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Está de moda citar al Papa y, con alguna frecuencia, se le atribuyen cambios totales en la moral, que en realidad son interpretaciones de palabras suyas sacadas de contexto. Así le ha ocurrido a Ian Buruma, columnista invitado de El Tiempo, que en su columnna del miercoles 9 de octubre citando las declaraciones de Francisco al Diario La Reppublica de Italia (donde afirma que “escuchar y obedecer a la propia conciencia significa decidir ante lo que se percibe como bien o como mal”) sostiene que ha cambiado radicalmente la doctrina moral: “en otras palabras , no necesitamos a Dios ni a la Iglesia para que nos digan como comportarnos. Nuestra conciencia es suficiente”. 

Me parece un desconocimiento elemental de la moral hacer semejante afirmación, además para decir que con eso se da carta blanca para aprobar lo que el señor Snowden hizo al divulgar, según su conciencia, los ya conocidos secretos de USA. Al columnista se le olvida que la conciencia es la norma próxima, inmediata, de la moralidad del individuo. Pero ella no se basta a sí sola; tiene como referente la ley natural que es ley de Dios válida para todos, y tambien las leyes provenientes de la fe religiosa que complementan y perfeccionan las leyes humanas, que también la conciencia tiene que tener presentes. 

Viene muy al caso recoradar la lección de Sócrates sobre la conciencia y las leyes divinas y humanas. Ante la posibilidad de escapar de la muerte,  Sócrates responde que nó, porque hay “razones que resuenan dentro de mi alma” haciéndole insensible a esa invitación. Él sigue la voz de su conciencia, el dictamen de su razón dirigida a lo mejor para sí, que lo lleva a cumplir la condena injusta que le han impuesto. Pero esa voz no es sólo la voz del individuo; es también una voz distinta él. Sócrates la atruibuye a un dios; y es también la voz de las leyes a las que él se sometió libremente. No es de ninguna manera su propio y exclusivo parecer. Si se hubiera dejado llevar por este parecer, hubiera aceptado la propuesta de sus amigos de escapar a la muerte cometiendo un acto de corrupción y de cobardía. Lo que habla dentro de nosotros no es sólo la propia voz, lo que pensamos como bueno o malo para nosotros, sino algo que es bueno para todos, lo cual nos dice a veces cosas que contrarían, que captamos o sentimos, aunque a veces no las queramos. 

Eso da lugar a convicciones profundas, arraigadas en nosotros mismos, como una brújula mental-emocional que nos indica lo que debemos hacer, que nos advierte que podemos errar si nos apartamos de lo que debemos hacer conforme a nuestros fines. Pero esas convicciones personales no permiten creer que cada uno decide lo que es bueno para sí, porque pueda escogerlo al margen de su condición de persona. Por eso, la dignidad de la conciencia y el respeto a la libertad de conciencia son fundamentales, es un derecho humano no condicionado por nadie.

La voz de la conciencia a veces no nos dicta lo correcto por ignorancia,  falta de formación u olvido de la radical orientación a hacer el bien y evitar el mal, que se oscurece y obnubila, pero que sigue ahí latente en la conciencia. A veces a las personas se les olvida la ley natural o se les olvidan las leyes de Dios a y se dejan llevar sólo de su parecer, equivocado por algún motivo.

La conciencia moral es una fuerza orientadora de la persona a su fin, y facilita criterios de discernimiento para saber lo que está bien y lo que está mal, como una especie de norma o regla inmediata que nos lleva a decidir en uno u otro sentido la carga moral de nuestras acciones. Para que efectivamente sea el motor dinámico de las acciones humanas, la conciencia tiene que apoyarse en los principios, normas o leyes que ella capta (provienen de fuera) y en la determinación libre al actuar sin coacciones. 

La voz de la conciencia no depende de los demás ni de lo que piense la mayoría. Sus decisiones afectan ante todo a la persona misma. El que roba, defrauda, miente o asesina, lógicamente está ultrajando a un tercero, pero se perjudica  profundamente a sí mismo. Por eso, ante la conciencia la persona es autor, juez y víctima. Pero, a su vez, sólo una conciencia cierta, conocedora de los principios y leyes, ilustrada, formada, y recta -, es decir,  que lleva a hacer efectivamente el bien y a evitar el mal- puede ser la facilitadora para el logro de la  felicidad.

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PERFIL
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Soy filósofo de formación, fui profesor universitario y me dediqué al periodismo una larga época, primero en proyectos de educación, y luego en medios, sobre todo en prensa: fundé y dirigí una agencia de noticias, dirigí una revista cultural y fui productor y director de programas de televisión. Ahora dirijo una empresa de consultoría en liderazgo y me dedicó a escribir libros y a dar conferencias sobre los temas en los que he trabajado.

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