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Por: Yolima Gómez

De pequeñas nos compraban juguetes para niñas. Muchas recordarán la cocinita, la vajilla, o los chocoritos como le dicen en la Costa Atlántica; no faltaba la plancha, y un muñeco o muñeca que solía ser el bebé, o el guagua como se dice en Pasto. Los juguetes nos aseguraban, el rol que jugaríamos en nuestra historia como mujeres en una sociedad como la latinoamericana. Hoy, y para el caso de nuestras hijas, esos juguetes se han diversificado por la influencia de los medios de comunicación, especialmente por la industria del cine. Pero si observamos sus juguetes, aún persisten los ya mencionados, a lo mejor más sofisticados y bonitos, pero… siguen siendo los mismos.

Mi intención es detenerme en esas condiciones y circunstancias que nos precedieron y rodearon para llegar a ser mamás, estado que desde pequeñas nos inculcaron y nos determinaron como rol. Lo haré a través de un viaje interno, pero también recogiendo lo que podría ser el sentir de muchas otras mujeres.

Llegamos a ser madres por distintas circunstancias: algunas de forma planeada y deseada, otras por accidente, otras por agresión sexual; otras porque a través de la ciencia se hizo el milagro; otras porque su labor como trabajadoras sexuales, las puso en alto riesgo de ser madres.

Y llegamos a la condición de madres en diferentes épocas de nuestra vida, algunas muy jóvenes, otras más mayorcitas. En distintos contextos sociales, como madres campesinas, donde a lo mejor los vecinos, tuvieron que cargarlas por largas horas para llegar al hospital más cercano, quizás montadas en una bestia, quizás en un campero; madres urbanas, que en esa imagen exportada, preparan su maleta antes de tiempo, con una pareja nerviosa que no sabe qué hacer; madres que a lo mejor llegaron a programar una cesárea y al final las dejaron en la clínica porque era necesario desembarazarlas ya; madres indígenas o afro, que paren sus hijos solas o con ayuda de una  matrona.

De cualquier manera, y tras 7, 8 o 9 meses de embarazo, de cambios permanentes en nuestro cuerpo y la totalidad de nuestro ser, nos empezamos a llamar madres. Esta nueva experiencia, deseada o no, planeada o no, hace parte inevitable de la vida de la mayoría de las mujeres que, según el DANE, en Colombia, somos 22 millones de mujeres.

Cuando hemos dado a luz, o cuando hemos parido, nos vemos delante de una pequeña criatura que salió de nuestro cuerpo. De no existir problemas mentales o traumáticos, es de las experiencias únicas y originales que una mujer puede experimentar en su vida. Ver y entrelazar en sus brazos un ser único, hermoso, autónomo, es un reto, que no solo define la propia existencia de la mujer, ahora como madre, sino la existencia ajena, la de su hijo, una nueva persona, un nuevo ciudadano.

Y el viaje continúa, lleno de aprendizajes que se mezclan inefablemente de alegrías y tristezas, las dos indescriptibles; aprendizajes colmados de batallas, que a veces se ganan, otras se pierden, algunas llenas de orgullos y en ocasiones de vergüenza. Con noches para toda la vida incompletas, pues el sueño no alcanza, esta rutina cambió para siempre, ya no es el sueño profundo de otras épocas.

Vienen consigo, los Días de la Madre, en el jardín y el colegio; cartas y dibujos de amor, o de verdades reveladoras que solo las madres interpretamos; llegan con los hijos e hijas, besos apasionados con labios pegoteados de dulce; abrazos cercanos o lejanos, según la edad y la condición en que crezcan.

Experimentamos la hermosa tarea de ser madres en sociedades, donde las políticas de protección a las madres, no existen, no son claras, o se han hecho desde un escritorio y, por hombres. Ahí, en esas sociedades, muchas mujeres buscan armonizar la maternidad con el trabajo, con el desempleo o la mendicidad.

En el trabajo, haciendo inmensos sacrificios, muchas veces ocultando su embarazo para no ser despedidas. O se ven obligadas a dejar a su bebé antes del tiempo natural de la separación, en la casa de un vecino, una guardería, una amiga, para poder ir a rebuscarse la vida. Madres en las calles, con hijos semidesnudos a la espera de una limosna.

En conclusión, este mes celebramos una condición especial de las mujeres, el de ser madres, un rol dado por la sociedad y la cultura, aprendido o no, accidentado o planeado, pero finalmente madres. Y es un deber de toda la sociedad y de las instituciones abrazar en su cobijo a todas aquellas mujeres, que además de preservar la especie, son el regazo de una sociedad que cada día nace y se rehace.

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