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El cielo advertía con tiempo el fin de la tarde cambiando su color. Avisaba con escasas pero fuertes y cargadas gotas, que cerca estaba una noche diferente a todas las demás. En aquella oportunidad, la sorpresiva no llegaría a manos de los cañones, golpes y gritos que en ese entonces se mantenían en un recurrente eco; retumbando las precarias construcciones que de a poco se convertían en los escombros, y luego, lamían el polvo del suelo a raíz de una guerra que no hallaba su fin.

Con la caída del entonces dictador Mobutu Sese Seko, se acabaron en 1997 los tiempos de orden de quien se hacía llamar por palacios, calles y callejones de su país, como el “Padre de la Nación”. Mobutu huía entre los cascotes que un día había levantado para él, escondiendo su vida de la muerte que parecía estarle esperando con ansias. Con la huida de Mobutu, se escapaba también ese nombre de Zaire, que con atrevimiento e irrespeto se había colado como el título del país africano, que ese mismo año, logró recuperar su nombre original: República Democrática del Congo.

El adiós de la dictadura, no significó lo mismo para la guerra. Quien había derrocado al hombre que se mantuvo por 32 años bajo el mandato del país, fue el líder guerrillero Laurent Désiré Kabila, que arrastró consigo uno de los momentos más escalofriantes, crudos y fríos de los cuales el cielo ha sido testigo. Empezó a hervirse una disputa por el poder del país que estaba infestado de tropas ugandeses y ruandeses. Las mismas habían sido solicitadas por Kabila para apoyarse durante el ataque militar, pero los oportunistas armados ahora reclamaban a la fuerza dominio y territorios. La tierra africana era cada vez más polvo y menos vida, la guerra agudizó la miserable vida de los entonces menesterosos, que dormían en las noches sin poder soñar, mientras contaban balas en vez de estrellas.

Ese mismo cielo que aterrado por la mortandad en las calles y angustiado por los gritos de auxilio, decidió salir de aquella timidez que la invadía y transformó esa tarde de pocas gotas, en una oscura tormenta. Eran las lágrimas de un dios que había visto cómo entre hombres se mataban unos a otros, eran las gotas que entre sollozos buscaban limpiar la sangre que chorreaba por las calles, era el llanto que pretendía llenar los ríos hasta desbordarlos, despidiendo así, los nauseabundos olores de restos humanos en descomposición.

Aquel llanto sanador se concentró con fuerza en la ciudad congoleña de Kasai, donde mientras tanto, dos equipos de fútbol se mantenían en disputa a través del juego. La noche, ya desordenada por la lluvia, se iluminó por un segundo en compañía de una estrepitosa descarga. De inmediato, el exiguo público aturdido por el estallido, se botó al piso con afán de esconderse ante lo que pensaron pudo ser un festival de balazos que corría en busca de víctimas. En el campo de juego, se levantaban pequeñas nubes de humo en contravía de la lluvia. En simultáneo, se fueron parando los jugadores que habían encontrado también refugio en el suelo, al final, los once jugadores del equipo visitante, junto al arbitro, ya de pie, manoteaban el aire despejando la vista. De esta manera, reconocieron que cada uno de los jugadores del equipo local, Bena Tshadi, se encontraban todavía tumbados y rodeados por unos visos oscuros marcados en el césped. El mismo cielo que venía limpiando con tristeza e ira los pecados de la ciudad, había ahora apuntado un rayo en dirección al terreno de juego. Como si no fuera suficiente con una guerra despiadada, ahora: once cuerpos humanos calcinados por un rayo. Un rayo que escogió sin arrugarse y con carencia de justificación, la muerte de los jugadores locales.

Kasai, una ciudad pequeña envuelta en brujería y hechicería, no dudó que aquel insólito incidente excluía las fuerzas oscuras de una posible maldición sobre los jugadores de Bena Tshadi. Los lugareños multiplicaban la voz y pregonaban que un rito de magia negra había ocasionado semejante accidente. No lograban comprender cómo el rayo había funcionado de tal manera.

El 1998 de aquel país en guerra, las desgracias y los mártires igualaban en número, las gotas de una fuerte tormenta. El cielo extenuado de espiar, se vio tentado a participar para dejar en claro su autoridad. Aquella escena se recordará como la noche en que la inocencia del balón pagó por divertir a un pueblo rebelde, atiborrado de pecados y de almas mundanas. La guerra del Congo no tenía limites: se extendía de norte a sur, de este a oeste, y de tierra a cielo.

 

Diego Hernández Losada.

@diegoh94

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Bogotano de 21 años, amante del deporte, la música y las letras. Actualmente estudiante de periodismo deportivo en la Universidad de Palermo ubicada en Buenos Aires, Argentina. Interesado en compartir historias.

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