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En Colombia existen alrededor de sesenta lenguas nativas, patrimonio arqueológico de gran valor por el conocimiento acumulado que guardan. Recordemos que, como se anotó en entrada anterior, las cerca de sesenta lenguas que aun se conservan en Colombia y las otras de América necesitaron al menos 30.000 años para conformarse.

Paradójicamente ese valioso patrimonio es parte del olvido que somos, todavía creemos que acabaron de descubrirnos cuando nosotros mismos no nos hemos descubierto en la diversidad de lenguas y el conocimiento que guardan. Conviene entonces hacer algo de memoria: las investigaciones en El Abra y cerca al Salto de Tequendama demuestran que hombres y mujeres estuvieron presentes en la Sabana de Bogotá hace por lo menos 12 mil años, época que coincide con la teoría del poblamiento de América a través del estrecho de Bering.

Pero también anotamos en nuestro artículo anterior, que en cuanto al poblamiento de América existen posibles rutas migratorias distintas al estrecho de Bering.  En algún punto de la amplia región que va desde las cuevas de Bahía Gloria en el Darién, en Colombia, siguiendo por el litoral Caribe sobre las costas de Venezuela hasta la costa septentrional de Brasil, hace más de 12.000 años pudo darse el contacto con un grupo de pescadores que, al ser arrastrados por una corriente marina, se extraviaron de las costas de África occidental; el reto sería reconstruir la posible ruta hasta el curso medio del Amazonas, plantean Arocha y Frieddeman en su hermoso libro Herederos del Jaguar y la Anaconda (1985).

Cabe entonces recordar al ingeniero don Miguel Triana, quien escribió en La Civilización Chibcha (1928), que el Caribe de las Antillas, estrecho y hambreado en sus ínsulas nativas, quizá estableció una corriente migratoria con los ríos como sendero: “La deriva de la corriente costanera en el océano Atlántico pudo haber traído en la prehistoria numerosas migraciones marítimas a la desembocadura del Río Magdalena… El amplio delta del Orinoco, con sus grandes brazos y sus laberínticos canales que arrojan al mar caudalosos ríos, también pudo ser sendero de los merodeadores del mar”. Es la observación y reflexión de quien conoció y recorrió el país, como ingeniero de puentes y caminos,  a finales del siglo xix y principios del siglo xx. Ahora los arqueólogos le siguen la pista a las piedras talladas en forma de raspadores, las puntas de lanza y flecha, los pedazos de calabaza, las semillas de algodón y las lenguas ancestrales.

Las observaciones de don Miguel Triana concuerdan con la teoría de Donald Lathrap, arqueólogo inglés, quien ha estudiado los fragmentos de calabazo que además de ser muy antiguos, aparecen casi simultáneamente en excavaciones de Asia y América. Lathrap ha estudiado también los jardines que rodean un sinnúmero de viviendas amazónicas y ha indagado lo referente a la cobertura y firmeza de los vínculos comerciales que -como respuesta a las carencias de cada región- conectaron a la Amazonia con la Orinoquía, con las costas Peruanas y Ecuatorianas, y con la llanura Caribe.

Uno de los pilares de la hipótesis de Lathrap es el calabazo, la enredadera de flores blancas que los botánicos llaman Lagenaria siceraria, su domesticación es tan temprana que fuera de África no ha podido reproducirse sin la ayuda humana. Aún verdes, sus frutos pueden servir de ollas desechables; ya secos se utilizan como recipientes de alimentos y sustancias sagradas, como instrumentos musicales o como juguetes. Y lo más importante, como flotadores de redes para pescar. Su enorme dispersión geográfica se conjuga con su antigüedad. Las excavaciones dan otro indicador importante: a medida que transcurren los años, las gentes no solo encuentran más usos para los recipientes vegetales, también dan muestras de apreciarlos más, lo que se entiende por la creciente complejidad en la decoración de los calabazos, y como las vasijas de origen natural precedieron a las de arcilla quemada, podría deducirse que el virtuosismo en las técnicas de incisión en cerámica, es anterior al uso del barro. Ya hemos dicho que  en el norte de Colombia y en la Amazonia brasilera se ha encontrado la cerámica más antigua de América con fechas  anteriores al poblamiento del antiguo Egipto y Mesopotamia.

La hipótesis de Lathrap, explican Arocha y Friedemann,  implica remontarse a un período seco ocurrido en África hace unos 40.000 mil años, cuando el cambio climático habría ido recortando el tamaño de los grandes herbívoros que pastaban en las sabanas. Ello a su vez, habría dificultado la sobrevivencia de sus pobladores,  quienes habrían tenido que alejarse de sus territorios porque en el frondoso follaje arbóreo, los suelos de las selvas tropicales son pobres en pastos y no pueden sustentar rebaños de herbívoros. La recolección posiblemente permitió a sus gentes familiarizarse con el nuevo entorno -las franjas de bosque húmedo a lado y lado del río Congo- y así identificar las diferentes especies vegetales: entre ellas, el poder narcótico de los barbascos, la flotabilidad de los calabazos y la resistencia de las fibras de algodón cardado.

¿Canoas y canoas de pescadores – hombres y mujeres – con redes y semillas, quizá buscando nuevas terrazas para colonizar, fueron arrastradas por corrientes marinas?… Lathrap admite que el contacto trasatlántico África-América es quizás el cabo suelto dentro de esta gran cadena de hipótesis. Pero no la deshecha, porque no considera casual la ocurrencia de tres fenómenos: primero, la presencia temprana en América de una planta que sólo en África se da silvestre y sólo prospera cuando la gente cuida de ella: el calabazo o Lagenaria siceraria; segundo, que el diploide que aparece como padre de los algodones amfidiploides cultivados en América, es de procedencia africana y no asiática; y tercero, el lugar preferencial que calabazos, algodón y barbascos ocupan dentro de los jardines que rodean la casi totalidad de las viviendas localizadas en la cuenca amazónica. (Arocha y Friedemann p34)

Ese pasado ancestral deja por supuesto huella en el lenguaje que es necesariamente conocimiento acumulado, aunque no siempre en forma alfabética. La teoría de Lathrap, por ejemplo, en cuanto se fundamenta en los jardines que rodean las viviendas amazónicas, tiene su correlato en la lengua Kamsá que resume el genio botánico de los indios Sibundoyes, que viven en el valle de Sibundoy, sobre las estribaciones occidentales de los Andes del sur, en el alto río Putumayo. En su escaso territorio cultivan 78 variedades de plantas alimenticias, 64 variedades de plantas medicinales, 38 como combustible; 30 variedades de plantas para la dieta de sus animales, 23 para adornar su entorno, 10 para la construcción de sus viviendas y 49 para usos múltiples. 

Pero las lenguas ancestrales guardan no solo conocimientos materiales, pensemos en la sabiduría filosófica de los Kogi, herederos de los Tayronas, nuestros “hermanitos mayores” de la Sierra Nevada de Santa Marta, de lengua Arhuaca. Ellos comparan el acto de tejer, principio de la elaboración cerámica, con el proceso de pensamiento. Porque la cerámica fue un invento para vestir lo urdido por la mano, que fue primero un recipiente tejido, un canasto que luego se convirtió en vasija para hacerse eterno. Y para volver al acto íntimo de la creación sus mamos  (sacerdotes), ordenan al culpable de un mal comportamiento, tejer, como parte de una enseñanza moral, porque, dicen: “Cuando uno está hilando, uno piensa. Así sentado, torciendo el hilo sobre el muslo, uno piensa mucho: en la gente, en el trabajo, en todo…”. Al sentarse el Kogi frente al telar, sus pensamientos se entretejen en una tela y esta tela es la vida.  El vestido que lleva el Kogi es su vida… porque  “solamente uno mismo teje la tela de su vida”, así reza una de las recitaciones del mamo, cuando a la comunidad reunida le habla del destino humano y de la gran soledad en que cada persona debe buscar la superación ética.

…………………………………………………….

Para apreciar a los habitantes de la Colombia precolombina, en autoretratos de cerámica, a través del Arte Arqueológico que difunde Somec (www.somec.coop) en las Universidades de Bogotá, abra la página  http://www.scribd.com/Archaeological%20Colombia%20  despliegue la galería de imágenes a la derecha haciendo clik sobre “see all” en la parte inferior y abra cada imagen para detallarla ampliada con el zoom.

Si quiere la fotografía del “PensadorMuisca”, símbolo de los Conversatorios de SOMEC, como fondo de pantalla en su computador, solicítela a  precolumbian.america@gmail.com

Si desea leer en Inglés el texto “The Voices of Silence”, que resume el significado y sentido de los Conversatorios, entre a  http://www.scribd.com/doc/20231345/The-Voices-of-Silence-Summary-for-Scribd

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PERFIL
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Alejandro Triana es Abogado de la Universidad del Rosario. Realizó la documentación visual del Museo Arqueológico de Bogotá y la fotografía de la colección Arte de la Tierra (9 vols. 1988/1992). En la facultad de Derecho, Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional dictó la cátedra “Derecho y Comunicación” entre 1994 y 1999, cuyo recuento se publicó en el No.6 de su Revista de Teoría del derecho y Análisis Jurídico. Actualmente es miembro de la Cooperativa SOMEC y se encuentra desarrollando, con la psicóloga y ceramista Sara Urazán, el proyecto COLOMBIA ARQUEOLÓGICA para ilustrar acerca del significado y sentido de la cerámica en la América tropical antes del siglo XVI.

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