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Las introducciones son una colección de clichés para establecer otros clichés. Mientras más rápido salgamos de esto, más tiempo tendremos para hablar de otras cosas.  No quiero volverme (ni en este blog ni en mi vida) un coleccionista de diferencias y semejanzas entre el sitio del que vengo y el sitio en el que vivo.  Las comparaciones son odiosas principalmente por que son una fuente de inspiración magra y siempre a punto de secarse.
Así que, señoras y señores: a darle prisa a este paso malo y trillado para luego entrar en materia. 
Vivo en Argentina desde hace ya un par de años, como muchísimos colombianos.  Somos menos que los chinos y más nuevos que los bolivianos, uruguayos, paraguayos y peruanos.  Nos ha tocado erradicar verbos como “coger” y palabras como “cachucha”.  Para ahorrarnos malos ratos, tenemos que repasar qué vamos a decir en la tienda para que no se nos salga un “¿me regala?” que se interpreta como una petición literal y no como un chascarrillo que se volvió parte de nuestra glosa.  Noto que uso palabras como pelotudo o boludo para referirme a otros, pero es culpa de ellos por ser tan pelotudos.
He vivido la mayor parte de estos dos años en hostales porque prefiero sacrificar la comodidad de un apartamento para no estar solo y porque acá el arriendo es un abuso.  Extraño  a mi familia, a mis amigos, a mis gatos y mis rutinas.  Como no me gusta mucho el fútbol, evito el vallenato, ver series colombianas suele terminar en migrañas y Shakira me da vergüenza ajena pues…  a veces me encuentro sin tema de conversación.
Me gustaría creer que hay algo que nos une más allá del regionalismo, la malicia y de estas campañas impotables con las que tratamos de vender el país a pedazos.  Siempre temo por los artistas extranjeros que son secuestrados por comitivas de bienvenida y arrastrados a paraderos insignia de nuestra gastronomía local (que, me temo, ha permanecido local porque servir una bandeja paisa deconstruída en una copa de martini con touille de chicharrón peludo, espuma de hueso de marrano  y reducción de masato es algo que ni siquiera nosotros podemos apreciar).  Me da grima la pretensión con la que tratamos de ubicar nuestra propia historia en la Historia Universal.  Nos falta pelo pa’ moña, nos falta tiempo para construir una identidad.
Me gusta hablarle a mis amigos de otros países sobre el Pacífico, sobre las veces que he visto el mar, sobre los cerros de Bogotá y los domingos fríos en Usaquén tomando café con mis amigos, de la nostalgia bucólica de la Autopista Norte cuando uno vuelve de Sopó y de las arepas hechas con maíz-maíz, de los paseos en carro a Calarcá y Armenia con mi papá y los paseos al Neusa a recoger piñas de pino.  Es una Colombia diminuta e idealizada, lo sé.  Me falta pelo pa’ moña y tiempo para ver a una Colombia más completa. 
Una anécdota:  Unas semanas después de llegar a Buenos Aires, un amigo colombiano me invitó a su cumpleaños.  Tomé un taxi porque iba tarde.  Entre coloquiales maricas y vernaculares güevones (“¡marica, hable más duro que no le escucho! ¿cómo? ¡no, güevón, no sé dónde queda eso!”) me dieron la dirección del sitio donde iba a ser la reunión.  Le repetí el dictado al taxista que, tras unos minutos de silencio, se animó a preguntarme:
–  Y vos… ¿de dónde sos?
–  Colombiano.  De Bogotá.  La capital. (bogotano que se respete nunca responde lo que le acaban de preguntar.  La respuesta correcta sería “de Colombia”)
– ¿Y de qué cartel?

Respondí con una risita pendeja y me quedé el resto del camino mirando por la ventana.  Hay conversaciones que terminan mucho antes de empezar. 
Pero esta apenas comienza, ya que nos conocemos un poco mejor. 
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Juan Camilo Herrera, tras magros éxitos y cobardes fracasos académicos y profesionales, decidió establecer prioridades: madurar, escribir y nunca jamás en su vida volver a escribir de sí mismo en tercera persona.

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