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Desde simples frases como «la otra semana te llamo»,  «Claro, cuenta con eso», «No te preocupes, que yo te doy una mano», hasta otras con mayores implicaciones en lo laboral como «este documento está sin falta para mañana» o personal como «prometo serte fiel» o de país como  «no aceptaré un solo soborno» , son solo algunas de las manifestaciones de esta enfermedad cada vez más extendida y llamada «incumplimiento de promesas». Está tomando tintes tan especiales que pareciera que romper unilateralmente con aquello que dije iba a hacer forma parte de lo normal, de lo aceptado, de lo «perdonado».

¿Cuándo nos vamos a hacer cargo de los daños que ocasiona este comportamiento? ¿Cuando vamos a entender que al momento de prometerle algo a alguien, el mundo de esa otra persona comienza a cambiar? Si. A cambiar, porque se da inicio a un proceso de preparación para recibir aquello que le ha sido anunciado: desde el café hasta la fidelidad y la honestidad.

En coaching ontológico una promesa es un acto lingüístico por el cual coordinamos acciones con otros, nos ponemos de acuerdo con otros,  y en esas acciones está involucrada nuestra propia identidad. Quien no se hace cargo de las consecuencias de sus incumplimientos, está construyendo un camino en el que puede llegar a verse excluido de equipos y relaciones.  Las promesas son generadoras de confianza o desconfianza.

La acción de prometer tiene dos partes: una cuando hacemos la promesa y otra cuando tenemos que cumplirla. Esta última es la que ofrece el mayor reto para nuestra integridad. Hace poco le escuché a Yokoi Kenji una historia sobre este último tema que quiero compartir:

Estaba un japonés en un hotel y pide una pizza por teléfono y al llegar la pizza la abre y se da cuenta que no hay pizza, que sólo hay como US$1800 en efectivo y le comenta a su pareja lo sucedido.

– ¿Dónde está la pizza?, sólo hay este dinero, hay que regresarla.

– ¿pero qué dices, estás loco?, está genial, la pizza cuesta US$17 y ahora tienes US$1800 , no la regreses.

– Si, la voy a regresar porque yo pedí una pizza.

El japonés decide ir a la tienda junto con su pareja a regresar la caja con el dinero y exigir su pizza.

Y le dice al cajero lo siguiente…

– Disculpe, vengo a regresar esta caja y a que me den mi pizza.

– Pero señor, usted escuchó el programa de radio de la promoción.

– No sé de lo que me está hablando y no me interesa, yo quiero mi pizza.

– Señor, usted puede quedarse con el dinero, sólo ocupamos que salga en televisión nacional para que todo mundo vea que aún existen personas honestas como usted.

– No me interesa, yo sólo quiero mi pizza.

– ¿Aunque sea puede decirme su nombre para hacer un reportaje?

– No por favor, no quiero que nadie sepa esto.

– Pero el mundo debe saber esto señor.

– Mire, acérquese un momento.

El cajero se acerca y el japonés le dice:

– No quiero que mi esposa se entere que estuve en un hotel pidiendo una pizza.

¿El japonés era honesto?.  Si, totalmente honesto, pero no estaba siendo integro.

De eso se tratan las promesas. Sostienen la integridad. De ser capaz de actuar en coherencia con lo que hemos dicho que vamos a hacer. ¿Cómo pedirle a una sociedad que sea íntegra como colectividad, cuando quienes la conforman no lo son? Y ni que decir en los equipos de trabajo. Escucho permanentemente en mis espacios de intervención desde el coaching en las empresas, cómo públicamente  prometen hacer esto o aquello para solucionar un cuello de botella que detectaron, y cuando nos volvemos a reunir para chequear el avance de aquello a lo cual se comprometieron el silencio y las miradas al techo son la respuesta a la pregunta ¿cómo avanzaron en aquello de….? ¡Estos son promesas no cumplidas! ¿Qué está fallando? ¿En realidad con qué estamos comprometidos? ¿con la queja? ¿con decir que algo no funciona pero no hacernos cargo de los compromisos que realizamos?

Propuesta: Al prometer algo – a los demás y a nosotros mismos-  seamos conscientes de cuáles son nuestras reales posibilidades de acción, saber y poder, seamos capaces de decir NO de frente, no nos de miedo exponer las razones que me impedirían cumplir, renegociemos términos, pero no perpetuemos esta enfermedad.



Avisos parroquiales

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Sandra Mateus. Crecí profesionalmente en las salas de redacción de medios como La República, Todelar y el extinto más no olvidado diario La Prensa. Con estas experiencias a cuestas transité el camino de ser estratega en comunicaciones corporativas y desde hace varios años elegí incluir al coaching y al liderazgo en mi vida certificándome como Coach profesional, porque gracias a eso adquirí competencias para facilitarle a personas y empresas la búsqueda de los bloqueos que no les permiten avanzar hacia donde quieren. Viví cuatro años en Neuquén, entrada de la Patagonia Argentina, y allí no solo me sumergí en la práctica y docencia del Coaching Ontológico, sino en el mate, bebida que me traje a mi Colombia a donde regresé hace ya casi tres años para volcar mi experiencia y pasión al desarrollo y entrenamiento de personas y organizaciones, en las competencias conversacionales y de liderazgo necesarias para lograr mayor efectividad en la consecución de objetivos que nos ayuden a ser cada vez mejores como personas y como sociedad.

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