estación para recoger a los viajeros.

Si de “casualidad” escucho a una de las personas a la cuales acabo de ver abordando el transporte de esa forma, usualmente es para quejarse de la corrupción de los políticos y de estos dicen: ¡Esos roban descaradamente el dinero del país! Los veo con una expresión de deleite cuando hablan mal de aquellos con los que durante el período electoral hacen una tregua para intercambiar votos por pesos. Así es que surge, como un monumento en el Centro de la Ciudad, la misma pregunta: ¿Quién es más corrupto? ¿Ellos que no pagan su transporte (que también es robar) o el político que lo hace descaradamente? En otras palabras, ¿si ambos roban cuál es la verdadera diferencia?

Por muchos años viví en Bolívar, en la mismísima Costa, y tuve la oportunidad de conocer diversos proyectos sociales en zonas muy pobres. Era triste ver la realidad de aquellos lugares. Los proyectos sociales hacen lo que está al alcance de sus manos para proveer y proteger a las comunidades; pero muchas personas de la comunidad se aprovechan de estos para vivir, volviéndose así unos zánganos que no saben o no quieren trabajar y esperan que el Gobierno de turno y las ONG siempre les den algo sin hacer nada. Pero el día en que por alguna razón no reciben lo que esperan, dicen que esas organizaciones o el gobierno son lo peor del mundo porque no cubrieron sus necesidades. Ahora, dígame usted, ¿quién es más corrupto?

Sabemos que los subsidios no son una gran cantidad de dinero, así que a mi parecer, hay que administrarlos bien para darles un buen uso. He visto las grandes filas para sacar el dinero del subsidio y después algunos de los beneficiarios van al supermercado a usar ese dinero. Lo cual teniendo en cuenta su situación es comprensible; pero la sorpresa no tarda en llegar, quizás porque viene en Uber, así que te percatas de lo que acaban de comprar: por lo general, un kilo de arroz, salchichas o salchichón, gaseosas, mecato y muchas bebidas alcohólicas.

En teoría, los subsidios están destinados para las personas que más lo necesitan, pero existen algunas que encuentran el modo de burlar eso y se aprovechan, recibiendo estos subsidios «ayudados». Aunque la palabra correcta debería ser, alentados por otro corrupto, uno dentro del sistema que aun cuando sabe que ofrecerle dinero a una persona que tiene ingresos mensuales, un trabajo y cierta estabilidad económica es quitárselo a las que lo necesitan.

Acá podríamos entrar en otras cuestiones sobre la moralidad y efectividad del sistema asistencial o como les gusta llamarlo: solidario. Pero el hecho sigue siendo el mismo, uno que toma dinero u otra propiedad del prójimo sin el consentimiento de este, roba. Entiéndase que no es un préstamo; sino una mentira entre funcionario y oportunista. En estos dos últimos casos, dígame usted: ¿Quién es más corrupto? ¿El padre o madre de familia que malgasta el dinero que recibe y lo usa para sí mismo y no para sus hijos o el que se aprovecha de la situación por tener contactos dentro de las ONG o el gobierno?

Puedo mencionar más casos que he visto, sea a grande o pequeña escala, todos ellos llevan el sello de la corrupción. Lo cual me hace pensar ya no en las dimensiones de esta, que parece abarcar más de lo que humanamente nuestros ojos nos permiten ver; sino en otra interrogante que me temo no quisiéramos tener que enfrentar porque representa una derrota segura: ¿dónde comienza la corrupción?

Cuando una persona procura sacar beneficios para sí mismo o para los suyos a expensas de los demás, entonces podemos decir que ahí yace el germen de la corrupción. Solo falta la oportunidad y esta, si no aparece pronto, la llamamos por celular. ¡Seamos honestos! ¿Qué tan preocupado estamos por nuestro prójimo cuando hay rebajas? Los atajos, al igual que las buenas intenciones, son maneras sofisticadas de maquillar nuestra corrupción.

A nadie le gusta que le digan corrupto, no porque pensemos que somos santos, sino porque nos complace saber que existen otros pecadores mayores, peores y malvados. A esos los llamamos políticos. Sin embargo; la corrupción, ese ánimo que ebulle en nuestro pecho y nos impulsa a trasgredir los muros éticos y legales forma parte de nuestra naturaleza. En una encuesta efectuada en Estados Unidos preguntaban: ¿Te llevarías algo de una tienda si supieras que no te van a atrapar? Ya sabes la respuesta, ¿cierto? Debo decirlo de una vez por todas, aunque el boomerang me golpee también a mí: la corrupción comienza con usted y comienza conmigo. Comienza con el pensamiento de querer lo ajeno ya sea grande, pequeño, mucho o poco; es en pocas palabras querer aprovecharse de los demás.

Antes de hablar de los corruptos como personajes de telenovela, tome el espejo de la virtud que le exige diariamente amar a su prójimo como a sí mismo y pregúntese: ¿Dónde nace la corrupción? Entonces, podrá ver el reflejo nítido de su propio corazón.

 

Por: Jazmin López

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