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Proliferan hoy líderes de poca visión, volcados a lo inmediato cuya influencia se reduce a remover superficialmente las aguas de la sociedad, como para navegar en ellas a satisfacción y obtener unos rendimientos de corto plazo. Todo lo que planean y de lo que hablan no va más allá de cálculos efímeros para ponerle paños de agua caliente a los problemas de gran envergadura. Si mucho, les preocupan las cifras económicas y lo que produzca utilidad inmediata, porque no están pensando de verdad en el país sino en su sus aspiraciones particulares: tienen un yo superlativo que opaca al nosotros.

 

El liderazgo que predomina en todos los sectores, pero sobre todo en el político, es de vuelo de ave de corral, no de ave de alto vuelo que tiene visión panorámica;  es decir, nuestros supuestos líderes no están a la altura  de lo que clama la sociedad: un liderazgo trascendente que busque ante todo el servicio al bien común pues, como su nombre lo indica, se trata de una influencia y  una acción que va más allá de lo individual, que trasciende los interes personales.

 

Quienes llegan al poder cada cuatro años se dedican a reinventar el país, no a dar continuidad a políticas de largo plazo y a fortalecer la institucionalización. En cada período presidencial se recomienza de cero, se inventan la justicia, la educación, el cambio social, etc. No se parte de un proyecto de país, de grandes retos colectivos que nos comprometan a todos y que tengan permanencia a través del tiempo. Nuestros “líderes”  se meten en sus aventuras cargadas de improvisación y de estrechez de miras y quien paga los platos rotos es la sociedad. Todo el mundo pone sus esperanzas en el cambio de gobierno y, a veces, los resultados son un tremendo fiasco, y toca otra vez volver a comenzar.

El problema  no es de recursos económicos, que siempre serán escasos, sino de liderazgo deficiente. La ambición, la habilidad y la astucia predominan. Tenemos demasiados personajes que en lugar de servir al bien común se sirven de él. Abundan los políticos y escasean los estadistas. Mucha gente que llega a cargos oficiales a aprender a manejar los asuntos públicos en medio del clientelismo, la intriga y los cálculos electorales. La adoración de falsos ídolos -dinero en sus mil formas- les ha conducido a la apostasía de los valores sobre los que se construye una nación: honestidad y transparencia, vir­tudes cívicas y solidaridad social.

Los temas grandes -como la equidad, la justicia, la salud-, que requirirían esfuerzos y visiones audaces y renovadoras que impulsaran a un gran compromiso de país, se miran a corto o mediano plazo. El escaso liderazgo  disponible se invierte en el ahora, y hay muy pocas instituciones y personas pensando en proyectos a 20 o 50 años, o sea, prospectando escenarios de futuro y buscando vías para el progreso del país.  Hay un activismo aterrador que consume las mejores energías de la gente tras un éxito más o menos pasajero que no permite soñar con el futuro colectivo.

El liderazgo trascendente lleva a ejercer una influencia orientadora eficaz para superar un ambiente dominado por las pasiones (económicas, políticas, de grupo, de clase) y se empeña en romper esa falsa solidaridad de grupo, de intereses y de privilegios, porque debe predominar la construcción de un país mejor. Si, como decía S. Agustín “un pueblo es una reunión  de personas unidas por la común  aspiración  hacia las cosas que aman”, y si no quedara más que amor a la patria,  de ahí podría surgir la fuerza para poner en acción un liderazgo proactivo, optimista y esperanzado.

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PERFIL
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Soy filósofo de formación, fui profesor universitario y me dediqué al periodismo una larga época, primero en proyectos de educación, y luego en medios, sobre todo en prensa: fundé y dirigí una agencia de noticias, dirigí una revista cultural y fui productor y director de programas de televisión. Ahora dirijo una empresa de consultoría en liderazgo y me dedicó a escribir libros y a dar conferencias sobre los temas en los que he trabajado.

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