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En la Bogotá de no hace mucho, los adolescentes escuchaban a The Beatles, The Rolling Stones, Led Zeppeling; y los más indisciplinados se ponían camisetas de un grupo llamado Korn. Por entonces yo no podía aprenderme la letra de las canciones – quizás habría alcanzado a seguir el ritmo, pero mi obstáculo verdadero era que sinceramente no estaba interesada en esa música. Lo que estaba de moda entonces eran las canciones en inglés y el deporte colombiano por excelencia: excluir a quien no lo hiciera. Ambas prácticas, muy probablemente, siguen tan vigentes como cuando disfrutaba de mis años más jóvenes.

La inocente pregunta, “¿qué música le gusta?”, tiene un transfondo más oscuro. La respuesta dada será el arma para la exclusión. La Colombia clasista sigue empeñándose en tildar, en decir “aquello es muy ordinario”, esto de aquí, probablemente importado, no lo es tanto. Una de las problemáticas que deriva del clasismo es que nubla la vista e incapacita al poseedor –o a su víctima– de ver dicernir con nitidez. Por eso a algunos les parece increíble ese chico de pelo largo y sucio que toca indefinidamente, como si fuera una modernización del castigo de Prometeo, los mismos tres acordes fundamentales en la guitarra levemente desafinada. Sin embargo, la música andina por ejemplo, un compendio de intrincados tiempos, no es tan increíble. El ronquido de Chavelita no es tan alucinante como el grito ensordecedor del heroinómano.

En vez de botar un “¿qué música le gusta a usted?”, pregunta que no sólo es molesta sino también angosta, porque algunas inclinaciones son estacionarias o temporales; es mostrar, compartir el placer del arte, descubrir a través de otro el lugar a dónde uno no ha llegado todavía. Muestre, comparta, invite a un concierto. Diga sin miedo que no le gustó. Diga que canta boleros cuando cocina los domingos y que se conoce de memoria la canción que antaño escuchaba su abuelo. Que escucha a Pink Floyd cuando monta en bicicleta.

Es cierto, sin embargo, que hay músicos, cantantes o compositores a quienes desdeño sin remedio. Pero no quiero entrar a excluir y tildar de iletrados y ordinarios a aquellos quienes logran disfrutar de lo que yo nunca podría. Supongo que escuchan a ese cantante y a esa instrumentista porque les transmiten algo que a mi no me logran transmitir. Tengo la sensación, sin embargo, de que mi próxima gran obsesión musical puede venir del gusto pasional de alguien más que tomó la decisión de mostrarme, o de mostrarse a sí mismo a través de otros, de un conductor de bus despechado o de un arpista clásico consagrado.

La consciencia de que el clasismo en Colombia existe hasta en los gustos musicales me ha permitido atravesar muros impuestos por la sociedad que me rodeaba y los auto impuestos. Y ahora, finalmente, puedo decir que sí, que hay algo en The Beatles que disfruto, pero que aquello no invalida mis otros gustos, sino que diversifica mi capacidad sensible.

Ahora bien, la próxima vez que algún descablellado le haga aquella pregunta ridícula, “¿qué música le gusta?” (“o ¿qué música escucha?”, para variar), responda como respondió Natalia París en un chiste, “la de los CDs”. Sincera, antibalas. Nostálgica incluso.

 

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Graduada de Literatura de la Universidad de los Andes, traductora freelancer, migrante, escritora y florista.

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