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I want a soul mate
who can sit me down, shut me up, tell me ten things I don’t already
know, and make me laugh. I don’t care what you look like, just turn
me on. And if you can do that, I will follow you on bloody stumps
through the snow. I will nibble your mukluks with my own teeth. I
will do your windows. I will care about your feelings. Just have
something in there.”

Henry Rollins

Usé toda la
concentración del mundo para dibujar una “s” mayúscula cursiva
en la hoja de papel más limpia que pude encontrar, con una pluma que
no sabía usar y que a veces escupía vómitos de tinta negra como un
calamar asustado. “S”, “antafé de…”, “B” (una “b”
mayúscula con arandelas barrocas), “ogotá”…

Santafé de Bogotá, tal
y como sale en mi cédula, una ciudad que ya no existe. No “Bogota”,
escueto y libre de afectaciones, con su sigla “DC” para sonar a
Washington y sentirnos menos desamparados en nuestra vía al
desarrollo. Santafé de Bogotá. Frío de las calles y conciencia
vergonzosa de ser una capital entre muchas, algo más apocada y
maltrecha de tanto darse golpes con la vara que mide y es medida.

Una fecha que no importa,
de un milenio que murió hace ya algún tiempo.

Mis
cartas eran siempre largas, letanías de una pasión impropia para un
adolescente. Siempre graves, de un erotismo críptico (que sólo
ocultaba mi torpeza e inexperiencia) y una intensidad que no sabía
conservar una caligrafía consistente. Cartas que parecían escritas
a ocho manos y saltaban de ternuras protocolarias a insinuaciones
que, de concretarse, no sabría cómo cumplir. Cartas viriles, sin
ilustraciones ni desperdicio de espacio, sin márgenes ni colores.
Eran confesiones con fecha y lugar que a veces escribía a la luz de
las velas, sobre todo cuando no era necesario. Algunos ensayos y
muchos errores fueron necesarios para descubrir algo de mí que ha
complicado mi vida emocional hasta empujarme poco a poco a una vida
casi monacal: Sólo puedo enamorarme de una mujer que ame leer.

Sí,
había una motivación particularmente egoísta: me tomaba mucho
tiempo para escribir una carta, así que esperaba ser leído con la
misma atención. Hablo en pretérito aunque las cosas no han cambiado
desde entonces…

Pero
también descubrí que una lectora ávida era el mejor remedio para
solventar el aburrimiento de la cotidianidad y nunca llegar al temido
punto de “y… ¿qué más?”. Siempre había algo de qué hablar
entre los recuerdos más lúcidos del último libro y la información
residual de otros. La información se colaba en la relación y
enriquecía las conversaciones, añadía capas de complejidad
deliciosa incluso en los momentos más dramáticos y ennoblecía el
final inevitable.

Santafé de Bogotá,
fecha que no importa. Dos puntos. Un nombre que sólo sale en las
conversaciones con mis mejores amigos. No recuerdo qué escribí
pero recuerdo claramente que no quería empezar con un saludo y menos
con un “Hola, ¿cómo estás?”. Esa clase de introducciones le
restan urgencia a lo demás. Si uno tiene tiempo para prolegómenos,
tiene tiempo para sosegarse, ¿y qué clase de persona es capaz de
escribir una carta de amor sin tribulaciones? Nietszche dijo “escribe
con sangre y verás que la sangre es el espíritu”. Me quiero
pinchar un dedo y escribir su nombre con sangre en el papel, sobre
todo, porque no entiendo a Nietszche y no quiero escribir una carta
como cualquier otra carta. Escribí “esto no es una carta de amor.
Es una declaración de guerra”. Me arrinconé en una premisa que
no sabía cómo justificar pero ahí estaba el encanto: escribir algo
nuevo e insólito.

Sin
embargo, hay lecturas de lecturas. Temo a las mujeres que buscan
moralejas en todas las historias y alegorías en todos los
personajes. Es válido en muchos casos, pero estos casos son los
ejemplos más marginales de literatura. Reducir todos los libros a
una sola fantasía maniquea o a una fábula universal es indicio de
una personalidad controladora. Hay libros que simplemente son
historias, que no están ligados al pasado ni son manifiestos
cifrados. Me causan aversión las personas que leen (y citan y viven
para leer más) libros de autoayuda. Me cuido de la gente que lee
novelas o biografías de celebridades (y rezo por los pobres
escritores fantasmas que tuvieron que escribir una historia coherente
basada en la frivolidad o codicia de otros), best-sellers, libros
históricos novelados o libros derivados de best-sellers y temo
cuando un tema o un libro se vuelve un género. No es sencillo, es
toda una cábala sobre cómo una biblioteca personal es realmente
personal.

No
es vanidad intelectual porque no estoy buscando a alguien que merezca
mi compañía
por mérito de sus
excursiones bibliográficas. Es, creo, una búsqueda de
sobrevivientes. Soy un hombre obsoleto que se hizo adulto en una
ciudad que ya no es la ciudad que conoció, que habla un idioma con
unas reglas cada vez más tenues, arcaicas y que se tienen en cuenta
como meras sugerencias. Soy un hombre del milenio pasado que entiende
cada vez menos y se siente un poco más cerca de los chimpancés que
de las personas que ven Runaway Project desde
sus Ipods. Un hombre joven con canas prematuras, preservado en una
gota de ámbar que pende sobre una brecha generacional casi
geológica. Entender ese mundo de antaño es entenderme un poco
mejor. El silbido de las hojas que pasan, el ritmo de cada libro, su
peso reconfortante y el olor de las hojas son el testimonio de otro
tiempo y soy un náufrago de esa época. ¿Es mucho pedir que
aparezca alguien con quién hablar, alguien a quien pueda contarle mi
vida en palabras de otros que vivieron mucho antes que yo?

Es
inútil despotricar de la tecnología. A mí me parece bastante
conveniente. Leo opiniones de mucha gente, escucho discos que nunca
pude comprar o de bandas que no conocía, hablo con gente que está
al otro lado del continente en el que vivo. No extraño muchas cosas
antes del Internet. Pero la inmediatez se traduce en soledad. No
existe la interacción incómoda entre interlocutores ni las
herramientas para suavizar las molestias. Todo es demasiado rápido
y no sabemos qué decirnos cuando estamos juntos. Viví los albores
de este tiempo y los libros siempre estuvieron ahí como puente entre
realidades y lingua franca entre
amigos y amantes.

Nunca entregué esa
carta. Fue un ejercicio nostálgico para alguien a quien no le
gustaba leer y que se molestaba cuando le corregía una palabra mal
escrita (entre muchas) por chat. Si se hubiera tratado de otra
persona, tal vez le entregaría esa carta, llena de vanidades y de
justificaciones hechizas para esa premisa imbécil y belicosa con la
que comencé. Sigue en un cuaderno entre una pila de cuadernos que
sigue allá en Bogotá, oculta para no avergonzar a alguien a quien
quise pero que nunca supo entender que yo sólo puedo amar todo
aquello que está escrito con sangre.

Porque si la sangre es el
espíritu, las palabras son una piel.

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PERFIL
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Juan Camilo Herrera, tras magros éxitos y cobardes fracasos académicos y profesionales, decidió establecer prioridades: madurar, escribir y nunca jamás en su vida volver a escribir de sí mismo en tercera persona.

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