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Cultura Ciudadana en Bogotá. Foto de Abel Cárdenas publicada en El Tiempo.

Revoquemos ese mediocre pensamiento de que los problemas de nuestra capital los resuelve un Alcalde y trabajemos en equipo por recuperar la cultura ciudadana que tanto le hace falta a la ciudad.

El problema somos todos y todos somos la solución. Acabemos con ese mal ciudadano que llevamos dentro. Ese que no deja salir a la gente antes de intentar entrar a un Transmilenio, que pone el equipo de sonido a un volumen excesivo, que estaciona su carro en zonas prohibidas, que arroja basuras u orina en la calle, que evade impuestos, que no da la vía y que no respeta las filas.

Pongámonos la camiseta por Bogotá y erradiquemos ese “divorcio entre la ley, la moral y la cultura”, como decía un tal Mockus por allá en 1997. Es lamentable que el nivel de desarraigo por esta “ciudad de nadie” nos lleve a estadísticas como que solo  el 19% de los bogotanos se siente orgulloso de su capital, según Informe Decenal de Cultura Ciudadana Bogotá 2013 realizado por Corpovisionarios.

La cultura ciudadana es un deber de todos, que aumenta nuestra capacidad de desarrollo. Está comprobado que en las ciudades donde prevalece el interés colectivo sobre el individual se reducen las tasas de victimización, se mejora la convivencia, aumenta el recaudo de impuestos y se crea un escenario común de respeto por las normas y los recursos públicos.

No importa cuánto se esfuerce la administración de turno por promover cultura ciudadana, si nosotros no nos apropiamos de ella. Alimentemos nuestro amor por Bogotá y trabajemos en nuestro interés mutuo por verla bonita, segura y desarrollada.

Destituyamos los malos ciudadanos y seamos bogotanos que admiramos la ley, sentimos autogratificación moral y reconocimiento por nuestra cultura. Bogotá se lo merece.

@EstebanAlvaran

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Director ejecutivo de Clout, agencia de influence marketing. Más de diez años de experiencia en consultoría de opinión pública y manejo reputacional para empresas en Colombia y Ecuador.

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Me encantan, estos avances. Me encantan.

The interpreter (para nosotros, La intérprete, y como cosa rara, el título en español significa lo mismo que en el idioma original) es un filme dirigido por el estadounidense Sydney Pollack, estrenado en cines en dos mil cinco. El guión condujo a Pollack a grabar en las propias instalaciones de la ONU (localizadas en territorio internacional dentro de Nueva York), una historia con tintes políticos que recuerdan la situación más o menos reciente del actual presidente de Zimbabwe.

Estaba viendo hace unas horas cierta película francesa realizada exclusivamente para televisión hace unos años, no muy conocida por cierto, y me asaltó una duda que tenía desde hace un tiempo y que se avivó luego de ver La intérprete. La duda es la siguiente:

Lo más seguro es que todos conozcamos el aviso que aparece, usualmente escondido al final de los créditos de algunas películas, que dice lo siguiente, palabras más, palabras menos: "Los hechos relatados en esta película son puramente ficticios y no deben relacionarse con eventos pasados, actuales o futuros. (...) Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia."
Yo me pregunto: luego de ver una película que parece un documental acerca de una situación actual, ya sea ésta una realidad o no, ¿qué sentido tiene recurrir a este mensaje, si de cualquier manera los espectadores van a hacer la relación?

Es claro, hay que decir, que no todo el mundo tiene por qué captar estos parecidos. Pero los que sí los captan, lo comunican a los demás, y al final la película pasa a verse como lo que realmente es: una crítica por parte del realizador hacia una situación en particular. Punto. No importa qué tan imparcial se pretenda ser, haciendo uso del mencionado avisito.

En fin, no entiendo esta actitud, si de verdad algunos pretenden protegerse bajo dicho mensaje. Quisiera creer que lo colocan no porque no pretendan dar la cara luego de dar la opinión, sino porque es una especie de requisito, un asunto legal de obligatoria aparición al final de todos los créditos de todas las películas de todos los géneros. Aunque al final, sólo quien tuvo la idea de escribir la historia como quedó escrita es quien sabe qué opinión tiene.

Él y sólo él.

-

Sobre la película, hay un dato lingüístico interesante; se creó un lenguaje nuevo (lo llamaron "Ku"), con sus propias palabras, conjugaciones, reglas... es decir, un lenguaje aparte, sostenible por sí solo, basado en lenguajes existentes en el sur de África, pero que "aunque sería reconocido por habitantes de la zona (...), los confundiría", debido a su estructura gramatical, leo por aquí. En todas partes encuentro que el creador de este lenguaje es Said el-Gheithy, director del Centre for African Language Learning en Londres. En general, no encuentro muchas críticas positivas para la película, pero a mí me gustó.

Me encanta leer la columna Contravía, escrita por Eduardo Escobar. Y la de hoy termina con una reflexión que encuentro parecida a cierto diálogo de La intérprete. Aquí va el diálogo, para terminar y dejar de ocupar su tiempo, estimado lector. Lo traduzco burdamente, pero espero que se mantenga la idea.

Silvia Broome: (...) Siempre que alguien pierde a un ser querido, quiere vengarse de alguien más, o de Dios, a falta de alguien. Pero en África, en Matobo, los Ku creen que la única manera de poner fin al dolor es salvando una vida. Si alguien es asesinado, luego de un año de duelo se realiza un ritual llamado "la fiesta del ahogado". Se hace una fiesta durante toda la noche, junto al río. Al amanecer, el asesino es montado en un bote. Se lleva al agua y se le tira allí, amarrado, para que no pueda nadar. Entonces la familia doliente debe tomar una decisión; pueden dejar que se ahogue, o pueden lanzarse a salvarlo. Los Ku creen que si la familia deja que el asesino se ahogue, se hará justicia, pero pasarán el resto de sus vidas de duelo. Pero si lo salvan, entonces admitirán que la vida no siempre es es justa, y a cambio ese acto los liberará del dolor.


dancastell89@gmail.com

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3 Comentarios
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  1. Es importante darle a Bogotá el lugar que se merece, lamentablemente la mayoría de personas que no son oriundas de la ciudad hablan mal de ella, se quejan añoran su tierrita, pero no se dan cuenta que está ciudad les ha dado todo.. desde una familia, un empleo, casa, carro, finca. Educación para los hijos..etc.

    Debemos valorar la ciudad y no solo criticar sin aportar.. no se vota y después nos quejamos.. no reclamamos, no nos unimos para lograr un cambio real, los malos ciudadanos son peores que cualquier enfermedad por que carcomen la esencia de una ciudad que nos ha dado a todos la posibilidad de tener sueños y esperanzas.

    yo como Bogotano de nacimiento invito a que dejemos la indiferencia y la apatía y que podamos sentir que Bogotá con sus trancones, con su acelere con su clima a veces cansón es la ciudad que nos abrió sus brazos y que solo espera un poco del reconocimiento y cariño que merece de todos nosotros.

  2. mechitaslam

    Este articulo es una tremenda invitación a que seamos “gente”. No importa el estrato, el don de gentes no viene en los recibos de luz ni de agua. No importa que seamos nativos de otra ciudad, Bogota es la ciudad que nos ha acogido, y su suerte buena o mala, va unida a la nuestra. Si bien el desplazamiento provocado por la violencia ha llenado las ciudades de gente foránea, si la lucha diaria la hacemos en esa ciudad, hay que quererla y cuidarla por el bien propio si es que no nos interesa el ajeno. No hay disculpa para un mal ciudadano.

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