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Quienes se oponen con virulencia al actual proceso de paz con las Farc, tienden a esgrimir el argumento de que no se debe ni puede negociar con terroristas: arguyen que un diálogo debe ser entre iguales y rechazan, en definitiva, que se dé una negociación entre “criminales” y “no-criminales”.

Escribí en este espacio, cuando el Gobierno inició las conversaciones en La Habana, que quienes se oponen al proceso de paz recordando los crímenes atroces de las Farc no pueden olvidar que también la Fuerza Pública los ha cometido: los tres mil inocentes asesinados durante la administración de Álvaro Uribe Vélez para ser presentados por el Ejército como guerrilleros muertos en combate tendrían que ser razón más que suficiente para convencer a estos opositores de la paz que el diálogo, efectivamente, puede darse. Y debe darse: aquí no hay santos, y queremos que unos y otros dejen de matar.

Reelegido el diálogo —el proceso de paz— en estas elecciones presidenciales, la preocupación ahora de quienes lo apoyamos es que las negociaciones lleguen a buen puerto: que este deseo y esta voluntad de paz se traduzcan en una reconciliación social. En una columna reciente publicada en este mismo periódico, Fernando Quiroz recordó al Presidente que la cultura será una de sus grandes aliadas en la búsqueda de la paz: “Bien guiada”, escribió, “la cultura ayudará a socializar los acuerdos y a curar el sufrimiento de las víctimas. Será una terapia maravillosa para procesar el dolor y convertirlo en esperanza”.

Mientras esto ocurre, y si ocurre, los interesados en la paz y participantes de la cultura podemos contribuir al ambiente de diálogo y despolarización que el país tanto necesita. Los medios de comunicación, las universidades y colegios, los organizadores de los distintos festivales de literatura y ferias del libro que se llevan a cabo en el país, pero sobre todo, insisto, los medios de comunicación —y no sólo programas de radio como Hora 20 o Voces RCN, sino la prensa escrita, la televisión y los medios virtuales— podrían invitar con regularidad a escritores y columnistas, a pensadores y políticos, a figuras públicas con visiones opuestas, contrarias, incluso irreconciliables, a dialogar en sus páginas, aulas y eventos. Hablo de diálogo, y no de debate, para salirnos del marco de la contienda y de la idea de “ganarle” al otro en la discusión: se trata de entablar conversaciones tranquilas, en la medida de lo posible, y empezar a probarnos como país que la integración y el diálogo son posibles.

Imagino, en esta línea, un diálogo—un diálogo, y no una confrontación violenta— entre uribistas como Alfredo Rangel y Rafael Nieto, y grandes críticos del uribismo: Vladdo, Daniel Coronell, María Jimena Duzán, Antonio Caballero. Una conversación entre William Ospina, quien decidió apoyar a Óscar Iván Zuluaga en las pasadas elecciones, y cualquiera de los autores e intelectuales que apoyaron, dada la coyuntura, a Juan Manuel Santos: Ricardo Silva Romero, Marta Ruiz, Alberto Salcedo Ramos.

¿Serán capaces los seguidores y admiradores de Álvaro Uribe de cuestionar a su ídolo y reconocer la gravedad, el horror, de los falsos positivos? ¿Seremos capaces los antiuribistas de considerar cómo pudo su administración beneficiar a Colombia?

El país también necesita diálogos sobre todos los temas que han polarizado a la opinión pública, más allá de la coyuntura política: pienso, así, en un diálogo sobre las políticas relacionadas con la educación —importantísimo tema— entre la escritora y maestra Yolanda Reyes y el Ministerio pertinente. Un diálogo sobre la legalización del aborto entre Florence Thomas, feminista, o Mónica Roa, de Women’s Link Worldwide, y miembros del Comité Promotor de “la iniciativa Pro-vida”. Un diálogo entre Daniel Samper Ospina, director de SoHo, y la escritora Carolina Sanín, para quien dicha revista fomenta la explotación del cuerpo femenino. O entre la escritora Margarita Posada, quien escribió para SoHo una crónica sobre su propia mamoplastia de aumento, y la misma Sanín, para quien dicho trabajo constituyó, en una primera lectura, una manifestación de conformidad con la subordinación de la mujer. Una conversación sobre el matrimonio igualitario entre miembros de Colombia Diversa y activistas de la comunidad LGBT con cualquiera de sus opositores: representantes, por ejemplo, de la Iglesia católica o de la fundación “Un paso al frente”. La idea, insisto, es contribuir a un clima de diálogo y voluntad de entendimiento.

En tiempos de Facebook y Twitter, en los que tendemos a seguir o incluir en nuestras listas de amigos virtuales a personas con intereses y pensamientos similares, es muy fácil caer en una idea falsa de consenso: recomendamos los mismos artículos, los mismos videos y los mismos autores; celebramos con un “me gusta” o un “favorito” los mismos comentarios. Y condenamos, también, muy fácilmente, montados en una escalada de insultos, a quienes piensan de manera diferente a la nuestra, sea de derecha (“derechoso”) o de izquierda (“izquierdoso”). Lo que ocurrió con la reciente columna de William Ospina, “De dos males”, es el mejor ejemplo de esta división tan tremenda e innecesaria: en lugar de recibirla como una oportunidad de oro para dialogar en profundidad sobre las causas de la tragedia colombiana —dialogar en los medios, en un evento abierto al público, en un teatro como el Jorge Eliécer Gaitán o en una biblioteca— el autor se volvió, salvo por contadas excepciones, en un blanco de insultos que despachaban la totalidad de su obra literaria y aludían, incluso, a su cola de caballo. Así no se puede.

Estos diálogos entre los participantes de la cultura y de la vida pública pueden ser un buen paso para salirse de esta autorreferencialidad en la que vivimos: tanto los representantes de una y otra corriente de pensamiento como sus lectores y seguidores leerían y oirían al otro de manera más responsable y sosegada, y en el diálogo se vería la fuerza de cada argumento. No se trata de escribir respuestas y contrarrespuestas en textos independientes: eso llevaría, una vez más, a evitar al otro. Se trata de que en el mismo espacio confluyan ambas posiciones, de que los seguidores de unos y otros se vean viendo al otro.

Estoy seguro de que estas conversaciones contribuirían enormemente a elevar la capacidad crítica del público, a considerar al otro y a pensar, por ende, dialécticamente. Y muy importante: a dejar de despachar a quien piensa distinto de manera tan radical y en ocasiones tan ligera.

En Twitter@GiuseppeCaputoC

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PERFIL
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Giuseppe Caputo (Barranquilla, 1982) estudió Periodismo en la Universidad de la Sabana y luego Literatura en la Universidad de Barcelona. En mayo de 2012 se graduó de la Maestría en Escritura Creativa en Español de la Universidad de Nueva York. Su primera novela, aún inédita, se llama "Mundo huérfano". Tiene dos poemarios: "Jardín de carne" y "El hombre jaula". Entre el 2007 y el 2010 trabajó como director de comunicaciones de editorial Alfaguara. Actualmente colabora con diferentes publicaciones colombianas como Arcadia y Diners, con la línea de libros electrónicos de Prisa Ediciones y con la agencia literaria Indent.

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