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Hay dos cosas de nuestra cultura con
las que no me logro identificar: el patrioterismo y la herencia
católica
. Pueden (suelen) ocurrir simultáneamente, pero con la
canonización de la madre Laura Montoya ocurre algo particular: lo
primero se alimenta de lo segundo.

Me gusta ser colombiano. 
Haber nacido y crecido en Colombia me dio una perspectiva del mundo
que agradezco y que procuro alimentar a diario, sobre todo cuando el
desarraigo y la nostalgia se hacen más fuertes durante el invierno
porteño.  Pero siempre he sido precavido (casi hasta la
aprensión) a la hora de asumir los logros, éxitos y alegrías de
mis compatriotas como propias
.  Supongo que me estoy perdiendo
de algo cada vez que ignoro la celebración de un gol o el triunfo
comercial de algún artista o producto audiovisual, pero no me parece
coherente apropiarme de algo en lo que no he participado – y en el
caso de algunos artistas y series, algo que hallo bastante cuestionable -. La
idea de extender y profesar la soberanía de los productos culturales
e intangibles es peligrosa. Transformar el imaginario en el patrimonio de algunos afecta su crecimiento, lo estandariza y reduce su alcance.

Sobre la religión sólo puedo decir
que estamos perdiendo terreno en la separación entre la Iglesia y el
Estado, una de las condiciones que nos permitió emanciparnos como
colonias y convertirnos en naciones modernas y seculares.  Hacer
una lista de méritos y fracasos de la historia de la Iglesia
Católica es presentar un historial, no las credenciales para mediar
en los procesos y conflictos colombianos
.  En mi caso, sólo
puedo esperar a que la libertad de culto contemplada por nuestra
Constitución incluya también la libertad de no profesar ninguna
doctrina y el derecho a exigir que los organismos estatales tampoco
lo hagan. Pero uno se descuida y comienzan a pasar cosas.

La
entrevista de Santos con el Papa Francisco fue protocolaria. 
Nada nuevo se dijo, nada que Juan Pablo II o Benedicto XVI no le
hubieran dicho a otros presidentes colobianos: hay que seguir
buscando la paz.  El contenido de esta reunión no es tan
importante: lo importante es que ocurriera.  Confirma que somos
un país laico, pero la ambivalencia que encierra ese término no ayuda a esclarecer el panorama.
  “Laico” puede
significar que no tiene órdenes clericales como independiente
de cualquier organización o confesión religiosa
. La primera
definición no está exenta de proselitismo religioso y eso nos sume
en discursos bastante grises que son inteligentemente aprovechados
para meternos Papa por liebre.



El patrioterismo se niega a observar
las circunstancias y la fe ciega empaña un poco más el
panorama
. Laura Montoya es canonizada por dos milagros – bastante
magros si los comparamos con el santoral- en un momento en el que la
cara pública del conservadurismo nacional se identifica a sí misma
como católica y el país se debate entre un neoliberalismo de línea
estadounidense que favorece a la empresa y una derecha tradicional
que favorece a las camarillas dirigentes… ¡y la línea divisoria
es tenue hasta ser casi invisible! Podría llegar a pensarse que la
canonización de Santa Laura es ante todo una sinergia y no un
evento piadoso.

El obispo emérito de Magangué le pide a la Madre
Laura “su ayuda para que sea firmado pronto el acuerdo de paz entre
el Gobierno y los insurgentes de las Farc”. Las hermanas misioneras
de la comunidad hacen recuento de su lucha por los pobres y sus
esfuerzos de evangelización, aunque esta haya sido el desarraigo
sistemático de las culturas nativas, la imposición de una cultura y
un nuevo orden social por la fuerza. La paz, la miseria, la
educación, los eternos puntos en cada campaña política de los
últimos sesenta años… pareciera que los discursos políticos y religiosos se alimentan mutuamente del sufrimmiento.

La preocupación de la Iglesia por los
más necesitados a veces parece ser demagogia que se apoya en números
y no obras (sobre todo cuando todavía se pregona la lucha contra los
anticonceptivos y el debate sobre el aborto es imposible).
Christopher Hitchens solía decir que la idea de la Iglesia amorosa
es el discurso de una Iglesia doblegada, desprovista del poder que
tuvo en otros tiempos. Pero Europa está débil. El arribismo
latino se encuentra con las malas costumbres del Viejo Continente (la
monarquía, el cónclave…) y nos dejamos seducir tras años de
desplantes por parte de Estados Unidos
. Las galanterías de antaño
nos están cautivando una vez más. La derecha radical se ve a sí
misma como la que triunfó en Grecia. Pero esta vez ni siquiera nos
están regalando espejitos: nos dieron un pendón donde algunos de
nosotros no vemos nuestro rostro ni nuestras creencias representadas
y el contexto coyuntural se pierde por completos entre vivas
veintejulieros y amenes.

Igual: una colombiana triunfó en el
exterior.
Eso es lo que cuenta, ¿verdad?

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Juan Camilo Herrera, tras magros éxitos y cobardes fracasos académicos y profesionales, decidió establecer prioridades: madurar, escribir y nunca jamás en su vida volver a escribir de sí mismo en tercera persona.

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