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A propósito del hundimiento del proyecto de ley sobre matrimonio igualitario, una respuesta a las reacciones que generó el artículo Sofía Vergara en el Marymount (o la importancia de los gestos), publicado en este mismo espacio la semana pasada.

106154-toty 4.jpgA propósito del homenaje a Sofía Vergara que, en reconocimiento de su «talento artístico», el colegio Marymount de Barranquilla organizó recientemente en sus instalaciones, escribí la semana pasada un artículo en el que me preguntaba por el significado del acto (léalo aquí). Ahí repasé la idea de mujer, hombre y familia que tiene el instituto y, valiéndome de mi experiencia personal, expuse la manera violenta y discriminatoria como algunos profesores y directivos -es decir, los responsables de la educación en el plantel- se dirigían a un estudiante que era o podría ser gay. También mencioné la biografía y filmografía de «La Toty», haciendo especial énfasis en su interpretación de Gloria, en Modern Family, para señalar que la barranquillera se ha construido alejándose casi que enteramente de la idea de mujer del Marymount. Resalté que, al ser una celebridad que apoya abiertamente la lucha de los gays por obtener el mismo trato y los mismos derechos que tiene la población heterosexual, Vergara se aleja aún más del discurso oficial de la Iglesia y los centros católicos; y en ese sentido, me pregunté si el homenaje a la actriz era un gesto de apertura a la diferencia o pura doble moral. Finalmente invité al colegio a aclarar la idea que tiene de mujer, hombre y familia, y a presentar su posición frente a la búsqueda de derechos que venimos emprendiendo las minorías desde hace años.  

El artículo provocó una variedad de reacciones que oscilan entre el aplauso y el insulto: alumnos y ex alumnos del Marymount, madres de alumnos y ex alumnos, docentes y estudiantes de otros colegios católicos, activistas gays y periodistas, me contactaron después de leerlo. Quiero abordar ahora tres tipos de mensajes que considero merecen especial atención:

 1. Los mensajes homofóbicos de un par de miembros del colegio (escritos desde el anonimato, por supuesto), a través de los cuales aseguran que la educación impartida no es homofóbica.

2. Los mensajes de quienes consideran que el artículo «ensucia el nombre del colegio» y no tienen nada más que decir o pensar al respecto.

3. Los mensajes de quienes afirman que el colegio ha cambiado en los últimos años porque actualmente hay estudiantes abiertamente gays que son «amados y aceptados por alumnos y docentes».   

Sobre el primer tipo de mensajes, no es mucho lo que tengo que decir: los insultos son una evidencia de lo que expongo en el texto y no hay contrasentido más obvio que defender una supuesta apertura a la diferencia escribiendo trinos homofóbicos y machistas, en la línea de «no te metas con mi colegio y mejor métete un pipí por donde te gusta». Comentarios como el de un alumno (o quizás de un profesor, difícil saberlo) que me invita al plantel, asegurando burlón que me dejarán usar «las candongas por las que tanto suspiro», traslucen la idea de que parecerse a una mujer es una realidad risible o aberrante. Y la idea, insisto, no sólo denota machismo y homofobia sino un grado preocupante de misoginia. A él deseo explicarle que el movimiento feminista -el movimiento de las mujeres- precede el movimiento de los gays. Que la lucha gay le debe mucho a la lucha feminista. Que la búsqueda de derechos por parte de los gays no habría sido posible sin la lucha de las mujeres, que reclamaron sus derechos antes que nosotros. Que, como gay, valoro y agradezco a todas las mujeres que han luchado y continúan luchando por sus derechos, y que no existe la más mínima posibilidad de que yo me avergüence u ofenda si alguien considera que parezco una. Al comentarista anónimo -y a otros tantos como él- le informo, pues, que la palabra «mujer» no es un insulto.

Para hablar del segundo tipo de comentarios -los que fueron escritos desde un sentimiento de indignación porque el artículo «mancha el nombre del colegio» o porque «uno no debe hablar mal del sitio donde pasó la infancia y juventud»- me parece pertinente contraponerlos a la buena cantidad de mensajes de quienes consideran que «se necesita valentía» para publicar un artículo como el que escribí. Porque al hablar de valentía se presupone una adversidad y se reconoce que existe un miedo. Miedo, tal vez, a una institución poderosa, o quizás al derrumbamiento de las apariencias. Miedo a cuestionar el sentido de pertenencia a una entidad, o a mirar esa entidad críticamente, sin romantizarla. Si existe un miedo, significa que la dinámica social es vigilante y condenatoria; que hay una preocupación mayor por la imagen -por la manera como se es visto desde afuera- que por la estructura o la situación interna (y pienso, claro, en Colombia, «el país más feliz del mundo», y en Barranquilla, «la ciudad más feliz»).

 «La ropa sucia se lava en casa» parecen gritar quienes tomaron el artículo como una afrenta personal contra el colegio o como un texto que «mancha innecesariamente su nombre». Pero es que la ropa sucia se lava afuera de la casa cuando se trata de visibilizar problemas que afectan directa y profundamente a la sociedad. Y el tipo de educación que imparte un colegio católico en un país mayoritariamente católico (y en el que pululan políticos católicos) es un tema público -aunque el plantel sea privado, o precisamente por eso mismo. 

No deja de impresionarme que alguien pueda aterrarse o enfurecerse porque expongo el discurso homofóbico de algunos profesores -que son, repito, los responsables de educar a los niños y jóvenes- y no tenga la capacidad de aterrarse por la violencia de ese discurso ni de preguntarse por las repercusiones de ese discurso en su propia vida y en la vida del otro. Me sorprende que una persona
que, en teoría, ha recibido la mejor educación posible, sea incapaz de mirar críticamente esa educación; es decir, de reeducarse. Me extraña la imposición de silencio, el autoengaño ante las contradicciones y falencias de la propia crianza.

Este artículo se llama Trascender el escándalo porque es mi intento que haya un diálogo social sobre la educación. Ojalá quienes leyeron el anterior texto con rabia o indignación puedan ir más allá del chisme y la apariencia, y entiendan que los cambios sociales pasan necesariamente por las universidades y colegios. Y por eso espero, tal vez ingenuamente, que los interrogantes que planteo sean motivo de reflexión entre los maestros y directivos del Marymount. ¿Qué tiene que decir el plantel sobre el discurso antigay de la Iglesia -discurso que, valga subrayar, invade la política colombiana- sabiendo que tiene alumnos gays en sus aulas?

Esta pregunta me lleva a contestar los mensajes de quienes aseguran que el colegio ha cambiado en los últimos años «porque actualmente hay estudiantes abiertamente gays que son amados y aceptados por alumnos y docentes» de la siguiente manera: mientras el Marymount no incorpore dicho cambio social -las luchas de las mujeres y minorías- en su discurso oficial y currículo; mientras el discurso oficial no sea progay; mientras, como centro católico, no anime públicamente a la Iglesia a revisar su posición con respecto a los gays y el matrimonio igualitario; mientras en sus instalaciones haya curas oficiando misas -y mientras esos curas, siguiendo la línea del Vaticano, continúen creyendo o predicando que los gays no merecemos los mismos derechos o el mismo trato que la población heterosexual-, no hay tal apertura a la diferencia sino incoherencia, concesiones forzadas o, de nuevo, doble moral.      

Aplaudo, por supuesto, que haya estudiantes abiertamente gays en la institución. Celebro que, a medida que pasa el tiempo, las nuevas generaciones puedan salir del clóset más tempranamente y que empiecen a vivir su sexualidad desde los años escolares, sin culpas ni vergüenza. Eso significa que la militancia de generaciones mayores está valiendo la pena. Y eso tiene que ser así: el sufrimiento de tantos, sus luchas, tienen que valer la pena.

Pero el catolicismo no reconoce estas luchas, tampoco el sufrimiento: el recién elegido Papa Francisco, que presume de sus gestos «renovadores», ha hablado del matrimonio igualitario como «un plan del demonio» para destruir la sociedad, radicalizando así la posición del Vaticano con respecto a las familias no tradicionales. En Colombia, la Iglesia pidió al Congreso no conceder el «carácter de matrimonio» a las parejas del mismo sexo y ya sabemos lo que pasó: acaban de hundir la iniciativa. Me pregunto, entonces, qué tiene que decir el Marymount, como colegio católico, sobre esto. ¿Considera, al igual que el Vaticano, que sus estudiantes gays -a quienes «acepta y respeta»- no merecen el «carácter de matrimonio» ni formar familia? La dirección está en mora de responder esta pregunta porque tuvo, tiene y tendrá estudiantes gays.

Extiendo esta pregunta -y las demás preguntas planteadas en estos dos artículos- a todos los colegios católicos. Agradezco la generosidad de quienes decidieron compartir conmigo sus historias personales, o unas palabras de apoyo, luego de leer la entrada Sofía Vergara en el Marymount (o la importancia de los gestos). Y aplaudo, otra vez, que hoy haya estudiantes abiertamente gays en la institución. Como decía, eso significa que la militancia de generaciones mayores está valiendo la pena. Noticias como el hundimiento del proyecto de ley sobre matrimonio igualitario demuestran, sin embargo, que hay que seguir luchando.

En Twitter@GiuseppeCaputoC

 

Todas las entradas del blog Monstruos, aquí.

 

Fotografía: Tomada
de El Heraldo. Al lado de Sofía
Vergara aparece Susan Kumnick, rectora del colegio Marymount de Barranquilla.

 

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PERFIL
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Giuseppe Caputo (Barranquilla, 1982) estudió Periodismo en la Universidad de la Sabana y luego Literatura en la Universidad de Barcelona. En mayo de 2012 se graduó de la Maestría en Escritura Creativa en Español de la Universidad de Nueva York. Su primera novela, aún inédita, se llama "Mundo huérfano". Tiene dos poemarios: "Jardín de carne" y "El hombre jaula". Entre el 2007 y el 2010 trabajó como director de comunicaciones de editorial Alfaguara. Actualmente colabora con diferentes publicaciones colombianas como Arcadia y Diners, con la línea de libros electrónicos de Prisa Ediciones y con la agencia literaria Indent.

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