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Hace unos días viví uno de los momentos más duros de mi vida. Mi cuñado, un alemán alto, pesado y sonriente murió de manera intempestiva lejos de su natal Alemania y lejos de su casa en Brasil.

Por cuestiones que solo Dios conoce las razones, fui delegado por mi familia para acompañar a mi hermana en tan tristes momentos. Yo, el consentido de casa, el que llora en los cumpleaños, en navidad y año nuevo, el que a cada rato se detiene unos minutos frente a la casa enorme en donde creció con su familia a recordar y preguntarse a qué horas pasó el tiempo, tenía la tarea de apoyar a mi hermana en lo emocional, con fortaleza, palabras de aliento y fe.

Por fortuna mi hermana cuenta y contará siempre con su familia así geográficamente estemos a miles de kilómetros de distancia. Por eso no hubo problema para tomar un vuelo de repente y acompañarla en tan duro momento.

Sin embargo, la situación de su esposo no era la misma. Nadie de su familia de origen lo podía acompañar porque era hijo único de padres que a su vez eran hijos únicos. Su papá ya había fallecido lo que significa que de la familia Kretzschmar solo ha quedado una mujer de 76 años de edad en la lejana ciudad de Dresden, la capital del estado federado de Sajonia, en Alemania.

Y me quedé pensando en eso. Y recordé el tema que una profesora había tratado en unos estudios sobre familia que hice: el invierno demográfico, término utilizado por científicos sociales para demoniar el envejecimiento de la pobalción.

Utilizado por primera vez por Michel Schooyans, profesor de la Universidad Católica de Lovaina, el término se asoció con “suicidio demográfico” cuando en la conferencia de las familias de 1989, Michel Rocard, ex primer ministro de Francia, afirmó que “la mayoría de los estados de Europa occidental iban camino al suicidio, el suicidio demográfico”.

De acuerdo con la ONU, el 44% de la población mundial
vive en países cuya fecundidad ha caído por debajo del nivel
necesario para reemplazar a la generación actual y se calcula que para
el 2015 esta proporción aumentará a 67%. ¡Aterrador!

Estudios demográficos y sociales dicen que un país debe mantener
una tasa de natalidad de 2.1 hijos por mujer para reemplazar a su
población actual. Pero en el caso de Europa, esa tasa es de 1.3 por lo
que se estima que para el 2030 Europa tendrá un déficit de 20 millones
de trabajadores y que Rusia perderá un tercio de su población.

En 1999 Alemania tuvo 770.744 nacimientos frente a
846.330 fallecimientos lo que significa que tuvieron un crecimiento negativo de 75.586 habitantes. Allí la tasa de fecundidad es de 1,3, mientras que España e Italia
mantienen prácticamente las tasas de fecundidad más bajas del mundo:
1,2. El decrecimiento poblacional es una realidad.

Pero el problema no es solo europeo. Diferentes análisis indican que los niveles poblacionales en diferentes partes del mundo están descendiendo. Uruguay por ejemplo, de acuerdo con el demógrafo Mario Rojas, pasa por un invierno demográfico lo que está trayendo como consecuencia el envejecimiento de su población, falta de mano de obra joven y capacitada, aumento de los gastos geriátricos y debilitamiento productivo del país. Incluso Rojas compara a Uruguay con Japón, un país con un promedio de edad de 50 años y que para el 2050 contará con una población mayoritariamente entre los 70 y 80 años de edad.

En Colombia, el promedio de la tasa de nacimientos ha disminuido en los últimos 12 años:

tasadenatalidadcolombia 2000-2012.jpg

Fuente:  CIA World Factbook

En términos generales ¿qué ha llevado a que esto ocurriera en el mundo? Una de las razones son las políticas de planificación artificial desarrolladas por organismos estatales y privados, nacionales e internacionales. Por ejemplo, la Fundación de las Naciones Unidas, patrocinada por Ted Turner y su grupo de medios como CNN, dona anualmente millones de dólares para el desarrollo de políticas anticonceptivas.

Ese intento de control demográfico que ha llevado al envejecimiento de la población tiene en el aborto a uno de sus pilares. Cada año se producen en el mundo unos 80 millones de nacimientos y el aborto calculado mundialmente es de unos 45 millones anuales. Esto significa que por cada dos nacimientos se ha producido un aborto.

Además, la promoción irresponsable de métodos de planificación y esterilización. De acuerdo con estudios, el 8% de las mujeres del mundo han sufrido la esterilización voluntaria o involuntariamente y que los métodos anticonceptivos están muy arraigados en los hábitos sexuales de las poblaciones más envejecidas.

Por otro lado, en los países industrializados el costo de tener hijos parece es muy alto y contribuyen circunstancias como viviendas pequeñas, falta de flexibilidad en la jornada laboral, escases de jardines infantiles, entre otros. En América Latina y África por ejemplo, no ayuda para nada la extrema pobreza, la falta de oportunidades laborales y esquemas laborales discriminatorios con la mujer que decide ser mamá.

Y debemos sumarle una mal entendida “revolución sexual” y “modernidad”, que trajo consigo una mentalidad antinatalista impulsada sobre todo por el miedo al compromiso, al matrimonio, a los hijos. Y ni hablar de la intención de redefinir el concepto de matrimonio y familia que para algunos es “una ola de modernidad” pero que claramente es un tsunami destructor.

Todo esto, que ha llevado a una disminución de la natalidad y finalmente al invierno demográfico, amenaza con despoblar vastas regiones del planeta y que pone en juego el futuro de la humanidad.

¿Qué hacer? Lo primero es generar políticas natalistas que protejan en todo sentido a las familias, a padres y madres, a los niños; promover y apoyar movimientos internacionales de protección a la familia como formadora de la sociedad y movimientos que salven vidas del aborto; concientizar a Estados y políticos de la importancia de garantizar bienestar (salud, educación, trabajo) a las nuevas generaciones; trabajar con los jóvenes para que comprendan que el matrimonio, la familia y los hijos no son una carga pesada que obstaculiza sueños y desarrollo profesional, que para muchos está basado en la riqueza material producto de una sociedad que promueve el no matrimonio y/o el divorcio: dos personas compran más que una pareja (separados son dos neveras, dos televisores, dos camas, dos autos, dos mercados, etc.)

De no tomar correctivos a tiempo nuestra supervivencia como especie está fuertemente amenazada. De seguir en este crudo invierno demográfico hombres y mujeres estarán solos y muy pocos o nadie estará ahí acompañándolos en los alegres o tristes momentos que la bendición de la vida nos entrega.

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Juan Camilo Díaz B.(@jcdiazbohorquez). Comunicador Social y Periodista. Magister en Educación, Desarrollo Humano y Valores. Diplomado en Familia con estudios en mass media y familia en Italia y análisis de contenidos en Argentina. Profesor Familia y cultura mediática - Niños, Adolescentes y Social Media - Discurso público y Media Relations. Autor de "Televisión, Familia e Infancia: estrategias y planes de acción".

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