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La perpetuación de masacres signa nuestra historia nacional y la historia reciente de los Estados Unidos. Reconociendo que los fenómenos no pueden compararse, dadas las diferencias entre los procesos históricos y coyunturas de ambos países, este artículo propone una mirada a la violencia en Colombia desde la masacre de Columbine, y viceversa, como un intento de incorporar los estudios que se han hecho de las respectivas tragedias.

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Antes de quitarse la vida el 20 de abril de 1999, dos estudiantes de último año de bachillerato –Eric Harris y Dylan Klebold– asesinaron de manera indiscriminada a un profesor y a doce alumnos del colegio al que asistían: Columbine, ubicado en Littleton, Colorado. La masacre duró 49 minutos y fue, en ese momento, la peor en la larga lista de matanzas que signa la historia reciente de los Estados Unidos.

“¿Por qué lo hicieron?” es la pregunta a la que han tenido que enfrentarse hasta el día de hoy los sobrevivientes, los familiares de las víctimas y victimarios, y la sociedad estadounidense. La pregunta vuelve con cada nueva masacre (la más reciente perpetuada hace un mes, en la escuela Sandy Hook, estado de Connectitut) y, si algo está claro para quienes han estudiado el caso con seriedad y hondura, es que la respuesta es compleja: no se limita al fácil acceso a las armas que ha tenido la población (el factor, si bien es un desencadenante, no responde al porqué de las matanzas sino más bien al cómo) y, en el caso específico de Columbine, no pasa por la educación ni la crianza que recibieron los asesinos: hay que recordar que, en las grabaciones que dejaron antes de morir, tanto Harris como Klebold reconocen que sus padres fueron buenos.

Desde hace varios años, he visto el cubrimiento de la noticia en muchos medios y la recreación de la tragedia en distintas películas. Y más recientemente, he leído la transcripción de los videos que Harris y Klebold grabaron antes de efectuar los asesinatos en el colegio; la autopsia psiquiátrica que el documental Columbine: entendiendo por qué hace de ambos jóvenes; el análisis del caso que Stephen Asma presenta en su libro Sobre monstruos; y la conversación que el escritor y psiquiatra Andrew Solomon tuvo con la madre de Klebold, consignada en la obra Lejos del árbol.

En todas estas fuentes, queda claro que los dos estudiantes planearon la masacre meticulosamente y que no hubo nerviosismo ni miedo: que disfrutaron, de hecho, la planeación y ejecución de los asesinatos. Refiriéndose al tiroteo, Harris escribió en la última entrada de su diario: “Pasarla bien”. Y lo primero que ambos jóvenes gritaron cuando apuntaron las armas a los estudiantes fue: “Prepárense para morir”.

Así, el “cómo” de la matanza queda resuelto en los videos que dejaron y en las grabaciones de las cámaras de seguridad del colegio. Del “porqué”, sin embargo, no puede decirse lo mismo. Se sabe ahora que Harris y Klebold eran depresivos; que el primero tenía tendencias homicidas y tomaba medicamento, y que el segundo tenía tendencias suicidas. Pero también se sabe que eran marginalizados y abusados en Columbine, y que la intimidación escolar los llevó a asumir una arrogancia aislante. Sus compañeros recuerdan que fueron objeto de constantes burlas, insultos y ataques físicos: en una ocasión les echaron salsa de tomate por todo el cuerpo; en otra les tiraron heces. Y los profesores, viendo esto, nunca hicieron nada. El comportamiento de ambos durante la masacre fue, entonces, según el documental Columbine: entendiendo por qué, el de un niño abusado que goza, por fin, de poder; o el de una persona que necesita demostrar poder porque ha sido desposeída.

Para la revista Time, el deseo de fama de ambos jóvenes atraviesa la tragedia. Pero además es cierto que la decisión de hacer justicia, equilibrar la balanza de poderes y llamar la atención sobre el abuso escolar y el excluyente patrón social del colegio (patrón que reconocieron muchos estudiantes de Columbine y padres de familia) sobresale entre los otros factores que, asociados, llevaron a que ambos jóvenes aprovecharan el fácil acceso a las armas para efectuar la masacre: su indignación, su ira, se volvió paramilitarismo.

Para Solomon, los colegios son los espejos de nuestra sociedad: “Y ahí está el problema original: las sociedades intolerantes crean personas que se odian a sí mismas y actúan inapropiadamente”.

Murieron 15

Luego de la matanza, 15 cruces en memoria de las 15 personas que murieron en Columbine –las trece víctimas y ambos victimarios– fueron alzadas en Littleton. Al poco tiempo, algunos familiares de los estudiantes asesinados exigieron que las cruces con los nombres de Eric Harris y Dylan Klebold fueran eliminadas del tributo. Y así ocurrió.

Las preguntas, entonces, vienen a ser: ¿Cuántas cruces tendría que tener el tributo? ¿Se puede, se deben contar los victimarios como parte de las víctimas?

Aquí vale repasar La violencia en Colombia, el estudio de monseñor Germán Guzmán, Orlando Fals Borda y Eduardo Umaña: “El problema no puede circunscribirse a tal o cual bandolero o a aquel multihomicidio o al sanguinario jefe de turno o a determinada zona geográfica ni tan siquiera a una de tantas veredas colombianas. La violencia no es Paterrana, Chispas, Tarzán, Desquite o Sangrenegra ni la masacre de la Italia. La violencia es un estado antisocial, una latencia que se intensifica o decrece pero que se oculta en el subfondo de grupos humanos donde se activan las motivaciones de periodicidad hasta cuando adquieren las condiciones necesarias para su extroversión”.

Pero estos autores también reconocen que la violencia tiene irremediablemente una dimensión humana que debe buscarse “en el espíritu y en el corazón de los hombres”. En cuanto a Harris y Klebold, es muy diciente la imagen que tenían de sí mismos mientras preparaban y efectuaban la matanza: la de vengadores honrados que se sienten –y de hecho, han sido– victimizados. “La humillación reduce, disminuye, lesiona, deprime”, escribe Asma. “La ira revierte ese trayecto hacia abajo”.

Solomon, por su parte, propone entender cómo han llegado los padres de los criminales a pensar bien de sus hijos para obtener percepción y entendimiento: “Si tienes un hijo que cometió un crimen se asume con frecuencia que los padres hicieron algo malo. Ellos, entonces, viven en un territorio de rabia y culpa, tratando de perdonar a sus hijos y de perdonarse a sí mismos. Pero lo cierto es que ser un buen padre no garantiza nada”. Así, comparte en Lejos del árbol la conversación que tuvo con Sue Klebold, la madre de Dylan: ella reconoce que apenas vio los videos que su hijo dejó, hablando de la decisión de matar, quedó “estupefacta, vacía y llena de odio”. Pero enseguida advierte que la misma patología que mató e hirió a tantos, también mató a su hijo: “Ellos no nos dispararon a nosotros, ni dispararon a Kmart ni a una gasolinera. Ellos le dispararon al colegio”.

Y luego volcaron las armas contra sí mismos. Es por eso que no puede desvincularse el asesinato de las víctimas del suicidio de los victimarios. Fueron quince, y no trece, las personas que murieron en el colegio. “La tragedia de Columbine”, escribe Asma, “fue una masacre y un suicidio”.

Reconciliación

En Lejos del árbol, Sue Klebold narra un sueño recurrente que tiene con Dylan: mientras lo alista para irse a la cama, alza su camisa y le ve el pecho lleno de cortaduras. “Todo el dolor que no se ve”, interpreta ella. “Todo ese dolor que no vi. ¿Cómo no me di cuenta?”.

Y agrega: “Para mí, la única manera de sanar esta comunidad es tratando de tener una relación con cada uno de los sobrevivientes y familiares de las víctimas. Mi viaje no habrá terminado hasta que pueda decirle a estas personas: ‘Si alguna vez quieres hablar conmigo, aquí estoy. Podemos encontrarnos en tu casa, en la oficina de un pastor, con un mediador si lo deseas’. Pero nunca lo he hecho porque un consejero me advirtió que podría retraumatizarlos”.

Recordamos, así, La violencia en Colombia: “Poniendo el dedo en la llaga se hiere, es verdad, la sensibilidad del cuerpo social pero, a su vez, se recalca sobre la necesidad de la medicina. Esto, como es natural, exige valentía”.

Y la valentía puede empezar trascendiendo todo pensamiento binario –“Ellos, los malos. Nosotros, los buenos”; o: “Los buenos somos más”– y mirando no sólo las acciones monstruosas de una persona o un grupo específico, sino también los aspectos monstruosos de la sociedad: la inoperancia de la justicia, la denigrante disparidad y exclusión social.

Se trata de no ser selectivos con la compasión ni con la búsqueda de entendimiento: de imaginar, prever, localizar, reconocer, abrazar el dolor de las personas –la rabia por su dolor– antes de que se vuelvan victimarios o víctimas de la violencia. De tener la capacidad de ver a la víctima que fue –y muy seguramente, sigue siendo– el victimario. Y de no percibir la voluntad de entender la historia de los criminales como una afrenta contra sus víctimas sino como un acto de reconciliación, necesario para reducir el sufrimiento de los sobrevivientes y todo dolor futuro.

En Twitter:@GiuseppeCaputoC

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PERFIL
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Giuseppe Caputo (Barranquilla, 1982) estudió Periodismo en la Universidad de la Sabana y luego Literatura en la Universidad de Barcelona. En mayo de 2012 se graduó de la Maestría en Escritura Creativa en Español de la Universidad de Nueva York. Su primera novela, aún inédita, se llama "Mundo huérfano". Tiene dos poemarios: "Jardín de carne" y "El hombre jaula". Entre el 2007 y el 2010 trabajó como director de comunicaciones de editorial Alfaguara. Actualmente colabora con diferentes publicaciones colombianas como Arcadia y Diners, con la línea de libros electrónicos de Prisa Ediciones y con la agencia literaria Indent.

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