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Fernando Vallejo violó el miércoles otro de sus juramentos. Bueno, en parte.

Afuera de la Casa de América, en Madrid, los rayos del sol caían tímidos. Era como si la primavera -ese estado de ánimo efímero y ambiguo de flores y de color verde desteñido- se estuviese codeando a la fuerza con el poderoso frío para salir de una vez por todas. Adentro, en la sala Miguel de Cervantes, estaba el escritor Fernando Vallejo rompiendo su juramento de no volver a pisar España cuando ese país impuso la visa a los colombianos en 2003. Bueno, en parte.

El antioqueño estaba en Bogotá, pero una cámara transmitía su imagen a Madrid para responder las preguntas sobre su «nueva maroma literaria», como él la llama, ‘El don de la vida’. Rompió su juramento porque ¿qué sería Vallejo sin sus palabras? Las palabras hacen a Vallejo.

«Estoy, pero no estoy», dice. Después de hablar sobre el legado del idioma que España dejó a América, pronuncia una de sus frases: «Acá decimos el mar, allá dicen la mar. Mar tiene un género ambiguo. Yo resolví este problema de la gramática acostándome con los dos sexos».

Poco después rompió otro de sus juramentos. En una entrevista hecha hace ya unas semanas, había repetido -como lo ha hecho en sus últimos tres libros- que este será el último que va a hacer. Tanto es así que dijo que ‘El don de la vida’, que tiene como eje un diálogo entre dos personas en un parque de Medellín, es su despedida de las librerías. Ahora dice que no lo cree. «Lo que pasa es que a veces violo mi palabra y otras veces no. Llevo tres libros sobre mi muerte… Yo me morí en primera persona. Tal vez escribo otro más sobre lo que más me interesa en este momento: mi muerte», dice.

Pero Vallejo está más vivo que nunca y sigue produciendo, ¿no le parece?, le preguntaron. «Uno se muere de a poquitos… Yo estoy medio muerto», contesta. ¿Este libro es su testamento? «No lo es. Yo no dejo nada, sino viento como todos los seres humanos». Después hace confesiones. «A los muertos les tengo envidia» y cuenta que tiene una libreta, como el personaje del libro, que tiene cerca de 700 nombres anotados de personas que ya han muerto y que conoció a por lo menos 20 metros de distancia. Ahora, en su viaje a Colombia, se lleva otros 10 nombres. «Ojalá que el número 700 alguien me lo escriba por mí, porque llegar a los 800 sería una desgracia».

¿Pero usted disfruta las cosas de la vida, comer, por ejemplo?, le lanzaron otra pregunta, como la que hiciera un psicólogo a un suicida sin remedio. «A mí me ha ido muy bien en la vida», se ríe y después confiesa: «Los animales son mi gran amor, pero cuando estoy entre tanta gente me siento muy mal».

Pero lo cierto es que cuando muera, lo que menos querrá será un funeral como Dios manda. Como en otras ocasiones arremetió contra la Iglesia, según él, la «empresa criminal más grande todos los tiempos». Y de paso no faltó la pregunta sobre los escándalos de pederastia. «Los pederastas son los chivos expiatorios… Esos curas son las primeras víctimas de esa secta criminal. Yo no me le sumo a esa campaña».

Al rato se retractó de otro juramento, el que hizo cuando prometió renunciar a la ciudadanía colombiana. «Es que a mí me toman literalmente. Cargaré con Colombia hasta cuando me acabe de morir», dice. «Colombia me pone todos los problemas, pero también me los resuelve». En plena contienda política, Vallejo se refirió, a su manera, a las residenciales de este año: «La clase política, sin excepción, es ignorante, rapaz, vil y ruin. Esto lo seguiremos padeciendo indefinidamente».

Sobre la violencia que padece México, su casa durante muchos años, dice que no se puede equiparar con la de Colombia porque se trata de una guerra entre carteles, mientras que en el país ha habido «una guerra declarada por los narcotraficantes contra la sociedad».

Allí estaba Vallejo. El de siempre, retractándose, olvidando lo que dice. Hace ya hace unos buenos años lo llamé para que escribiera dos párrafos para este diario sobre qué le cambiaría a la gramática o a la ortografía. Esto fue meses o quizás años después de que García Márquez propusiera eliminar la hache y algunos acentos. Esa vez dijo, para terminar la llamada: «¿Quién dijo que yo era escritor?».

Pero en esta ocasión termina hablando de literatura. Dice que seguirá escribiendo en primera persona, porque la tercera y el narrador omnisciente son cosas del pasado e insiste: «Quiero decir que yo morí en primera persona». Afuera, en la calle, llovía.

amgaribello@hotmail.com

 

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Andrés Garibello, ex periodista de EL TIEMPO. Sudaca colombiano que estudia en España.

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