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Ad portas de cumplir 200 años, Barranquilla está en mora de preguntarse cuál es el Carnaval que quiere: si uno transgresor, volcado a la otredad y al mestizaje cultural, o uno elitista y conservador, reafirmante de la exclusión social.


carnavales-de-barranquilla_310262.jpgNo pocas veces he oído decir que Barranquilla vive en carnaval, precarnaval y poscarnaval. El comentario, entre crítico y jocoso, pretende señalar los dos estereotipos más visibles de la ciudad: el ánimo fiestero de su gente y la respectiva pereza frente al trabajo.   
“Barranquilla vive en carnaval, precarnaval y poscarnaval”. Desafortunadamente, no hay nada menos cierto que eso. Y lo digo así, con descontento, porque entiendo el carnaval como una abolición de la estratificación social y como una exaltación de la otredad y del mestizaje cultural, donde “lo normal” no sólo es inaceptable sino inexistente. 
(Un paréntesis, antes de seguir: en una columna publicada en El Espectador, Armando Montenegro sintetiza muy bien los debates académicos que se han dado sobre las repercusiones sociales y políticas que puede tener un carnaval: “Para el marxista ruso Mikhail Bakhtin, el carnaval permite la liberación transitoria de las clases sociales oprimidas, que prefiguran en las fiestas un mundo libre, sin jerarquías ni normas restrictivas. Un enfoque alternativo percibe el carnaval como una extensión festiva y ruidosa del mundo de hoy, tal cual es, en donde se presenta una gran división: los que se entregan a la fiesta, en la calle, y los que ven y observan, en las aceras y las tribunas. Según esta última visión, el carnaval no socava reglas ni jerarquías. Las refuerza”).
La idea de carnaval que me fascina es la de la fiesta que, desde la calle, atraviesa y vence todas las jerarquías: el norte y el sur, lo animal y lo humano, lo frívolo y solemne, lo masculino y femenino, lo blanco y lo negro, lo extranjero y nativo, lo privado y lo público, la fiesta y el luto, lo grave y desparpajado. El carnaval, pues, viene a ser una fusión, y la fusión es de razas, géneros, especies, tradiciones y procedencias sociales.  
Así puede entenderse el Carnaval de Barranquilla, por ser éste un festejo que trajeron al país los conquistadores españoles y que, como repasa el sociólogo Édgar Rey Sinning en su ensayo Joselito Carnaval, fue intervenido por los nativos costeños y los africanos llegados como esclavos al continente: “De ahí que encontremos en el Carnaval tambores, flautas, acordeones, danzas negras, nativas y españolas… Barranquilla es, entonces, la receptora de una fiesta europea con raíces en Oriente Medio y África, consolidada con el transcurrir de los años, pero fortalecida con los aportes de nuestros nativos y los negros”.
Y sin embargo, Rey Sinning recuerda que el Carnaval ha mutado y que lo que antes era un festejo popular es ahora una empresa, siendo Carnaval S.A. la evidencia más obvia de este cambio: “Barranquilla guarda en su interior todas las características de una sociedad que viene siendo el resultado del desarrollo capitalista… En la práctica, eso significa que la clase dirigente determina hasta el sitio de ocio de los sectores populares”. Y agrega: “El carácter elitista del Carnaval se ha consolidado año tras año y los clubes sociales han asumido la responsabilidad de definir la reina del festejo. El club social se ha convertido en el epicentro de las fiestas, a donde sólo pueden asistir sus socios”.
Que un carnaval sea elitista es un contrasentido. Y si bien la estratificación de clases, la exclusión y la desigualdad social son tristes realidades de la ciudad, hay que recordar que, en el 2001, el Gobierno declaró el Carnaval de Barranquilla como Patrimonio Cultural de la Nación y que, dos años después, en el 2003, la Unesco lo proclamó Obra Maestra del Patrimonio Oral e Intangible de la Humanidad: el Carnaval, entonces, es el símbolo nacional e internacional de la ciudad. Por eso es que Barranquilla tiene que resolver qué es exactamente lo que la está representando y lo que ha de representarla: si un Carnaval transgresor, volcado a la otredad y al mestizaje cultural, o uno elitista, reafirmante de la exclusión social. 
¿Cuál es, cómo es el Carnaval que Barranquilla quiere? La respuesta, digo yo, está en el mismo festejo: en las letanías, por ejemplo, que dejan por sentado que la parranda no excluye el pensamiento crítico ni la conciencia social; o en las lecturas de bando, que dan inicio oficial al Carnaval satirizando el Gobierno, denunciando entre chistes el malestar económico (como dice Rey Sinning) y transformando los discursos belicistas en declaraciones de paz: “Permiso estrafalario otorgo para portar armas de percusión y licencia para transitar chéveremente por todas las áreas de candela con tambores de largo alcance, flautas de calibre superior y demás proyectiles de confetis y serpentinas” (palabras de Robinson Albor, Rey Momo del año 2000). 
Pero la respuesta puede estar también en dos de los disfraces más comunes de los barranquilleros en épocas de Carnaval: el de mujer y el de negro. No deja de ser significativo que una sociedad mayoritariamente machista, homofóbica y racista -hay que decirlo- se vuelque a representar en sus fiestas a quienes oprime diariamente. ¿Son esos disfraces una prolongación del machismo, la homofobia y el racismo, al caricaturizar a las mujeres y a las minorías? ¿O son declaraciones feministas y maneras de abrazar la otredad?
Y así volvemos a la pregunta sobre el Carnaval como símbolo de Barranquilla: ¿es éste una expresión de librepensamiento o la reafirmación terca e indolente de una mentalidad conservadora, obtusa y prejuiciosa? 
En los 200 años que tiene Barranquilla, el Carnaval ha tenido unos cambios importantes, dos de los cuales dan cuenta de la tensión entre ambas preguntas: la decisión de que sea una mujer la que presida la fiesta (y no un hombre, como ocurría anteriormente) y la elección a dedo de esa misma mujer, que pertenece siempre a una clase social privilegiada.
Para que el Carnaval deje de ser jerárquico y elitista -y pueda, entonces, ser un emocionante símbolo de mestizaje social y cultural-, Barranquilla puede empezar a tomar algunas decisiones: volver a la votación popular para elegir a la Reina, primeramente, y prohibir que “la soberana parrandera” sea exclusivamente de la clase alta (entendamos, por favor, que casi 100 años de reinas de clase alta, muchas de ellas con el mismo apellido, y elegidas a dedo para presidir un festejo popular, es ominoso). 
Permitamos, pues, la pluralidad: que una reina negra se abandere de las fiestas un año, por ejemplo, y que un travesti haga lo propio al año siguiente. 
Barranquilla tiene todo para ser una ciudad horizontal, libre de prejuicios; basta con que mire críticamente lo que tiene ahí, al frente, en sus narices: el Carnaval del que tanto se enorgullece.
En Twitter: @GiuseppeCaputoC
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PERFIL
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Giuseppe Caputo (Barranquilla, 1982) estudió Periodismo en la Universidad de la Sabana y luego Literatura en la Universidad de Barcelona. En mayo de 2012 se graduó de la Maestría en Escritura Creativa en Español de la Universidad de Nueva York. Su primera novela, aún inédita, se llama "Mundo huérfano". Tiene dos poemarios: "Jardín de carne" y "El hombre jaula". Entre el 2007 y el 2010 trabajó como director de comunicaciones de editorial Alfaguara. Actualmente colabora con diferentes publicaciones colombianas como Arcadia y Diners, con la línea de libros electrónicos de Prisa Ediciones y con la agencia literaria Indent.

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