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Ésta semana murió un buen periodista. Él creyó en mi, vio algo en mis letras.

Con nobleza y respeto agitó mi inmadurez en varias ocasiones y me dirigió hacia reflexiones, hoy en día, esenciales en mi proceso de evolución. Compartimos poco, pero hoy el sentimiento por su muerte me invita a escribir.

¿Cómo fue mi formación como ser humano? ¿bajo qué valores y principios crecí? ¿de qué estuvieron compuestas mis bases? ¿de dónde provienen mis carencias? Le doy vueltas a esas preguntas cuando me encuentro socialmente con lo que yo era en el pasado y así puedo comprender, por contexto, a la humanidad.

Mis padres hablaban de literatura, de reflexiones filantrópicas, y sus trabajos siempre estuvieron enfocados en la cultura. Pero, sin caer en el desagradecimiento, mi educación tuvo muchos puntos de inflexión. A mi me terminó educando la vida a trancazos, el haberla embarrado hasta el fondo, el tiempo que amablemente me iba presentando situaciones que fortalecían mi formación.

Recuerdo que, en el colegio, en primaria, tuve una amiga con discapacidad. Desconozco su paradero y en ese entonces también su diagnostico, nunca indagué sobre sus dificultades  y jamás la definí a través de su condición. Sabía que había cosas que ella no podía hacer, pero había miles que sí podía, y nos divertíamos enormemente con esas habilidades. Eran más que suficientes.

Como el tema de interacción social nunca se me ha dado del todo, amaba compartir solo con ella en los recreos y las clases. Cuando no asistía al colegio era una desgracia para mí. Me tocaba ir sola a la cafetería en donde siempre me metían un empujón por tener gafas, o se me colaban en la fila por no ver en mí ni el más mínimo potencial de defensa. Ir a buscar con quién jugar, sin éxito y arriesgando mi estomago al atravesar la cancha donde siempre me daban balonazos, no era algo sencillo.

No fuimos educados en normalizar la diferencia, nos enseñaron a sentir pesar y a señalar disimuladamente”.

Pero es así como la vida me preparó desde muy temprano para la compasión, para la diversidad, para otras formas de vida… y aunque por periodos me desvié convirtiéndome en un personaje indeseable, ese que empujaba y daba balonazos, mi propósito estaba trazado y solo fue cuestión de tiempo para enrutarme en él.

En mi familia, cuando nos enfrentamos a la indiferencia o a la ignorancia nos duele. Sentimos ganas de pelear y después hacemos el ejercicio de comprender el por qué de ese tipo de gestos. Luego se hace fácil descubrir la razón.

No fuimos educados en normalizar la diferencia, nos enseñaron a sentir pesar y a señalar disimuladamente. La sociedad no es culpable de estar miope de raíz. Todos hemos llegado al mundo con códigos en cadena. Pero por fortuna evolucionamos y, hoy en día, hay fuerza, espacio y determinación para sembrar la diversidad como una manifestación lógica de la naturaleza y es increíble experimentar estos cambios y ver cómo las mentalidades godas se reducen, se vuelven obsoletas y ya carecen de argumentación.

Y hablando de cambios, hoy es tendencia el tema de la maternidad. Los nuevos medios nos permiten compartir nuestras experiencias y conocimientos. Me encanta consumir todo lo relacionado, y no puedo enumerar cuantos tips he recogido en redes. Sin embargo, y sin esperar que los demás compartan mi óptica, me encantaría ver en algún momento como trending topic la educación de nuestros niños. En casa y en las instituciones. Ojalá hablar de una educación basada en la inclusión, en la compasión, en la diversidad, en la solidaridad, en el altruismo y sin tanta competencia. Y si es cuestión de mantener el fenómeno competitivo, por aquello de la superación, que las cosas se hagan, por lo menos, de forma sana y honesta.

Para mí no hay nada más importante en la maternidad que formar a nuestros niños en el respeto y la tolerancia. Dejar de darle tanta fuerza a las trivialidades (que igual son parte de la diversión y eso es importante) y tratar de volver más robusto nuestro contenido, así el aporte a la sociedad sería definitivo; y todos en nuestra capacidad de reflexión nos sentiríamos tocados de algún modo.

 

 

 

 

 

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Soy Érika Llamosa Durán, estudié Artes y me tiré la tesis. Trabajé en periodismo, moda y publicidad. Ningún trabajo fue tan importante como ser mamá.

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