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Por María Ximena Dávila* y Gerardo Contreras**

Imagen: Fehim Demir / EFE

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En los últimos meses, los abusos de la iglesia católica empezaron a ser noticia en el panorama nacional. Con la publicación del libro Dejad que los niños vengan a mí, del periodista Juan Pablo Barrientos, se pudieron conocer las denuncias de siete menores de edad, hoy adultos, que fueron víctimas de abuso sexual por parte de sacerdotes de la iglesia católica. En su libro, Barrientos rastrea los casos de abuso sexual y pederastia cometidos por sacerdotes, así como su encubrimiento por parte de la Iglesia. La labor de Barrientos para evidenciar la violencia ejecutada por miembros de la iglesia católica le ha valido tres acciones de tutela en su contra e incluso un intento de censura por parte de un juez en San Rafael, Antioquía. El debate que ha causado ese libro es una buena excusa para preguntarse por los tipos de violencia que suceden más allá de los muros herméticos de la Iglesia y para reconocer a otro tipo de sujetos que también han sido víctimas invisibles de los abusos del clero: las monjas.

Cuando se habla de la Iglesia católica pocas veces se habla de las monjas. Incluso cuando se habla de las violencias que son ejercidas dentro de las paredes de estas instituciones, es poco frecuente que salgan a la luz las victimizaciones que ellas sufren. No sabemos mucho de su cotidianidad, de sus experiencias dentro de la Iglesia o de su relación con el sacerdocio. Ellas, también llamadas religiosas o hermanas, son quienes, en la mayoría de las ocasiones, se encargan del mantenimiento de los templos y casas parroquiales, de la enseñanza del catecismo y de realizar las labores humanitarias. A pesar de su rol fundamental para el funcionamiento de la Iglesia, las monjas son tratadas como actores de segunda categoría. Esto parte, en un inicio, de una diferencia de poder entre ellas y los hombres. Ellos son quienes conforman la jerarquía católica y administran los sacramentos; según la doctrina, ellos actúan “en la persona de Cristo”. Por su parte, las religiosas no tienen acceso a esos medios de poder, su capacidad financiera es limitada a causa del voto de pobreza y, según el Catecismo, sus tareas son de penitencia y servicio a los hermanos. Ese contexto de subordinación permite el ejercicio de usos perversos de poder reflejado en lo que puede nombrarse una división sexual del trabajo religioso —en la que los hombres son la cara visible y las mujeres quienes se encargan de los trabajos de cuidado— y en episodios de violencia sexual.

En marzo de 2018, por ejemplo, la revista Mujer Iglesia Mundo —suplemento de la publicación del Vaticano L’Osservatore Romano— denunció que las monjas vivían sometidas a precarias condiciones de vida. Su trabajo no es reconocido, se concentra en funciones de cuidado, carece de mecanismos de protección laboral y termina siendo mal pagado e incluso gratuito. Esta misma revista también denunció la existencia de casos de abuso sexual, los cuales han sido reportados en distintos países —como Alemania, Francia, India, Italia Perú, Chile y Uganda—, en los cuales la violencia es acompañada de una serie de abusos espirituales y patrimoniales.

Como ha sucedido con la pederastia y los abusos sexuales a menores, las violencias que han sufrido las monjas hasta ahora están saliendo a la luz. En países donde la Iglesia tiene aún un arraigo central en la cultura, las denuncias tienen costos muy altos, pues quienes lo hacen pueden enfrentarse no solo a represalias sino también al riesgo de impunidad. De hecho, la editora de Mujer Iglesia Mundo, Lucetta Scaraffia, sostuvo que el silencio frente este tipo de violencia impera en la Iglesia debido a la diferencia de poder y miedo a las consecuencias de denunciar (contra la persona que denuncia o contra la congregación). En todo caso, fijarse en estos sujetos invisibles no solo implica ver que su experiencia está marcada por la subordinación y la violencia. También implica reconocer que muchas veces han sido ellas quienes han resistido las lógicas cerradas, masculinas y formalistas de la Iglesia católica.

En Colombia, por ejemplo, las monjas fueron de las primeras promotoras de la inclusión de mujeres en espacios exclusivamente de hombres. En 1953, la religiosa María de San Luis fundó el primer cuerpo femenino de la Policía Nacional, llamado la Dirección de Bienestar Social. Gracias a este acto, hoy, más de 60 años después, hay aproximadamente 16.000 mujeres en las filas de la Policía. Más recientemente, la hermana Alba Teresa Cediel denunció, durante el Sínodo Amazónico de octubre de este año, la poca presencia de la Iglesia católica en la Amazonía. Ante esta ausencia, ella y otras religiosas administran los sacramentos del bautismo y matrimonio, los cuales deberían ser reconocidos como válidos más allá de su condición de género. En esta declaración histórica, rebelde y retadora de las normas masculinas de la Iglesia, la monja también denunció que, si la Iglesia busca colaborar con las comunidades indígenas, no debe ser mediante pretensiones colonialistas, sino a través de la escucha de sus necesidades y visiones.

Ambos casos, en sus tiempos, son muestras de los tipos de resistencia cotidiana, a veces casi contradictoria, que los sujetos plantean desde su posición en los márgenes. Hablar de estos casos es retratar cómo ciertos actores no se encuentran en un perpetuo estado de indefensión, sino que es posible resistir dentro de sus propias instituciones. En este sentido, no creemos que la batalla sea contra una religión o creencia, sino contra las injusticias que se presentan al interior de estas instituciones y contra las visiones masculinas que reproducen. Así, consideramos la necesidad de hacer investigaciones periodísticas, como la de Barrientos, que develen las distintas violencias cometidas en contra de las monjas. Estos trabajos, además de hacer visibles las violencias y precariedades a las que están sometidas, deben ser acompañados de un reconocimiento a la agencia de las religiosas, así como los espacios y batallas que han ganado en los años, para pensar en estrategias que replanten las estructuras jerárquicas que dan lugar a esa serie de abusos.

 

* Investigadora de Dejusticia

** Fellow de Dejusticia

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Centro de Estudios de Derecho, Justicia y Sociedad / Center for the Study of Law, Justice and Society. We work to promote human rights in the Global South.

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