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Colombia toda está a medio hacer y el símbolo elocuente de ella es el nuevo aeropuerto Eldorado. Con un plan maestro del año 2001, arrancó un proceso que lleva 11 años y que supuestamente acabará en el 2014. Las obras se iniciaron en el 2007 y deberían terminar en el 2012. Pero entre el concesionario, OPAIN (que podría significar también Obras Públicas Absurdamente Inacabadas), la Aerocivil, y el gobierno, se han encargado de convertir este proyecto en un auténtico elefante blanco. El presidente de Avianca ha dicho que cuando se termine ya se quedará corto. Sobre todo frente a aeropuertos como el de Lima y el de México, por ejemplo, construido y ampliado respectivamente, con visión de varias décadas. Y no digamos nada del garrafal error de no hacer la línea de Transmilenio hasta el terminal aéreo, cosa que ahora costará no sólo más dinero sino que se demorará su construcción. 
La última aberración sobre Eldorado la denunció esta semana el senador Juan Manuel Galán: la torre de control de Eldorado, que en el 2004 costaba 15 millones de dólares, ahora está cotizada, según el senador, en denuncia aparecida en El Tiempo, en 180 millones de dólares; y existe un sobrecosto, según él, de 656 mil millones de pesos a la fecha.  Estamos, una vez más, ante una danza de cifras que bailotean de un lado para otros mientras los responsables de la construcción piensan habilitar el muelle internacional en octubre, para luego empezar quién sabe cuándo el derribo del muelle nacional y hacer, además, obras en el puente aéreo.  En medio de este desorden de cifras y fechas, lo único que parece haberles salido bien, hay que decirlo, fue el nuevo muelle de carga, ya en funcionamiento. No podemos resignarnos a que las cosas se sigan haciendo de esta manera, una y otra vez.
“Así es Colombia, Pablo”, podríamos repetir, no para decir lo que Jorge Rojas quería expresarle en su poema a Pablo Neruda sobre las maravillas de Colombia, sino para afirmar que aquí no aprendemos de la experiencia, ni de la propia ni de la de los demás: hemos convertido muchas grandes obras públicas en permanentes caos que retrasan indebidamente el desarrollo de nuestra infraestructura. Y luego le echamos la culpa al invierno. Entre el leguleyismo, la falta de visión y la improvisación de soluciones, vamos de cabeza a situaciones como la de Eldorado. Todos nos quedamos atónitos al ver pasar los años y las obras inacabadas, como ha pasado con el Transmilenio de la 26, y con la opereta montada en torno a la solución de la carrera séptima, que lo único que no han propuesto es un metro cable desde los Cerros. Cientos de miles de millones gastados en solemnes equivocaciones, y todavía no hay nadie en la cárcel por esos desafueros.
Para cerrar el cuadro, y no en relación con Eldorado, sino con las obras públicas en general, sabemos que la corrupción es el caballo de batalla por excelencia en este tipo de obras, que con acierto, refiriéndose al caso Nule y a Bogotá, bien se ha denominado “la danza de las contrataciones”. Habría que añadir que se trata de una danza macabra porque se despedazan los presupuestos, se saquea el erario, y luego, como mucho, se paga una mínima parte del daño en plata y con unos años de cárcel que, con buena conducta, se convierte en buena conducta y un paseo. O como en el caso ya famoso de las losas de Transmilenio, el daño queda para toda la vida por cuenta del bolsillo de los contribuyentes.
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Soy filósofo de formación, fui profesor universitario y me dediqué al periodismo una larga época, primero en proyectos de educación, y luego en medios, sobre todo en prensa: fundé y dirigí una agencia de noticias, dirigí una revista cultural y fui productor y director de programas de televisión. Ahora dirijo una empresa de consultoría en liderazgo y me dedicó a escribir libros y a dar conferencias sobre los temas en los que he trabajado.

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Siempre que visito un restaurante, trato de averiguar sobre su historia y sus inicios porque me parece importante empaparme del arduo trabajo que hay detrás de lo que ahora es exitoso. Uno no puede ser irresponsable y criticar negativamente solo por una primera mala impresión, pues son muchas familias las que dependen económicamente de microempresas dedicadas a la gastronomía. Por eso, y aunque ya lo conocía, decidí volver a probar, y a escribir, sobre el ya muy conocido restaurante El Galápago, pues me molestó un comentario irresponsable de alguien que se dedica a hacer evaluaciones de comida en sitios de Bogotá y la sabana, tal vez con un poco de arribismo o de desconocimiento del tema. Adentrándonos en la carta de este restaurante ubicado en el centro de Chía (carrera 10 No 13-43), que también tienen una sede en la calle 19 No 14-08 (El Galápago Campestre ), su plato estrella es la hamburguesa al champiñón en pan blanco tipo árabe al que se le incluyen 260 gramos de carne madurada, tocineta y una salsa espectacular que, como su nombre lo indica, tiene muchos pero muchos champiñones frescos y de gran tamaño. Perfectamente se la pueden comer entre dos, y les recomiendo acompañarla con papas en casco y alguna de las muchas opciones de bebidas como limonadas, jugos de fruta natural o, tal vez, con una cerveza artesanal.  Visualmente puede que el plato no cumpla con los estándares de muchos otros, pero al probarla lo de menos es como se ve, pues el sabor de la carne y sus adiciones es delicioso.   [caption id="attachment_3503" align="aligncenter" width="1024"]Foto: Blog ¿Para dónde va? Foto: Blog ¿Para dónde va?[/caption]   Pero El Galápago tiene muchas más opciones cárnicas (pollo, res y cerdo) como, por ejemplo, las entradas de chunchullo crocante, morcillas y platos fuertes como las costillas de cerdo acompañadas de papa salada, arepa de queso y ensalada. Allí también podrán encontrar cortes de carne artesanal como churrasco, punta de anca, baby beef, asado de cadera, chuletas, pechugas a la plancha y otros que se me olvidan en este momento. Igualmente, hay opciones para veganos que no quieran ser relegados a la hora de salir a almorzar en la sabana de Bogotá.   [caption id="attachment_3504" align="aligncenter" width="1024"]Foto: Blog ¿Para dónde va? Foto: Blog ¿Para dónde va?[/caption]   Las malteadas, los postres y los helados son otro elemento destacado de este restaurante. Estos son elaborados de manera artesanal, logrando escoger el comensal entre más de 10 opciones para cerrar con un sabor dulce la visita al lugar. Finalmente, hay que resaltar que en El Galápago también son Pet friendly, un aspecto muy importante hoy en día para los que no se quieren separar de sus mascotas. Y en cuanto a los precios, los platos fuertes oscilan, en promedio, entre los treinta y los sesenta mil pesos. Pero, como lo advertí anteriormente, las porciones son generosas y, en ocasiones, con un solo pedido comen dos personas. Si van a ir el fin de semana les aconsejo que lleguen temprano ya que a veces hay fila, pero realmente los meseros son muy pilos y no hacen esperar mucho a sus visitantes. El Galápago Campestre SÍ es un buen restaurante, que tiene detrás a gente trabajadora que ha luchado mucho para lograr posicionarse, a tal nivel que ya han sido ganadores en Premios La Barra. Yo lo recomiendo ampliamente y espero que ustedes lo visiten y también le hablen del lugar a conocidos y familiares.

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