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Decimos “cabeza” y con ello inteligencia racional, entendimiento, conocimiento, pensamiento o razonamiento. Decimos “corazón” y con ello querer, emoción, pasión, sentimiento, motivación o inteligencia emocional, término éste con el que se significa todo lo que no es racional, todo lo vinculado al mundo afectivo de la persona. Dicho con otras palabras, con Pascal: “El corazón tiene razones que la razón no conoce”.

El corazón, símbolo y centro de la vida afectiva, tiene una influencia determinante en la personalidad. Hemos dado quizás más importancia a la inteligencia, lo cual nos ha llevado a una visión más racionalista de la vida, dando, por ejemplo en la educación, demasiado protagonismo a lo abstracto, a los conocimientos intelectuales por sobre lo emocional y lo afectivo,  como si esto último fuera algo de segunda categoría, o incluso un riesgo para la persona; hasta el punto que se oye decir que es negativo que una persona se deje llevar por sus sentimientos, como si se tratara de una locura.

 

Si se separan la cabeza y el corazón tendremos una felicidad fría, seca, sin sentimientos o, por el contrario,  sin razones, reducida a sentimentalismo. A la primera la llamamos “dureza de corazón”, cuando la afectividad está oscurecida por el orgullo o por la frialdad, por la ambición o la codicia. Incluso así es más fácil que el corazón se vaya a los extremos emocionales o apasionados que sacan a la persona de sí misma, la trastornan. Es el corazón que se vuelve tiránico y despiadado con los demás, que no se acepta a sí mismo; no sabe gobernarse por la inteligencia y la voluntad, y fácilmente cae en la injusticia en el trato con los demás.

 

“Un corazón desorientado es una fábrica de fantasmas” (San Agustín). Cuando eso pasa, la persona pierde el norte y se atrinchera en sí misma, se vuelve enemiga de la vida social, fría de corazón, que puede ser una manifestación de egoísmo: es decir, se esconde en su propio corazón. La persona no puede ostentar aparentes o falsos sentimientos, ni atrincherarse en un egoísmo irritable. Como tampoco puede confundir en su búsqueda el deseo de algo con la realidad del mismo, lo que llamamos “pensar con el deseo”.

 

Lo contrario al corazón egoísta es el corazón grande, un corazón generoso, que no se deja llevar por simples reacciones, ni por emociones o apasionamientos pasajeros, un corazón que hace caso a estas palabras de Susanna Tamaro: “Cuando frente a ti se abran muchos caminos y no sepas cuál tomar, no elijas uno al azar, siéntate y espera. Respira con la profundidad confiada con que respiraste el día en que viniste al mundo; sin dejarte distraer por nada, espera y vuelve a esperar. Quédate quieta, en silencio, y escucha a tu corazón. Cuando te hable, levántate y marcha hacia donde él te lleve.”

 

El corazón tiene un impulso natural de amar y de dar que no se puede refrenar por temor del desborde emocional o pasional, que no ocurrirá si se mantiene el equilibrio con la razón que hace ver la necesidad de la donación, de la entrega por encima de la posesión egoísta. En la relación interpersonal, en la amistad o en el amor, por ejemplo, lo que se busca es llegar al corazón de la otra persona, a compartir su querer. Lo que se comparte es algo más interior que físico, unos determinados valores, dando cada persona a la otra lo mejor de sí misma. Y se revela nuestro verdadero yo, con sus emociones y pasiones, que  afectan a la otra persona. Sólo así nos damos conocer como lo que realmente somos: “dame tu corazón y te daré ojos para ver”, dice el refrán árabe.           

 

 

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PERFIL
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Soy filósofo de formación, fui profesor universitario y me dediqué al periodismo una larga época, primero en proyectos de educación, y luego en medios, sobre todo en prensa: fundé y dirigí una agencia de noticias, dirigí una revista cultural y fui productor y director de programas de televisión. Ahora dirijo una empresa de consultoría en liderazgo y me dedicó a escribir libros y a dar conferencias sobre los temas en los que he trabajado.

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