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Jardines de malezas, arquitectura superpuesta, líneas sangrantes que conforman un corazón tatuado, cráneos humanos revestido de hojas secas. Eso suena a arte joven. Y sí: es arte joven. Es parte de la exposición actual de Espacio el Dorado, una de las colecciones privadas más completas y documentadas de arte contemporáneo y joven del país. Pero de qué habla el arte de los millennials en Colombia. Es la pregunta germinal de este texto. También hay otras necesarias: ¿cuándo un artista es o deja de ser joven? ¿Es pertinente dividir y categorizar artistas según su fecha de nacimiento? A mí no me parece relevante si un artista es mayor o menor de cierta edad. Hay obras maravillosas que fueron hechas a muy temprana edad y otras que fueron elaboradas luego, en la mitad o al final de la vida.

La sabiduría antigua reconoce que los veinte son la época de la belleza. “El que no es bello a los veinte, ni fuerte a los treinta, ni rico a los cuarenta, ni sabio a los cincuenta, nunca será ni bello, ni fuerte, ni rico, ni sabio”, dice un refrán español. Los veinte están justo en el medio de la edad en la que uno aprende a ganarse la vida y la edad en la que uno se vuelve sabio a punta de errores acumulados. Aquí recuerdo una frase de  Álvaro Medina, profesor e investigador, en una de sus clases de Historia del Arte en la Universidad Nacional: “No creo en los artistas jóvenes—dijo en un auditorio, entre otras, repleto de jóvenes—. La calidad de un artista depende de su experiencia, y su experiencia depende, a su vez, del tiempo dedicado al trabajo, de las horas del día enfocadas a encontrar un estilo, a su búsqueda. Lo que no tiene nada qué ver con la edad”.

El término de arte joven —explica Catalina Vaughan en uno de sus artículos en Esfera Pública— apareció en nuestro país en la década de los setenta cuando Eduardo Serrano organizó un par de exposiciones con obras de artistas que estaban despuntando en el medio local. “Luego vinieron los Salones Atenas del Museo de Arte Moderno, donde se presentó en sociedad la obra de artistas jóvenes de entonces (Miguel Ángel Rojas, Antonio Caro, John Castles, Gustavo Zalamea)”. A finales de los setenta el Salón Atenas llegó a su fin y el Museo de Arte Moderno relanzó esta categoría creando la Bienal de Bogotá, en las se mezclaron las nociones de arte joven y aire fresco. Años más tarde la Biblioteca Luis Ángel Arango lanzó su programa ‘Nuevos nombres’, que presentó obras de Doris Salcedo, Nadín Ospina, entre otros.

 

De izquierda a derecha: Cristina Franco, Eduardo Serrano, Geo Ripley, Rafael Echeverri, Sandra Llano y Jorge Ortiz. Fuente COLARTE

De izquierda a derecha: Cristina Franco, Eduardo Serrano, Geo Ripley, Rafael Echeverri, Sandra Llano y Jorge Ortiz. Fuente COLARTE

 

 

UNO: LA DÉCADA DE LOS NOVENTA

Las generaciones anteriores al nuevo milenio buscaban ser premiadas, de algún modo amparadas, por ello se postulaban a concursos como el Salón Nacional de Artistas, la Bienal de Bogotá o gestionaban por sí mismos hacer parte de alguna colección o participar en alguna exposición del Mambo, que tenía el canon del arte, y que por cuestiones de burocracia administrativa de Colcultura (antiguo MinCultura) y la apertura de nuevos espacios (El Camarín del Carmen, por ejemplo), perdió paulatinamente su importancia, y de paso, el presupuesto que recibía de Colcultura y patrocinadores privados. El punto de no retorno, la estación final del desvanecido Mambo fue la exposición ‘La Barbie de Pasarella’: noventa muñecas Barbie, vestidas por treinta diseñadores latinoamericanos, entre ellos cinco colombianos, se exhibieron en abril de 2003. El museo y su directora sintieron el golpe (o se dieron a sí mismos, sería mejor decir) e inició así su debacle.

 

 ‘La Barbie de Pasarella’

‘La Barbie de Pasarella’

 

“Durante los años noventa el Salón Nacional de Artistas era de jóvenes (Nadín Ospina, José Alejandro Restrepo, David Lozano), en la siguiente década había una mixtura de personas con recorrido, amateurs y novatos—dice Guillermo Vanegas, profesor de historia y teoría del arte de la ASAB y jurado en el reciente XLIV Salón de Artistas Nacionales, llevado a cabo en Pereira, bogotano de 44 años—. Hoy los Millennials no le apuntan al Salón de Artistas sino a las ferias más importantes de arte que hay en Bogotá: ArtBo y La Feria del Millón”.

La metamorfosis del arte joven conduce a una nueva epistemología o finalidad de las plataformas culturales: el arte contemporáneo no se premia, se investiga. La obra de arte es la oportunidad  adquirir conocimiento, documentarlo, establecer alguna hipótesis o lanzar una teoría sobre sus propietarios, gestores, intermediarios, materialidad de la obra, canon. En este punto, Santiago Rueda, que ha sido curador en diversas exposiciones, plantea dos preguntas: “¿el MinCultura o Idartes hacen bien la tarea desde lo que tienen que hacer, su misión? Sí, cumplen metas e indicadores de gestión. ¿Esas metas son pertinentes, adecuadas, afines con el arte joven? No, son metas propias de los años noventa: estímulos y patrocinios: becas, becas, becas”.

Así las cosas, una beca de producción de obra —de 20, 30 ó 40 millones de pesos— seguía el ciclo de creación, ejecución, producción, exposición y en algunos casos, documentación e investigación por parte de críticos, curadores o investigadores independientes. Luego, quedaba en el olvido, en la casa del autor o si contaba con suerte o un buen marchante, en la galería de un coleccionista.

 

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DOS: ¿QUIÉNES COLECCIONAN EL ARTE JOVEN?

Hay varias posibilidades. 1). Artistas-coleccionistas como arte útil para sus propios fines creativos (por ejemplo, Fernando Botero, Enrique Grau o Carlos Rojas lograron crear museos con su colección personal). 2). Críticos de arte, cuya colección da cuenta de su trasegar investigativo y sus preferencias afectivas (por ejemplo, Santiago Rueda, que cuenta con una colección juiciosa de artistas jóvenes que han abordado el tema de narcotráfico en su obra). 3). Coleccionistas particulares como José Darío Gutiérrez (creador del proyecto Bachué, plataforma que cuenta con colección de arte, sello editorial y una galería en La Macarena), Cesar Gaviria (uno de los mayores coleccionistas del país, propietario de Nueveochenta), Alejandro Castaño (que abre su apartamento y bodega de arte todos los años durante la feria ArtBo para visita del público), Celia Sredni de Birbragher (una de las mayores coleccionistas de arte contemporáneo del país, en especial producciones relacionadas con temas activistas y de performance), entre otros.

Los coleccionistas de arte contemporáneo y joven salieron a la escena pública hace algunos años en medio de un contexto favorable: el crecimiento económico, el ascenso de la clase media y la mejora en las condiciones de seguridad e inversión en el país. Estos coleccionistas de arte contemporáneo conforman un enorme rompecabezas, un crucigrama de acuerdos y desacuerdos, de mejores “ojos” u “olfatos” que dinamizan la escena artística del país, permitiendo, en todo caso, una visión de conjunto más democrática y menos excluyente del país.

 

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Halim Badawi, arquitecto y crítico de arte, escribió en ARCADIA, que estos coleccionistas reúnen, en su conjunto, un acervo artístico superior al de todos los muesos de arte de Colombia. Hay colecciones privadas de arte joven y contemporáneo que superan a las del Banco de la República, el Museo Nacional o el Museo de Arte Moderno de Bogotá.

“El canon del arte joven y contemporáneo está en Espacio El Dorado. Un espacio privado que custodia, conserva y expone mejor este arte que cualquier museo”.

Dice Guillermo Vanegas, y en seguida agrega una explicación fundamental, de base en este contexto: un museo, independiente de su misión, categoría, tamaño o especialidad tiene una vocación pública, una hoja de ruta en su misión educativa: piensa en el público o el visitante e incluso en la formación de ciudadanos, en algunos casos. En tanto, la galería piensa en el cliente, los compradores, el mercado del arte, la ganancia, el prestigio.

 

TRES: ENTRE INNOVADORES Y FRUSTRADOS

   Guillermo Vanegas asegura que los cuarenta años son un punto de madurez de un artista. A continuación expone el repertorio de su afirmación: tener tesis de pregrado o maestría publicada —aunque sea por la editorial de la universidad—; haber participado en alguna exposición colectiva, o individual, mucho mejor; haber participado en algún concurso de crítica o historia del arte, y por último tener un cargo universitario.

A continuación aclara que los artistas Millennials ya han cumplido estas metas antes de los 25 años. Producen, gestionan, buscan y no tienen dilemas éticos a la hora de ser patrocinados por alguna empresa nacional o extranjera. Se asocian y funcionan como una empresa curatorial—para no ir lejos, miremos el caso de La Agencia, en la que, como su eslogan indica, puede pasar de todo pero no de cualquier manera—. Es otro tipo de artista: un artista con mentalidad gerencial. “Es doblemente efectivo. Es dinámico y aparte innova”, asegura Vanegas.

 

Imagen Archivo La Agencia/ El desacuerdo, 2018

Imagen Archivo La Agencia/ El desacuerdo, 2018

      Vanegas estima que los egresados de la Universidad Javeriana y de la Tadeo Lozano llegan sin mayor dificultad a la industria cultural: cine, comerciales de televisión, publicidad. El énfasis de las carreras les permite allanar sus primeros pasos como profesionales y planear desde temprano la trayectoria personal que desean construir. Un ejemplo, el de Atico Estudio, que según la revista PyM produce el 70% de los comerciales de televisión abierta y por cable del país. Un mercado laboral asegurado, como un precepto profesional: el estudiante que se destaca en la universidad tiene un puesto asegurado allí. Cada chico retoma una vida parecida a la de su inmediato antecesor: recupera, conserva y reproduce. No es una tradición sino una consecuencia de la distinción y el capital social, pero al final se trata de movilidad social que circunscribe a los jóvenes artistas integrales. Y que, entre otras cosas más, podría explicar la pésima calidad de nuestra televisión.

Le pregunto a Vanegas por la universidad pública en el escenario o mercado del arte millennials, si la crisis patente en la estructura física en los edificios de arte la Nacional y la ASAB también se presenta en otras esferas de la formación profesional. “Así es”, admite Vanegas, con una rapidez que me indica que no le estoy diciendo nada que él no haya pensado antes. “Los de la Nacional son crecidos y los de la ASAB, pues terminan de profesores o de tatuadores. La Nacional está peor: solo produce gente frustrada”. El único camino que les queda son los premios de Arte Joven, como el de Colsanitas (que en 2011 entregó menciones honoríficas a egresados de la Nacional) o el Arte Joven Club El Nogal  (este año, entre sus seis ganadores, hubo dos de la Javeriana, tres de la Nacional, uno de la Tadeo).

En cuanto a los Andes, Vanegas estima que el tema del conflicto no hace parte de la producción artística ni curatorial de sus estudiantes o egresados. Existen varias explicaciones, que involucran la formación familiar, la vinculación profesional de los padres de estos chicos o la búsqueda de un estilo personal que no se involucra con temas martillados todos los días en los medios de comunicación o elaboración de experiencias personales. Existe otra explicación, el mercado: el arte hecho por menores de 30 años es un valor de inversión. Los egresados, estudiantes y vinculados con las universidades privadas bogotanas son pragmáticos: le apuntan al mercado, quieren dinero, eso sí, por vías legales.

Es natural, el artista debe vivir de algo. Vender su obra en una ciudad como Bogotá (donde la cantidad de artistas en inabarcable y las galerías parecen no dar abasto). En ese sentido, la Feria del Millón es una ventana clave para los Millennials. Después de cinco ediciones sigue siendo una plataforma para los jóvenes que no tienen representación ni capital social suficiente para exponer en una galería. Por ejemplo, para la edición de 2017, la feria recibió 1,238 portafolios de los cuales 57 (el 0,24%) fueron escogidos para presentarse en la semana del arte en Bogotá. ¿Es suficiente? Diego Garzón, codirector de la feria explica que es una feria de artistas, no de galerías y busca trascender la exposición y venta de las obras. Es un proceso. Una inversión a largo plazo en el que la continuidad juega un papel fundamental, dice Garzón.

 

CUATRO: ¿LA VIOLENCIA Y EL ARTE DE LOS MILLENNIALS?

Comencemos por el principio: el llamado arte crítico colombiano comenzó con el Bogotazo (1948), una tradición que, como lo explica Halim Badawi, más allá de sus referencias visuales a la violencia partidista, guerrillera y mafiosa, de su sátira al poder político, de su apuesta testimonial o su denuncia, constituía un arte no solo comprometido con la situación social del país (a través de una intensa revisión crítica a la historia del arte europeo y con una reformulación local de las vanguardias globales), dice Badawi. La tradición del arte crítico permitió, además, romper con el academicismo imperante y con las formas más decorativas de arte.

Artistas críticos fueron Alejandro Obregón (que pintó La Masacre del 10 de abril, y años después, la célebre Violencia), Débora Arango (que hizo su versión de El Bogotazo), Beatriz González (adaptó el arte pop a la sátira política), Antonio Caro, colectivos como Taller 4, fotógrafos como Sady González o Manuel H. Rodríguez, entre otros.

Entre los Millennials que trabajan con temas políticos o de activismo ambiental están Alto Riesgo Creativo, Creado por Christian Cely, un ejercicio  en el barrio El Espino III sector en Ciudad Bolívar para sugerir puntos de reflexión con los habitantes alrededor de su casa, la memoria y el barrio. El arte del rebusque, conformado por Jesús Cataño, Román Navas y Henry Palacio, egresados de la ASAB, en su obra abordan valores relativos a la urbe, el recorrido y la relación entre proceso y objeto artístico. Colectivo Miraje, conformado por Hernando Arias Páez, María Clara Arias Sierra y Lucille De Witte, un intento por observar, documentar y difundir la historia de Marte, un terreno desértico en Sutamarchán, Boyacá, transformado en bosque por Hernando Arias desde 1975. Hoy, los 55.000 árboles plantados han ido muriendo progresivamente a causa de una especie de musgo.

 

Obra de Christian Cely, 2016. 

Obra de Christian Cely, 2016. 

 

En cuanto al tema ambiental, en el que hay colectivos que trabajan de lleno con la comunidad, se destaca Des-minado, una exposición sobre los efectos de la economía extractiva, legal e ilegal en el país. El curador fue Santiago Rueda y el galerista Gilberto Hernández. “Las tragedias anunciadas como las del Río Doce en Brasil o el secamiento de varios ríos en Colombia, entre otros ejemplos que evidencian daños irreparables y son preludio de lo que vendrá: ilegalidad y sobornos, desplazamientos y daños culturales de grandes dimensiones, perjuicios ambientales y la salud de las comunidades” señala el prólogo de la exposición. Los artistas son de edades varias, entre los jóvenes estuvieron Camilo Bojacá, Francilins Castilho, Gonzalo Cueto, Santiago Vélez, Zoraida Díaz, Eduard Moreno, Fernando Pertuz, entre otros.

Sobre el tema de las exposiciones en las que participan artistas jóvenes, Guillermo Vanegas asegura que “en toda exposición intervienen discursos elaborados con antelación: el del artista al producir su obra, el de las instituciones que los acogen, cuya estructura depende siempre de una planeación preliminar”. Entre el artista, el curador y el galerista actúan diversas estrategias de negociación que, por lo general, terminan por favorecer más a uno de los actores implicados.

 

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CINCO: LOS RIESGOS PARA EL ARTE JOVEN

Aunque pueda resultar una afirmación temeraria, los Millennials, en su conjunto, más allá de los chismes de inauguraciones, de sus afinidades y diferencias, en sus singularidades y sus dogmatismos, en el carácter fragmentario de sus creaciones, de las universidades en que se formaron, apuntan al mercado del arte, que está principalmente en Bogotá, Medellín y Cali. Una burbuja especulativa ajustada al modelo de negocios, ferias, exposiciones, inversión que escinde el tema de conflicto y la violencia, que retoman otro grupo de creadores, en su mayoría, de zonas marginadas del país, como el caso de Edinson Quiñones.

Así las cosas, un artista es nuevo para una persona en la medida en que llega a él por primera vez, aunque haya participado en varias exposiciones individuales o colectivas o ferias o proyectos independientes. El artista y su obra serán novedad cuando llegue por primera vez a quien pueda verlo o conocerlo. También están los casos en los que un artista con una trayectoria impresionante por fuera del país (como Luis Roldán), que tiene una obra increíble que en Colombia no se conoce mucho, llega al país, invitado a alguna feria o exposición de algún museo. Al entrar a un mercado nuevo, se vuelve  nuevo  automáticamente desde el punto de vista del mercado. Con credenciales por fuera del país, pero al fin y al cabo, nuevo acá.

Finalmente, con el crecimiento de las clases media, la internacionalización del mercado del arte local y los grandes flujos de capital hacia objetos artísticos, surgen dos riesgos para el arte joven: 1). El vaciamiento crítico y político de la producción artística de los Millennials, un proceso que puede verse alimentado por la demanda internacional de un arte colombiano, por los procesos de singularización, especialización y exotización que exige el mercado del arte global para los productos artísticos procedentes de determinados territorios geográficos como Colombia, explica Halim Badawi. 2). Convertir en moda la tradición del arte crítico, es decir, repetir incesantemente la fórmula del ‘arte de la naturaleza’ pero vaciada de sentido, porque es lo que el mercado internacional espera.

 

En Twitter @Sal_Fercho

 

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Saltando de un lugar a otro encontró su pasión en escribir, y sus textos han sido publicados en revistas como Gatopardo, SoHo, Esquire, Vice, Malpensante. Bogotano, profesor en algunas universidades e investigador asociado de Los Andes y apasionado por el periodismo, acaba de escribir su primer libro con Penguin Random House, "CSI Colombia", siete crónicas de cómo las ciencias forenses decodificaron algunos de los crímenes más impactantes de la historia reciente de Colombia. ​

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