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La prohibición

Al comienzo fue un clamor nacional. En los noticieros, expertos salidos de quien sabe dónde hablan del tema con desenfado y autoridad sobradas, y a pesar de sus opiniones encontradas el consenso general es claro: Es necesaria la prohibición.

En las calles la gente de bien solo habla del tema. Mientras pasea su perro, doña María le dice a la vecina del 104 que esa vagabundería no se puede seguir patrocinando. «Uno va al parque a llevar el niño a que juegue y allá están esos vagos. Ya ni pena les da».  Asienten las dos señoras con la cabeza mientras una se agacha a recoger la mierda del perro como si el animalito cagara astromelias. Luego miran de reojo a un grupo de pelados que tienen unos parlantes con música en una banca, saludando con una sonrisa amplia a Oscar, el muchacho del 14 que ha notado que estaban hablando de ellos. Se van las dos señoras en silencio, caminando rápido, como si fueran huyendo. Se pierden sus chales de lana y la bolsa plástica que a modo de faja usa doña María en la tienda de lichigo del paisa.

En Transmilenio la gente cuchichea, pero uno sabe que están hablando de la prohibición. Cuando se sube el cantante de rap conciencia algunos se hacen los ocupados revisando el celular. También está el que reflexiona lanzando una melancólica mirada por la ventana del bus. Y no es por no darle la monedita, es por que todos ya saben lo que hace con la plata. En la oficina, antes de la reunión de las 10 se habla apasionadamente del tema. «A mi hijo lo encuentro en esas y le voy es sacando los chiritos a la calle» dice don Genaro, el celador de la oficina que va por su sexto tinto del día. Llega el jefe y Alfonso se boga el tinto hirviendo, sin soplarlo, sin saborearlo siquiera. Entra raudo a la oficina y es el primero en sentarse mientras los demás lo siguen bajo la mirada benévola de don Genaro.

La política al rescate

Los padres de la patria, en acalorado debate dan sus argumentos a favor y en contra de la prohibición. «Ni siquiera mi pobre abuela de 145 años estuvo libre de este flagelo. En la calle, en los parques, en el bus, hasta en el consultorio médico ve uno esa vagabundería. Mi abuela, la nona Scarpetta Abuchaibe, fue conocida en toda la costa por su don de gentes, pero tristemente debo decir que falleció hace unos meses sufriendo por ver a nuestra juventud costeña completamente absorta en este despreciable vicio» dice un octogenario senador costeño. Acto seguido el presidente del senado pide un minuto de silencio por la nona y propone homenajear a la matrona creando un nuevo día festivo dedicado a su preocupación por los jóvenes del país. Se aprueba el proyecto a pupitrazo limpio. También se aprueba quitarle medio billón de pesos a la educación para financiar el proyecto. Mi Dios tenga en su gloria a la nona Scarpetta Abuchaibe.

Los desordenes

Tras varios debates, conceptos de las cortes, miles de análisis y con la opinión pública presionando, se aprueba la prohibición. El público se muestra complacido, aunque el senador Dany Hoyos -antes conocido como Suso el paspi- lidera una marcha donde miles de jóvenes van bailando al ritmo de las tamboras y las papas explosivas. Ellos se oponen rotundamente a la prohibición a bailar, así que bailan para protestar. Escuadrones de policías siguen la marcha intentando contener el contoneo de sus caderas usando tapones para los oídos, pero algunos sucumben cuando drag queens que avanzan con la marcha los sacan a bailar zamba. El general Naranjo anuncia severas investigaciones.

Tras los desórdenes se redobla la presencia policial en las principales ciudades del país, pero la prohibición no da los resultados esperados. Al contrario abundan en Caracol Noticias las notas dedicadas a espontáneos bailarines que retando a la autoridad bailan sin cesar en sitios públicos. La comunidad internacional rechaza rotundamente un flash mob ejecutado en centro suba, calificándolo de vil atentado. Ante la poca efectividad de la medida se deben redoblar los esfuerzos y recurrir al plan B.

La música prohibida

El mal está demasiado arraigado ya y se deben tomar medidas más drásticas. Se crea el acto legislativo 2451 del 2027 mediante el cual se prohíbe la escucha de música en sitios públicos para evitar el baile. Quien incumpla esta norma estará incurriendo en el delito de instigación al baile y será sancionado con prisión preventiva por 72 horas, pero el colombiano es creativo y no se da por vencido. Ante el inminente sellamiento de los establecimientos de salsa y las cantinas de barrio aparecieron cafés silentes. Jóvenes emprendedores antioqueños crearon estos cafés silentes para que la gente pueda disfrutar de un buen café en silencio. «También lanzamos el sitio musicaensilencio.com donde puedes leer las letras de las canciones en silencio, básicamente es lo mismo que oír la música, pero con los ojos. Ya estamos en la fase de sustentación de nuestro emprendimiento y esperamos recibir un millón de dólares de Bavaria para financiar el proyecto».

Con la prohibición también llegó el cartel de los audífonos, aparatos que quintuplicaron su precio debido a la demanda. Además también aparecen los «bailaderos de mimos», rockolas clandestinas que funcionan con audífonos que cuelgan de largos cables del techo del local, y que la gente usa para poder bailar sin hacer bulla. Finalmente es el zapateo arrastrado el que pone en alerta a los vecinos de estos locales y lo que permite desenmascararlos. Llega la policía que ha cambiado sus botas por prokeds pisahuevos negros para llegar sin hacer ruido y así no alertar a los infractores. Son tiempos difíciles para un pueblo que lleva fuego en las caderas.

La penalización

Se endurecen las penas y Estados Unidos ofrece ayuda militar y policiva para erradicar el problema de raíz. Algunos políticos radicales encabezados por Marcelo Cezán, presidente del senado, proponen la sordera química. Aprovechando el desorden el partido verde impulsa un referendo para preguntarle a los colombianos si quiere bailar o no. Tras algunas semanas de debates, peleas, y enfrentamientos entre los promúsica y las sorderistas, en las urnas gana el baile. Pero el gobierno hace oídos sordos al referendo y por decreto presidencial aprueba una moción de censura y se ordena a los colombianos guardar absoluto silencio en los sitios públicos. En la televisión se han incluído subtítulos, traductores a lenguaje de señas y otros recursos para no perder rating ya que en los almorzaderos y cafeterías la televisión toca ponerla sin volumen.

Juan Diego Alvira ha cambiado el traje de paño por un disfraz de Mimo francés para presentar el noticiero. Su gesto es comparado con el «país de mierda» que le saliera del alma a Cesar Augusto Londoño. La gente avanza en silencio, sin arrastrar lo pies, haciendo señas con las manos y esperando la seguridad del hogar para hablar solos en voz baja. Abundan los chats y faltan las tazas de café. Todas las emisoras -menos la HJCK- salen a protestar debido a las millonarias pérdidas y la falta de audiencia. Se presentan disturbios que la gente ve en silencio desde las ventanas de sus oficinas. Policía y manifestantes se enfrentan a almohadazo limpio, se golpean con garrotes de espuma y en vez de esposas a los detenidos les ponen un esparadrapo en la boca para acallar su protesta. Las imágenes de un hombre al que brutalmente le tapan la jeta con un par de medias de piolín le dan la vuelta al mundo causando las lágrimas del papa Francisco y la furia de la Warner Bros.

Cansados de la prohibición

Cuando ya se pensaba que había pasado lo peor un atentado enluta al país. Al paso de la caravana del presidente Duque -reelegido por cuarta vez tras definir la segunda vuelta en un duelo de trova- activan un potente dispositivo armado con los bafles y cajas de sonido de las antiguas discotecas del centro. La escena es dantesca: escoltas y escoltados se retuercen en frenético baile al ritmo de la canción Sin Oficio de systema solar. El sabroso son se apodera de la humanidad de la comitiva que comienza a bailar en parejas sin importar cargo, edad o sexo. Para rematar a los sobrevivientes aparecen afables hablamierda armados de medias de aguardiente, con lo que la caravana termina convertida en un vulgar burdel.

Grita el presidente llamando a Jhon Jairo para que le sirva un doble a su escolta. «Se lo jarta o se lo unto» le dice el presi a su sonrojado cuidador. Gritan los de la ambulancia buscando al intendente que se fue a miar y no aparece. «Ese o está guasquiando o está haciendo trampita y no invita» dice el paramédico mientras hace un gesto con la mano pasándola por la nariz. Sueltan sendas carcajadas todos, piden más guaro, llaman las putas, se arma la fiesta. Esta acción hace que en los barrios populares se escuche el grito de libertad: «Destápese media, eso que hijueputas!». Avanzan las barricadas con grabadoras de pilas y celulares con reguettón a todo volumen, y a pasito tun tun, con volteretas, maromas, ochos y hasta pasos de break dance el pueblo vuelve a gritar. Todas las emisoras -menos la HJCK- celebran poniendo el himno nacional alternándolo con el reguettón de los maizitos, canciones de 31 minutos y hasta las de Carlos Vives. Se acaba la prohibición.

El triste final

La prensa extranjera documenta el desastre y lo llama «El hidrohituango del baile». Se anuncian ayudas internacionales, cascos azules, comisiones de verificación europeas y hasta Evo dispone de un grupo de chamanes humanitarios para atender la catástrofe social. Mientras que algunos periodistas hacen notas en vivo la turba los saca a bailar, obligándolos a gozar a ritmo de salsa y champeta. Las lágrimas corren por las mejillas del presentador de CNN que debe presentar la nota en vivo mientras su corresponsal se embriaga de arrechón y trata de hacer el paso del serrucho. La reacción en cadena arranca en Cali, pero en cuestión de horas alcanza todo el país.

Las embotelladoras de Eduardo III y ron Jamaica no dan abasto en Soacha, trabajan a turno redoblado para surtir de alegría destilada las calles de la capital. En la plaza de Bolivar se reúnen simpatizantes de Suso para celebrar con un cacerolazo bailable, y terminan convirtiendo la alcaldía en improvisada discoteca. Baila la policía con los manifestantes, bailan los médicos con sus pacientes, baila Claudia López sobre la tumba de Álvaro Uribe. Baila el presidente con sus escoltas y baila doña María con Oscar mientras el perrito de la señora del 104 ladra alegremente. Baila Alfonso con su jefe, baila don Genaro con su hijo, mientras le echa un guarito doble a su décimo pocillo de tinto del día, y baila toda Colombia borracha de felicidad reclamando nuevamente su lugar como el país más feliz del mundo.

@jorgitomacumba

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Jorgito Macumba es escritor amateur y mamagallista consumado. A sus años, y sin saber ya si es rolo, costeño, valluno o camarita juzga desde su ignorancia todo lo que se le cruza enfrente. Bienvenidos.

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