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Por Marcela Madrid y Ana María Narváez

Realización audiovisual: Andrés Bo.

“¿Sí ve que es muy linda la vida en el campo?”, dice Martha Moreno desde la parte trasera del camión donde lleva siete toneladas de comida para Bogotá. Un gigantesco cargamento de aguacates, maracuyá, arazá, guanábana, panela, pitayas y mucho plátano. “Y eso que estamos en verano”, aclara Martha, porque si fuera temporada de lluvia se habría logrado una mayor cosecha en la vereda.

En total, son más de 10 toneladas que las familias de La Parroquia, en Armero-Guayabal (Tolima), mandan a la capital cada 15 días a través de Martha, su esposo y dos cuñadas. Dos camiones de carga que después de mediodía se está terminando de vender en cuatro mercados campesinos: Fontibón, Olaya, Floralia y Suba.

Estos mercados son una iniciativa de las organizaciones de base que, con su propio esfuerzo y al margen de la política de abastecimiento del Distrito, trabajan durante jornadas maratónicas para llevarles alimentos frescos a los bogotanos. Aunque Bogotá tiene una política de mercados campesinos desde 2006, el apoyo a estos espacios no ha sido constante y depende, en gran medida, de las negociaciones entre las organizaciones de base y las diferentes administraciones.

A pesar de esto, 32 familias de la vereda logran vivir de lo que les da la tierra desde hace seis años. Una vida que se vuelve un acto de resistencia en un país donde el empleo rural se ha reducido a causa del aumento de la ganadería extensiva y los monocultivos, según una investigación de la ONU, CEPAL y el Fondo Internacional para el Desarrollo Agrícola del año 2016.

Desde que dejaron de vender sus productos en el casco urbano de Guayabal para apostarle a los mercados campesinos de Bogotá, la calidad de vida de Martha y su esposo Iván Londoño ha mejorado en un 80%, según cálculos del campesino. Para explicarlo, Iván usa dos ejemplos: cambiaron su casa de madera por una de cemento y tienen un hijo en la universidad.

Angélica Basto es una de las campesinas de la vereda que manda su cosecha de chocolate, caña y plátano en el camión de Martha e Iván. Desde que usa este canal de comercialización, Angélica ya no tiene que invertir su tiempo buscando un carro y saliendo a “arriesgarse” a la plaza de su pueblo, para terminar en ocasiones gastando más en pasajes de lo que gana en la venta de su producto. Ahora, los Londoño “llevan el producto, lo venden y nos traen la platica libre”.

Como Angélica, Blanca Londoño es otra de las productoras que participa en este proceso en el que el 70% de las productoras son mujeres. A punta de sus cultivos de plátano, arazá y yuca, que vende en el mercado campesino de Floralia, ha logrado mantener sola a sus tres hijas en La Parroquia.

¿Cómo han logrado sobrevivir y ser exitosos estos mercados campesinos, a pesar de la falta de apoyo estatal? Hay varios ingredientes. El primer elemento para esta receta es el esfuerzo colectivo de una comunidad rural que se organiza cada 15 días para cultivar productos de calidad, recogerlos y organizarlos para la venta. A eso se suma la confianza con que los productores le entregan a una familia vecina el fruto de ese esfuerzo, con la tranquilidad de que lo venderán a un precio justo y les entregarán las ganancias que les corresponden.

La fórmula se completa en Bogotá con la solidaridad de los líderes urbanos. Luego de 10 horas de viaje, los Londoño llegan a descargar sus productos para iniciar una nueva jornada de ocho horas de venta. A pesar del cansancio, llegan con la tranquilidad de saber que encontrarán todo montado y organizado. Incluso, que los clientes del barrio ya han sido convocados. De esta labor se encarga Agrocomunal, la organización de líderes comunales que organiza la logística de los mercados campesinos, hace incidencia política con el Distrito, convoca a los pequeños productores y los guía cuando apenas inician en el mundo de las ventas urbanas.

En Fontibón, Efraín Villamil y María Lucelly Torres se han dedicado voluntariamente, durante 15 años, a mantener vivo este encuentro quincenal entre el campo y la ciudad. María resume así sus motivaciones: “Tenemos que apoyar al campesino porque si el campesino no produce las tierras, Colombia no come. A los abogados y a los médicos los necesitamos una vez al año, la comida la necesitamos todos los días”.

La supervivencia de los mercados campesinos de Bogotá ha implicado el descomunal esfuerzo de campesinos y consumidores que han visto estos espacios como la mejor alternativa alimentaria para las ciudades. Pero todavía falta una pieza para que sean masivos y sostenibles: el apoyo estatal. Como explica Martin Caraher, profesor de política alimentaria de la Universidad de Londres, “mientras los gobiernos no apoyen los mercados campesinos con políticas y con recursos, seguirán siendo un asunto de nicho”.

*Desde Dejusticia y varias organizaciones aliadas, con ocasión del Día Mundial de la Alimentación, este 16 de octubre apoyaremos el importante esfuerzo de productores y comunales como Marta, Angélica, María Lucelly o Efraín, a través de una Twitteratón. Con la etiqueta #Llevoelcampo, le pediremos a los candidatos a las elecciones locales que incluyan los mercados campesinos en sus planes de alimentación y en las políticas públicas de sus próximos gobiernos.

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Centro de Estudios de Derecho, Justicia y Sociedad / Center for the Study of Law, Justice and Society. We work to promote human rights in the Global South.

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