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Por Carmen Vincenti

El Costumbrismo, cuyo desarrollo y codificación se da en el siglo XIX, es la ficcionalización –distanciada, subjetiva, satírica o desgarrada- de los usos y hablares que caracterizan a los individuos de una sociedad en un lugar y tiempo determinados, C.Bustillo

Te juro que yo venía agotada, cargada de bolsas, me había prometido que ese día no compraba un alfiler más. Leopoldo nos había dejado a Virginia y a mí desde la mañana, antes de irse a la sede del evento, y nos habíamos pasado el día entero dale y dale sin parar, creo que nos habíamos sentado únicamente a medio día para comernos una hamburguesa en la feria y quizás unos minutos en la tarde a revisar las compras. Había que aprovechar el tiempo porque esa noche terminaba la convención y con los hombres no se puede ir de tiendas, son un auténtico fastidio. En realidad estuvimos apenas una semana y tú sabes cómo se van volando las horas. No era que no hubiéramos ido de shopping antes, pero más bien en plan exploratorio (o eso le decía yo a Leo, y escondía las bolsas para que no empezara a reclamar) por cerca de donde ellos viven, siempre pendientes de los horarios de los niñitos etcétera, en cambio ese día Virginia había arreglado todo para tener corrido de la mañana a la tarde. Ya no quedaban sino sábado y domingo y queríamos hacer otros programas, habíamos calculado justo que fuera el fin de semana para que Enrique no tuviera trabajo y pudiera llevarnos y traernos a pasear por la ciudad y los alrededores. Como ellos están viviendo allá desde hace casi un año, ya se mueven como pez en el agua y Virginia se conoce todas y cada una de las tiendas, todos y cada uno de los centros comerciales y los outlets y dónde se consiguen las cosas más baratas, entonces es una maravilla porque no hay que perder tiempo ambientándose ni nada. Más aun, tú te acuerdas cómo es Virginia de detallista, a uno le basta mirar la decoración de su casa para tomar modelo o incluso sentir la necesidad compulsiva de poseer alguno de los millones de objetos que se ha ido comprando. Han puesto la casa preciosa, con decirte que los muebles que se llevaron de Caracas los han ido ubicando en las zonas menos visibles, ahora tienen un juego de sala espectacular de tres sofás, un estante múltiple para el televisor y los aparatos de sonido que pareciera hecho a la medida, un comedor que te desmayas: la base es una escultura de bronce bellísima, el tope un vidrio gruesote y las sillas de un diseño súper extraño y original. Sobre esa alfombra mullidota, qué divino. Del juego de cuarto no te quiero ni hablar, parece de revista de decoración entre el matiz de la madera, el de las paredes y los toques de áreas empapeladas, todo en tonos de color guayaba. Y los cuartos de los niñitos no se quedan atrás.

En fin, como te venía diciendo, Leopoldo se había quedado con el carro de Virginia –tiene un Mercedes que te caes para atrás, con un millón de gadgets que yo no sabía ni que existían (se da una pinta de ricachona…)- y nos había depositado en un mall que es una delicia, tiene absolutamente de todo. Queda un poco lejos de donde ellos viven, razón por la cual no habíamos ido antes. Es un mall precioso pero casi demasiado gigante, por eso comenzamos por las compras de ropa que son las más laboriosas porque hay que medirse y todo eso. Te vuelves loca, por supuesto. Crees que sabes lo que vas buscando y resulta que en el camino te saltan al cuello mil vainas que nunca te habían cruzado por la mente pero que repentinamente se te hacen imprescindibles para vivir: unas etiquetas reusables coquetísimas, por ejemplo, animalitos con la boca abierta para sostener el bolígrafo o el cepillo de dientes, esponjas que limpian hasta los pecados, cajas y cajitas de cualquier forma y tamaño que tienen que servir para guardar algo, artículos de escritorio adorables de puro estrafalarios, utensilios de cocina que prometen hacer el trabajo por ti. Y los juguetes. La propia fantasía. Aparte de la variedad, chica, de lo que se te ocurra hay setecientas marcas y modelos de donde escoger. Lo único que no se consigue por ninguna parte es un cenicero, ¿sabes?, tienes que buscarlos, escondidos y horribles, de plástico, en la esquina más remota del drugstore o en las tiendas más caras de cristalería donde pasan como adornos. Aunque si tienes suerte los encuentras en lo que llaman tiendas de antigüedades, suerte de bodegas de trastos viejos en las que de repente hay cosas increíbles. Eso de no poder fumar en ninguna parte es lo único que no me gusta de allá.

Bueno, vuelvo a mi cuento, es que me atraco con tantas cosas que te quiero contar. Nos organizamos para salir primero de la ropa para nosotras, como te decía, después lo de los niñitos para sentirnos menos culpables y luego a pasear se ha dicho, entrando y saliendo de todas las tiendas que nos llamaban la atención. Me compré un cubrecama de ensueño, un par de floreros a juego color lila, ahora te los muestro, ese pañolón japonés que ves ahí, ¿no es una belleza?, cualquier cantidad de cosas espectaculares para el baño y la cocina, un teléfono para mi cuarto de un modelo jamás visto, regalitos para todo el mundo (mis hermanas estaban fascinadas), un mantel que me muero por estrenar. A ver qué más… Virginia estaba tan contenta como yo pues casi siempre va de shopping sola y es mucho más divertido en compañía, sobre todo nosotras dos que somos tan amigas. Aunque te diré que ella está súper feliz allá, no tiene el menor deseo de volver, y la entiendo. Viven en una casa que ni en todos los años del mundo se hubieran podido comprar aquí, Enrique tiene el Volvo de sus sueños y Virginia un Mercedes que, ya te dije, además de hermosísimo casi habla. A los niñitos les han puesto prácticamente un parque infantil en el jardín y el próximo paso será una piscina, hay espacio de sobra.

Es que el dinero rinde mucho más, indudablemente, aparte de que Enrique está ganando mejor que aquí. Pero, además, ya no se le escapa a tomar tragos con los amigotes por las noches, si lo vieras convertido en el perfecto hombre de su casa con herramientas en el garage, bicicletas de todos los tamaños para hacer ejercicios por esas calles que son de una paz total, de la oficina a su casa y los fines de semana entregado a la familia. Entonces claro, Virginia jura que mientras estén allá no va a volver a las andadas y se la pasan como novios, ella lo mima un montón y él la complace en todo lo que a ella se le antoja. Fíjate que ese día del que te estoy hablando se esmeró por buscarle un regalito, cosa que yo imité, por cierto, para endulzarle a Leo la tarjeta de crédito. Pero para cuando se lo iba a dar ya ni me provocaba. Primero, llegó ya de entrada con la cara amarrada porque y que estaba muy cansado, y arrecho además porque no lo estábamos esperando afuera como habíamos quedado. Pero es que claro, cuando ya íbamos caminando hacia la puerta y sin la menor intención de detenernos en ningún otro sitio, ¡¡lo veo!! Un hipopótamo soberbio, con las vetas de madera marcándole la panza, gordote y con una trompa suplicante. Fue demasiado para mí. Tuve que entrar, tocarlo y sopesarlo, preguntar el precio (sólo por curiosidad), la procedencia. Y ya nos marchábamos, el hipótamo era demasiado grande para la maleta y demasiado pesado para el equipaje de mano, qué lástima. Pero era una tienda de objetos africanos con un sinfín de cosas llamativas, no era fácil salir sin mirar más nada. Una mesa con platicos y bandejitas también de madera, por ejemplo, con aplicaciones de cerámica en motivos regionales; o unas flores exóticas hechas con la corteza de algún árbol; o una colección de máscaras de todos los tamaños y formas. Demasiado, te digo, y ya no tendríamos oportunidad de volver. Recuerdo que miré el reloj, se iba haciendo tarde pero si me apuraba escogiendo sería menos agresivo que pedirle a Leopoldo que se bajara. Mientras, Virginia se devolvió a donde estaban los animales grandes, fascinada a su vez por una cebra relampagueante que según ella le hacía ojitos, calibrando el sitio donde podría lucirla en su casa. Cuando la vi decidiéndose entre un modelo y otro dejé platicos y máscaras y me devolví a arrodillarme junto al hipopótamo, definitivamente enamorada. Sin embargo, lo juro, hice un esfuerzo sobrehumano de racionalidad y renuncié a él. Virginia estaba en la cola para pagar su cebra, por lo que le hice un gesto para encontrarnos en la puerta acordada esa mañana con Leo y me fui corriendo y frustradísima.

Pero qué tal el destino, Leo no había llegado. Prendí un cigarro, di dos o tres vueltas en redondo, lo apagué y me devolví a buscar a Virginia, todavía un puesto por detrás en la fila de la caja. Sabía que no debía pero me volví a acercar a mi hipopótamo como si un imán me atrajera, y, tal cual enviada por el demonio, una gringa que estaba por ahí me comentó que de verdad qué bello, que ella tenía uno muy parecido que se había traído de no sé qué pueblo de África a donde había viajado una vez y que nunca pensó que se le podría encontrar por estos lados. Y fíjate que es el único, me dijo, mucho mayor es  la variedad de los otros animales. En ese momento Virginia se unió a los comentarios con un qué boba eres, Corina, cómpratelo y después vemos, en el peor de los casos, si Leopoldo se niega a cargar con él, se embala con cuidado y te lo mando con cualquiera que vaya a Caracas. Si te gusta tanto no pierdas la oportunidad, chica, después te vas a arrepentir. Pero conociendo a Leo comprenderás que me costaba muchísimo decidirme, sabía que íbamos a tener un zaperoco por el bendito hipopótamo, no sólo por el precio sino por el tamaño. Ya suficientemente inquieta me sentía con la cantidad de bolsas del millón de cosas que había comprado ese día, para añadirle encima aquel animal de tan considerables proporciones. Qué hago, me decía, incapaz de abandonarlo pero a la vez paralizada. En eso se fueron unos cuantos minutos. Incluso fui de nuevo a una de las mesas de objetos pequeños a ver si una máscara o una bandejita me paliaba el antojo. Pero nada. Sin el hipopótamo no podría vivir de allí en adelante. Entonces, no lo vas a creer, sin soltar las otras cosas que había agarrado –léase máscaras, platicos y bandejitas-, alcé el hipopótamo y me dirigí casi corriendo a la caja, que milagrosamente estaba vacía. Pero había que envolverlo con esmero (tú sabes cómo son los gringos con esas cosas), así que añade unos cuantos minutos más. Ya estábamos como media hora tarde y Virginia se adelantó a avisarle a Leo que me esperara un momentico, pero, según me contó luego, apenas unos metros más allá lo divisó venir embravecido. Yo terminaba de pagar cuando entraron los dos a la tienda pero estaba tan entusiasmada con mi animal que ni me percaté de los signos de tormenta. Demás está decirte que casi no podía con mi carga, pero mi beso de bienvenida no consiguió esperar para aclarar que me había enamorado apasionadamente de un hipopótamo, mi amor, me vas a matar pero lo tuve que comprar. Yo nerviosa pero contenta.

Para qué te cuento. El tipo me ha armado una pelotera en pleno mall, qué cómo era posible, que yo era una inconsciente sin criterio ninguno, que cómo se le había ocurrido a él traerme a un viaje de trabajo para que yo gastara sin fondo mientras él se partía el lomo, que dónde coño íbamos a meter ese animal de mierda etcétera etcétera etcétera. A grito herido, la gente se nos quedaba viendo. Tú sabes que él ha tenido siempre un carácter complicado y si lo agarras de mal humor se vuela y dice hasta lo que no debe decir. Pero carajo, no era para tanto. Yo en ese momento no le discutí porque no quería empeorar el pleito en público y porque en el fondo sabía que me había excedido, lo único que se me ocurrió fue abrazar a mi hipopótamo y no lo solté ni siquiera en el carro, donde Leopoldo siguió despotricando a más no poder, que todo ese perolero no nos iba a caber en las maletas, que fuera pensando cómo demonios iba a devolver al menos la mitad de lo que había comprado, que parecía una nueva rica con pozo de petróleo en el jardín y cualquier cosa que se te ocurra. Qué pena con Virginia, por más amigas que seamos, yo no hallaba dónde meter la cara y a ella se la notaba incomodísima. Finalmente, la táctica del silencio pareció tranquilizarlo y la última etapa del camino la hicimos en paz.

Lo peor del caso –ahora me da risa- es que mientras miraba pasar el paisaje y Leopoldo desaguaba sus pendejadas sobre el consumismo y la cultura norteamericana, yo no hacía sino pensar en una tienda de carteras que había visteado, una tienda a la que no me hubiera perdido de entrar si la circunstancia hubiese sido otra pues tenían un sale del 30% menos y se notaba de lejos que tenían una mercadería finísima. Es que esa es otra cosa fantástica. Los gringos tienen millones de días de fiesta y celebraciones –la diferencia con nosotros es que no son feriados- y en cada uno de ellos el comercio se aprovecha para sacar mercancía de ocasión, o sea que todo se resuelve en compra y venta, mijita, hasta los afectos, y no se enrollan. Y entonces –es graciosísimo- esa mercancía enseguida la rebajan para poder exhibir lo de la siguiente festividad, aunque apenas les roce. Por ejemplo, sólo en algunos lugares del sur se celebra el carnaval, pero los artículos de mardi grass circulan por todas partes y te terminas sintiendo mal si no tienes al menos un collar de colorines. Y claro, las tiendas de todo tipo aprovechan para empatarse en las rebajas de temporada, aunque los artículos no tengan nada que ver. Como puede ser un vaso, o una maleta, o unos pantalones corrientes. O como las carteras que vi tan de paso y sin posibilidades de volver. Lástima.

Cuando llegamos a la casa ya Enrique había regresado del trabajo y las horas transcurrieron tensas pero sin explosiones. El hipopótamo nos miraba desde la chimenea y Enrique hizo un par de chistes de zoológico que celebramos un poco a la fuerza. Dejé que Leopoldo se fuera a acostar primero y subí sólo cuando pensé que ya debía estar durmiendo, cosa que logré, efectivamente. Pero a la mañana siguiente no te imaginas la cara con la que se despertó, mudo además. En fin, pensé, si la cosa no pasa de aquí no será tan grave. Modosa como nunca, ese día no hice sino sonreír y complacer. Enrique nos llevó a pasear por el downtown, luego a mostrarnos el campus de la universidad, donde nos bajamos y estuvimos caminando largo rato pues hacía un día precioso. Almorzamos en un restaurante vietnamita de exquisiteces sin fin y la conversación se mantuvo bastante fluida aunque Leo prácticamente no me hablaba.

En la noche –la penúltima antes del regreso-, mientras Virginia bañaba y acostaba a los niñitos, decidí adelantar con las maletas para tener el día siguiente más tranquilo. Leopoldo y Enrique se habían quedado abajo conversando y tomando tragos –pensé que no habría peligro de una interrupción- y me pareció una buena idea extender sobre la cama todas las cosas para calcular bien los espacios. Y en ésas estaba cuando aparece Leo –maldita sea, Luis Enrique había llamado al papá para que le leyera un cuento- y por supuesto, al ver el reguero se armó otra vez la de san quintín. Empezó de nuevo con lo de que íbamos a tener que comprar otra maleta, que él no tenía intenciones de quebrarse la espalda con ese peso así que fuera pensando quién “me” iba a cargar todo eso. Y yo conteniéndome: tranquila, me decía, no es la primera tanda ni será la última, ya se le pasará. ¿Te acuerdas la vez aquella que fuimos al Perú y yo me empeñé en traerme una lámpara de cuero labrado que al final no nos dejaron meter en cabina y se armó todo un lío? Y luego era a él a quien más le fascinaba verla en nuestra sala. Entonces paciencia. Lo dejé hablar y hablar a ver si se le acababa la cuerda, pero, por el contrario, mi aparente indiferencia lo que logró fue que se fuera poniendo más y más agresivo, que los nuestros no eran hijos de ricos para necesitar tanta ropa y tantas chucherías, que dónde creía yo que iba a lucir todos esos trajes que me había comprado y que para qué coño servía ese perolero para la casa, y dale con el consumismo, y más, otra vez que lo que pasaba era que yo era una irresponsable que no me preocupaba sino en gastar, que el dinero no me dolía porque no me lo ganaba yo y me dejaba seducir por cualquier bobería o cursilería que me pusieran enfrente. Y ya, ahí sí no aguanté más. Todo tiene su límite, ¿no te parece? El asunto es que cuando arranca una pelea de esas, sin darte cuenta empiezas a mezclar una cantidad de resentimientos viejos que al rato no puedes controlar. Tal cual. Una cañería se hubiera quedado pálida. Gritos van y gritos vienen, fueron saliendo desde pleitos familiares hasta descontentos de cama. La basura completa que puede acumularse en once años de casados se disparó en todas las direcciones ensuciando hasta las paredes. Yo terminé llorando, por supuesto, y diciéndole hasta del mal que se iba a morir y entonces le tocó a él recoger velas para que la sangre no llegara al río, porque, te juro, ya estábamos al borde de los golpes. Claro, muy fácil, primero prende la mecha y después pretende que me calle la boca.

Lo más difícil, te confieso, fue no asesinarlo esa noche. La vergüenza con Enrique y Virginia no se me quitará más nunca, pero hubo que sobrevivir todavía un montón de horas en su casa. En un momento dado Leopoldo decretó dar por terminada la trifulca y salió del cuarto dando un portazo y dejándome con la palabra en la boca y los mocos colgando. Pero olvídate que yo me iba a quedar encerrada el resto de la noche porque a él le diera la gana. Dejé todo tirado, me bañé y me arreglé como si fuera a salir, y bajé de lo más campante a servirme un trago que me fui a tomar a la terraza con Virginia, menos mal hacía una noche divina. Ahí estuvimos dándole a la lengua hasta tardísimo, ella tiene mucha suerte porque Enrique es de un plácido y un complaciente que da envidia. Entre ellos la arrecha es ella, ¿te acuerdas los zaparapangos que le armaba cuando llegaba tarde? Bueno, nadie es perfecto, pero fíjate cómo se salió con la suya y ahora están allá de lo más felices. Y es que Enrique es un ángel, al rato vino a reunirse con nosotras con la noticia de que Leopoldo se había quedado dormido en el diván del estudio con media botella de whisky al pico. Maravilloso. Yo cuando subí tampoco estaba demasiado lúcida, a duras penas me puse el piyama y me acosté rodeada por todas mis compras. Ya habría tiempo de hacer las maletas al día siguiente porque, de todas maneras, cualquier programa se había echado a perder.

Ese es el cuento. Entonces me divorcio, chica, y al carajo con todo. Leopoldo pensó que yo no me lo iba a tomar en serio cuando me dijo en medio del rollo que no quería tener nada más que ver conmigo. ¿Así es la cosa? Pues nada que ver, yo tampoco quiero. Estoy harta de su mal carácter, de su pichirrería y de su egoísmo, porque cuando es él el que se encapricha con algo sí le encuentra la justificación que sea, o no me vas a decir que en la casa necesitamos cada seis meses renovar la computadora o que no podíamos vivir sin ese modelo galáctico de televisor del que Leopoldo se antojó. Pues yo me enamoré de mi hipopótamo y ya. Imagínate si hubiera sido de otro hombre. Todavía, ¿no? Capaz que ahora sí busco a quién levantarme que me quiera llevar para gringolandia, mijita, aquello sí es vida, todo organizadito y perfecto. Pero dime tú qué tan horrible podía ser llevar el pobre hipopótamo al hombro en uno de los bolsos que ya teníamos, como de hecho hice, y sin pedirle ayuda, que conste (en la noche me tuve que tomar como tres pepas de voltaren, pero eso no se lo dije a nadie). Y nunca ha sido él el que ha hecho las maletas, de esa vaina me encargo yo y ya tengo el cálculo logístico, aunque me pase horas logro siempre que todo me quepa. Después cuando llego a la casa me pregunto cuál era el problema, cuando sacas las cosas de las maletas te das cuenta de que no es tanto y te hubieras podido comprar también aquello por lo que finalmente no te decidiste. Por eso me contento tanto de no haber desistido del hipopótamo, fíjate lo espectacular que se ve desde la entrada. ¿Por qué me iba a privar de eso? Y la alegría de los chamos, vale, cada vez que uno vuelve de un viaje y les empieza a sacar todas esas menudencias que Leopoldo llama mariqueras. Eso bien vale el mal rato del avión, si es que se produce. Si uno se hace a la idea de que va a estar incómoda por un rato, pero piensa todo lo que va a disfrutar después, se hace fácil.

Leopoldo que se vaya al mismísimo carajo, a mí no me vengas a hablar bien de él.

No, no me da pena. Y a quien me pregunta le digo que me divorcio porque me enamoré de un hipopótamo. ¿Y qué?

 

Relato publicado en el volumen Cuentos de seducción. Bogotá: Panamericana, 2006.

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